El capitán que no soltó el timón hasta que pasó la tormenta

En los días más turbulentos de Uruguay, Atchugarry se puso al servicio del país; solo volvería a la política si la libertad fuera amenazada
Este perfil del exministro de Economía fue publicado el pasado 14 de enero.

Ante el pánico, la plata se tenía que hacer materia sin metáforas ni atajos. Eso implicaba abrir los cofres, sacar los fajos y ponerlos arriba de la mesa para que la gente viera que sus billetes eran una realidad tangible. Así lidiaban en el siglo XIX con una corrida, cuando los bancos centrales todavía no existían y cuando el quiebre de la banca era usual.
Esa historia que había leído en un libro se volvió dominante en los pensamientos de Alejandro Atchugarry durante los cinco días de julio y agosto de 2002, en las horas más dramáticas del Uruguay contemporáneo. "Usted sabe lo que pasa, Atchugarry. Si usted dice que no (al Ministerio de Economía) yo me tengo que ir", le había presionado Jorge Batlle días antes en el Edificio Libertad, narra Claudio Paolillo en "Con los días contados".

Por eso y porque entendía que la libertad y las instituciones del país podían estar en juego otra vez, Atchugarry dijo que sí y agarró el desafío más importante que cualquier ministro de Economía uruguayo tuvo desde la crisis del 29.

Como ávido lector que es –herencia de una casa que respetaba las bibliotecas-, Atchugarry sabía que, desde Roma, toda crisis es una apuñalada a la confianza. "Es siempre lo primero que se rompe a niveles imaginables y es lo más difícil de recuperar. Para peor, nadie sabe exactamente cómo se forma", reflexionó Atchugarry en conversación con El Observador.

El exministro tenía claro que, antes que cualquier cosa, los uruguayos debían hacer un acto de fe en el sistema. Y ese objetivo solo se alcanzaría si la gente podía confiar. Ningún ahorrista debería enfrentar barreras ni demoras para ver o retirar su dinero.

Atchugarry quería una logística ágil y un día antes que el mecanismo se pusiera en marcha fue hasta el Banco Central del Uruguay (BCU) junto al entonces asesor de Presidencia, Eduardo Zaidensztat, para ultimar detalles. Cuando salieron del BCU, Zaidensztat lo convenció a Atchugarry que por un día dejara de lado su tradicional sanguchito de lechuga y tomate y se tomara algunos minutos para almorzar.

Caminaron del BCU a la Plaza Matriz y después de comer decidieron caminar hasta el Ministerio de Economía. Cuando cruzaban la Plaza Independencia las bocinas de los ómnibus y los taxis empezaron a sonar. "Abrían las puertas para alentarlo. Recuerdo que alguien le dijo: 'su suerte es mi suerte'", narró Zaidensztat a El Observador.

Atchugarry devolvía el aliento de la gente asintiendo con la cabeza. "Flaquito esto nos hace redoblar el esfuerzo. No podemos fallarle a esta gente", fueron las palabras de Atchugarry que Zaidensztat recuerda. Sin embargo, cuando llegaron a Paraguay y 18 de Julio los esperaba una manifestación de ahorristas del Banco de Crédito y del Banco de Montevideo. Un grupo de gente fue en busca del ministro, quien declinó la oferta de Zaidensztat de que él fuera quien hablara con esas personas.

"Atchugarry tengo ahí los ahorros de toda mi vida. ¿Qué hago?", le preguntó una persona que Zaidensztat recuerda gordo y de un metro noventa y uno. El ministro, con su delgadez extrema y sus lentes de superhéroe anónimo, levantó su brazo y trazó una recta imaginaria hacia la ventana de su despacho. "Yo estoy trabajando mucho para que todos recuperen su dinero. Pero si usted quiere asumir la responsabilidad venga que lo dejo", le contestó Atchugarry con suavidad y determinación.

Zaidensztat contó 15 segundos de silencio y 30 metros en los que esos ahorristas los terminaron acompañando hacia la puerta del ministerio.

Catorce años después, con la misma delgadez extrema y una voz de cuentacuentos de media noche, Atchugarry recuerda esos días en los que dormía cuatro horas como mucho. No tiene arrepentimientos profundos, ni rencores ni quejas. Y aunque entiende que hizo todo cuanto estuvo a su alcance, le quedaron "muchas lastimaduras" de ese tiempo. "Todavía me duele el sufrimiento que tuvo la sociedad, las familias, las personas", afirmó.

Pero ese sentimiento se frena con una muralla de orgullo. Cuando mira para atrás entiende que la sociedad y el sistema político uruguayo dieron la talla en uno de los momentos más difíciles de su historia. "Se preservó la libertad y las instituciones", subrayó Atchugarry. (Y volverá a repetir la palabra libertad decenas de veces en esta conversación).

"Siempre digo que la talla de una sociedad no la dan sus ejércitos ni sus recursos materiales sino (los ciudadanos en) cómo tratan a los más débiles: los abuelos y los nietos. En medio de la crisis duplicamos las asignaciones familiares y nunca se se pagaron tarde las jubilaciones", recordó con orgullo.

El capitán

Desde agosto de 2002 hasta que se hizo el canje en abril de 2003 Uruguay no recibió un dólar. Pero para el final de ese gobierno el país ya había empezado a crecer de nuevo.

Alejandro Atchugarry encarna parte de la explicación de ese fenómeno. La evocación de la imagen de un capitán aferrado al timón fue recurrente entre quienes hablaron para este reportaje.

Para Leonardo Costa, prosecretario de Presidencia durante ese gobierno, las claves del éxito se resumen en atributos de la personalidad de Atchugarry: "trabajo y dedicación al 100%, una creatividad única y ética inquebrantable, además de una capacidad de diálogo extraordinaria para lograr consensos".

No importaba si la reunión era con el Banco Interamericano de Desarrollo, el PIT-CNT, los partidos o la Asociación de Bancos, Atchugarry repetía su frase: "guantes de seda pero brazo de hierro", subrayó Zaidensztat en alusión a esa tranquilidad y determinación.

Las reuniones en el ministerio o en el Parlamento duraban hasta la media noche y la Coca Light era el único elemento al cual el ministro se prendía para no perder la calma.

Sin embargo, para Atchugarry la superación del país se resume a dos palabras: tiempo y confianza. El exministro será recordado por su gestión durante esos años donde puso toda su terquedad vasca al servicio del país. Pero ese fue apenas un momento de un periplo político que había empezado 22 años antes.

El origen y el fin: libertad

"¿Por qué no vas a escuchar a Jorge?", le preguntó su padre un día del paradigmático 1968. En su casa se hablaba y se leía de política. La familia Atchugarry, como gran parte de la sociedad uruguaya, se hizo en estas tierras a fuerza de trabajo y estudio. "Mi padre se formó en el liceo nocturno porque empezó a trabajar a los 11 años. Yo arranqué a los 15. Por eso nosotros creemos en el trabajo y en el estudio no como teoría, sino que es la historia de la familia", contó Atchugarry.

Las ideas que habían cautivado al padre de Atchugarry venían de la "Historia del Socialismo" de Emilio Frugoni. Y ese fue uno de los primeros libros que el joven Alejandro leyó con atención. Pero el fin de la travesía de Frugoni dentro del Partido Socialista determinó el alejamiento de los Atchugarry de esa fuerza política como seguidores.

Por eso un día de 1968, con 17 años, Atchugarry fue a un pequeño club de barrio donde no habían más de 20 personas y escuchó por primera vez de manera presencial a Jorge Batlle. En materia económica tenían diferencias importantes –y con los años habrían de discutir bastante–, pero en ese momento de enfrentamiento social Atchugarry escuchó tres palabras que serían lo suficientemente fuertes para imantarlo: paz, libertad y tolerancia. "Fue al único hombre al que escuché hablar de eso. Y lo empecé a seguir por sus ideales de libertad".

¿La libertad a cualquier precio?, es la pregunta que El Observador hace.

Atchugarry asiente en silencio y repite despacio: la libertad a cualquier precio. "Cuando se está en la administración, el enemigo de la libertad cree que puede llegar a estar por encima de ella. Y aunque a veces la libertad moleste, hay que asumirla con llaneza, con el sombrero en la mano. Hay quienes repiten lo de la libertad porque es políticamente correcto decirlo, pero no lo sienten del todo", advirtió.

A fines de los 60 Atchugarry era un "opinador" y no pasaba por su cabeza dedicarse a la política. Sin embargo, las pérdidas de las libertades que constituyó la dictadura militar fue el motivo fundamental que lo alentó, en 1980, a ir al cine Cordón, para escuchar a Enrique Tarigo.

En esa época conoció a Max Sapolinski con quien participaba de los movimientos universitarios batllistas que actuaban en las facultades en el levantamiento de la intervención. Pocos años después Atchugarry convocaría a Sapolinski a integrar su equipo de trabajo en el Ministerio de Transporte y Obras Públicas durante el primer gobierno de Julio María Sanguinetti.

"Alejandro tiene un conocimiento muy vasto. En Transporte pensaban que era ingeniero y cuando estuvo en Economía pensaban que era economista", dijo Sapolinski con admiración. Pasaron de las buenas y de las malas. En particular, Sapolinski recuerda el aneurisma en el cerebro que sufrió Atchugarry en 1989. "Todos teníamos mucho temor. Lo operaron en el exterior y salió bien. Al mes ya estaba de vuelta en funciones", contó.

Servicio y nada más

En los 80 es el momento de afianzamiento de su formación y concepción sobre la política y el estado. Pasó a autodenominarse batllista en 1987 cuando, junto a un grupo de dirigentes, empezó a estudiar el pensamiento de Batlle y Ordoñez en una reuniones que terminarían con dos hechos de carácter fantástico: la lectura del alemán Enrique Ahrens y el encuentro –en la calle y a la salida de uno de esos eventos– entre Mercedes Menafra y Jorge Batlle.

Si Ahrens formó la visión de Atchugarry en torno a la vida en sociedad, Héctor Grauert fue quien delimitó su concepción de la política. "Un hombre que lo podía pedir todo, decidió terminar su actividad política como edil y uno aprende de esas cosas", dijo Atchugarry.

-¿Qué aprendió?
-Hay muchas maneras de encarar la política, todas legítimas. Pero básicamente la que nosotros entendemos es que somos servidores y hacemos un servicio a la sociedad. No vamos a conquistar el poder, de hecho no hablamos del poder, sino de la administración.

Esta concepción es la que admiran algunos de quienes fueron sus correligionarios. "Siempre concibió a la política como un actividad superior y eso se vio reflejado en su entrega. Durante la crisis su vanidad era que las cosas salieran bien y no su protagonismo. Eso no abunda en política", opinó Costa.

Pero esa noción también incluye que la política, como todo servicio, es finita. Y cuando el objetivo está cumplido entonces lo mejor es volver a casa.

Adiós

Entró el primer dólar del exterior, la supervivencia de la institucionalidad en Uruguay era un hecho, entonces Atchugarry pensó que su tiempo al frente del ministerio había terminado. Se fue de Economía y volvió al Senado, donde terminó el período. Después se fue de la política pública para nunca más volver.

"Veinticinco años de servicio era suficiente. Tenía otras obligaciones. El desafío central por el cual muchos de mi generación nos metimos en la política había sido alcanzado", argumentó.

Sobre su salida, hay quienes dicen que ayudó el hecho de que sus correligionarios de la Lista 15 no tuvieran un buen comportamiento con él en el armado de la lista al Senado. "Alejandro estaba más allá de eso entonces decidió dar un paso al costado. La política muchas veces es ingrata", afirmó Sapolinski.

Antes de decir adiós, Atchugarry le regaló US$100 mil al estado al renunciar al derecho de subsidio que tenía como legislador según la antigua ley, contó una fuente que pidió no ser identificada. "Él creía que no correspondía", dijo el informante.

Nadie logró persuadir a Atchugarry de que fuera candidato por el Partido Colorado. No pudieron hacerlo para las elecciones del 2004, ni en cada una de las elecciones posteriores en la que su nombre sonó como un salvavidas. Varias veces lo fueron a buscar pero esta vez sus genes vascos impidió que lo trajeran de vuelta. Atchugarry nunca quiso ser presidente.

Desde entonces se alejó de las cámaras, los grabadores y la vida pública aunque su pensamiento político permanece activo.

Lo que más le preocupa hoy son las altas cargas impositivas que tiene el trabajo de los uruguayos. "El trabajo digno es una ética y la mejor política social que hay para defenderlo es liberarlo de impuestos", dice una y otra vez.

Pero una nueva pregunta lo interrumpe.

-¿No volvería nunca a la política?
-Si mañana las libertades estuvieran en juego en Uruguay y me convocan –no de candidato por supuesto- trabajaría al igual que un montón de gente que hoy no está interesada en participar en la muy honrosa tarea política.

Y se da por satisfecho. Mira su reloj, agarra el paraguas y baja las escaleras de El Observador. Sus ojos quedan fijos en la foto de una vieja tapa de diario que ornamenta la pared: Rabin y Arafat se dan la mano ante la complacida mirada de Clinton.

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