El clásico de la garrafa

Hay demasiadas leyes y falta convicción para hacerlas cumplir

El domingo la violencia cayó sobre el fútbol como un rayo. No fue sorpresa: casi todos la esperaban, de una forma u otra, tanto como para dejar semivacío al Estadio Centenario.

Durante décadas, gradualmente, las tribunas populares se fueron convirtiendo en territorio de guaranguería y prepotencia. La pueblan algunos miles de jóvenes cuya conducta se inspira en la parte boba del ingenio argentino, que suele tener enorme éxito de este lado del Río de la Plata. Ellos confirman el viejo principio de que las personas pueden hacer en patota muchas cosas que jamás se atreverían a hacer por sí mismos.

Los grupos criollos de "barrabravas" contaron con asistencia de directivos y jugadores de los equipos, al principio por caridad o convicción y luego también por temor. Y se vinculan con políticos de una manera un tanto grotesca. La violencia menudea en sus cánticos, encuadrados en figuras penales como apología del delito o instigación a delinquir. Los líderes trafican con todo lo que les proporcione una renta: drogas, vestimenta deportiva, excursiones al interior del país o al exterior para seguir a un equipo, hurtos en cadena o "arrastrones", saqueos a comercios, vandalismo, chantaje o "protección" mafiosa, suministros a presidiarios. Éstas bandas no sólo influyen en las tribunas "de pobres", como la Ámsterdam o la Colombes del estadio Centenario, sino también en la más exclusiva tribuna América, y en otras partes del área metropolitana de la capital uruguaya.

Está claro que los delitos más graves suele realizarlos la "barra brava" de Peñarol. La guerra por su control provoca muertos y heridos. Pero los "barras" de Nacional reproducen esas conductas en escala menor, y algunos de ellos cometieron crímenes espantosos en Santa Lucía en la madrugada del 28 de setiembre. Y hay grupos violentos que giran en torno a otros equipos. En noviembre de 2008 la AUF suspendió una etapa después de una descomunal trifulca entre "barrabravas" de Nacional y Danubio. Un choque en 2012 entre partidarios de los equipos de básquetbol Cordón y Welcome derivó en el asesinato de la joven Soledad Barrios.

La población, desconcertada, ha presenciado durante muchos años un torneo de renunciamientos de responsabilidad, excusas y justificaciones, para ese y otros asuntos como el narcotráfico, la epidemia de rapiñas, la suciedad en las calles, las miles de personas que viven a la intemperie y en la mendicidad, los conflictos nunca resueltos. La sensación de decadencia, y la sospecha de haber desaprovechado una oportunidad histórica, estimula la creencia de que "estamos muy mal", tan extendida como poco justa.

Hasta ahora las autoridades parecían confiar en una suerte de "autocontrol" o coexistencia pacífica con los delincuentes enquistados entre las parcialidades, en espera de que el lobo se volviera vegetariano, al decir de Yves Montand. El desastre del domingo, que hundió la imagen del fútbol uruguayo por debajo de la línea de flotación, parece haber señalado el fin de la edad de la inocencia. El ministro del Interior, Eduardo Bonomi, había advertido pocos días antes, en una conferencia organizada por el PIT-CNT, que la izquierda padeció una "ingenuidad galopante" al creer que la delincuencia sólo se combatiría con planes socio-económicos.

El presidente Tabaré Vázquez dice que ahora sí, por fin, se harán cumplir las normas llevando de los fundillos a los revoltosos; los dirigentes del fútbol ponen cara de yo no fui y piden auxilio; el Ministerio del Interior se la pasa explicando sus fracasos y traslada parte de sus responsabilidades a otros; fiscales y jueces parecen muy interesados en acomodarse a los vientos políticos; intelectuales intentan nuevos diagnósticos alambicados y no se juegan por solución alguna; los periodistas (incluido éste) hablan y hablan. Tanto poder reunido para decir lo obvio y desnudar tanto fracaso.

La violencia en el fútbol es sólo la punta del iceberg; la violencia se ha expandido cual metástasis por todo el cuerpo social: en el hogar, en las calles, en el tránsito, en las tribunas.

No es que falten leyes. De hecho hay demasiadas leyes: tantas que nadie puede estar seguro de que no irá a la cárcel en cualquier momento por cualquier cosa. Pero falta la voluntad de hacerlas cumplir. El lunes 28 el fiscal de Corte, Jorge Díaz, convocó a "hacerse cargo", y opinó que "uno de los principales problemas que tenemos en Uruguay es que no nos hacemos cargo y tratamos de echarle la culpa a otro".

Cabe repetir algo escrito en abril, hablando de estos mismos asuntos: La batalla por la seguridad pública es crítica. Si el Estado central al fin pierde el control, tarde o temprano llegará un tiempo de tendencias autoritarias, gatillo fácil y oscurantismo.


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