"El club de los idiotas", una obra redonda

La obra, con 18 actores, se realiza los miércoles y jueves en Teatro Alianza

En 1998 Lars von Trier estrenó Los idiotas, la segunda película filmada bajo las reglas del Dogma 95 tras La celebración de Thomas Vinterberg, y dividió las aguas del público y la crítica, dando uno de los primeros pasos a una carrera que ha hecho de la controversia una regla.

La película, acaso la más provocadora e interesante de Von Trier, trata de un grupo de jóvenes que se juntan para darle rienda suelta a su "idiota interior", como forma de deshacerse de inhibiciones y protestar contra la anestesiada burguesía danesa. Casi dos décadas después, en la otra punta del mundo y en Uruguay, la directora y dramaturga Jimena Márquez le da una vuelta de tuerca a esa idea del imbécil que todos llevamos dentro con su excelente puesta de El club de los idiotas en el Teatro Alianza.

"Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo". La frase de Sigmund Freud, que aparece en el programa de mano de El club de los idiotas, bien podría esquematizar el juego de extremos entre la mencionada cinta de Von Trier y la obra de Márquez, ya que la autora apuesta porque sus personajes se reconozcan como idiotas y hasta abracen esa diferencia.

Interpretada por 18 actores del Instituto de Actuación de Montevideo, la obra se exhibió en octubre y noviembre del año pasado en el Teatro Alianza y se reestrenó el 24 de febrero en el horario de las 21 horas, los miércoles y jueves.

De necesidad, virtud

Márquez, de 37 años –profesora de literatura, letrista de murga y autora y directora de obras como La escritora de comedias, la excelente versión de Los músicos de Bremen o Cajas chinas, con el que obtuvo el premio Florencio Revelación en 2009– está al frente de una obra que es completamente redonda.

Lo primero que destaca es la puesta atípica, porque no es fácil encontrar tantos actores en escena y menos que todos se luzcan casi por igual. Con la influencia murguera a flor de piel, la dramaturga hace de la necesidad virtud y transforma el nutrido elenco en un punto a favor.

Los 18 actores (15 mujeres, tres hombres) se encuentran sobre el escenario durante la totalidad de la obra sin que nunca se sienta una saturación. Todos se muestran sólidos y logran dotar de personalidad e histrionismo a cada uno de sus personajes.

El vestuario, la escenografía y la iluminación, a cargo de Gerardo Egea, es otro punto fuerte de la puesta, pues el realizador sabe crear desde lo espacial y la indumentaria un ambiente en el que confluye lo retro, lo lúgubre y lo disparatado. Los peinados de Fernando Robaina y Álvaro Molina acompañan este concepto.

El humor inteligente, algo que no abunda en la dramaturgia uruguaya y menos si es inclusivo para toda la familia, es otra característica destacable. El argumento da pie a un sinfín de situaciones disparatadas en las que se perfilan los motivos de la idiotez de cada uno. Está la que hace chistes inoportunos, la que en vez de decir las palabras esboza sus definiciones, la irascible o el trío de amigas mimetizadas que hablan al unísono.

Como es habitual en Márquez, los juegos de palabras tienen un lugar preponderante en la obra, en medio de delirantes disquisiciones filosóficas y otras estupideces cotidianas en las que es fácil reconocerse (como la costumbre de decir cada 31 de diciembre "Chau, nos vemos el año que viene").

Más allá de la presunción de banalidad que puede implicar la idiotez, el texto de Márquez, como allá lejos y hace tiempo el de Von Trier, es un espejo interesante de nuestra propia imbecilidad.

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Acerca del autor

Fernanda Muslera

Colaboradora de O2 / Tendencias