El conflicto que desencadenó la élite cultural de EEUU

Votantes pro Trump ven una clase que habla de igualdad pero vive con privilegios
Por Simon Kuper, Financial Times

Imaginémonos una cafetería en una gran ciudad de casi cualquier parte de la tierra. Está llena de personas elegantes, de cuerpos firmes, menores de 50 años, bebiendo cafés de US$ 5.

Recién salidas de la clase de yoga, están leyendo artículos sobre la desigualdad en la revista "New Yorker" antes de regresar a sus diminutos apartamentos de US$1,5 millones. Ésta es la élite cultural, o lo que Elizabeth Currid-Halkett –una profesora de política pública de la Universidad del Sur de California– llama la "clase aspiracional". Su libro, "The Sum of Small Things" (La suma de las cosas pequeñas), la analiza usando fascinantes datos del consumo estadounidense.

Currid-Halkett es en sí miembro de esa clase (como lo son algunos de mis mejores amigos) y, sin embargo, ella ayuda a explicar por qué la élite cultural es tan despreciada como para haber generado un movimiento político global en su contra.

Aunque Donald Trump es el 'asunto obvio' no mencionado en su libro, es inevitable pensar en él en casi todas las páginas como la antítesis de esta clase; de hecho, en la mente de sus partidarios, como su antídoto.

A Trump le gusta etiquetar a la élite cultural como "la élite", pero no todos los miembros de la clase son ricos. Los profesores adjuntos, los trabajadores de organizaciones no gubernamentales y los guionistas desempleados todos pertenecen a la misma clase al lado de Mark Zuckerberg. Más bien, lo que define a la élite cultural es la educación.

La mayoría de sus miembros acudieron a universidades de renombre, y se consideran merecedores en lugar de tener los derechos asegurados. Ellos creen en los hechos y en los expertos. La mayoría creció cómodamente en el auge posterior a la década de 1970.

Su educación representa su póliza de seguro y, cualesquiera que sean sus ingresos, sufren menos ansiedad económica que las personas mayores o las menos educados. Su utopía política es igualitaria, feminista y verde, con una elevada tasa fiscal.

Ellos aspiran a ser "mejores seres humanos" en lugar de ser simplemente ricos, escribe Currid-Halkett. Aunque a menudo están demasiado ocupados para ser felices, se sienten satisfechos de ser quiénes son. La desigualdad que ven por doquier nunca es su culpa.

Cuando se trata de consumo, la creencia central de la élite cultural es un desprecio por 'las cosas'. Los productos de marca ya no transmiten estatus ahora que cualquiera puede comprarlos.

El 10% en el tope de los asalariados estadounidenses (que incluye a la mayor parte de la élite cultural) gasta una parte cada vez menor de sus ingresos en automóviles, televisores y artículos para el hogar, cosas que la clase media todavía valora. Debido al aumento de la popularidad de la economía compartida, los hípsteres apenas poseen algunas cosas. Olvídate de las bicicletas compartidas; las estadounidenses ahora pueden alquilar vestidos de diseñador.

Lo que la élite cultural compra lo utiliza para adornar sus cuerpos. Viviendo en ciudades densamente pobladas en donde todo el mundo está en exhibición, la élite cultural necesita ropa costosa.

Los neoyorquinos en particular también tienen fetiches de relojería, habiendo gastado en 2010 "alrededor de 27 veces más en los relojes como una parte de los gastos totales que todas las demás personas; ninguna otra ciudad siquiera se compara", escribió Currid-Halkett.

La élite cultural gasta relativamente poco en productos de belleza, pero derrocha su dinero en el ejercicio, porque piensa que los cuerpos (como los alimentos) debieran verse naturales. El cuerpo delgado y tonificado expresa la cosmovisión de esta clase: incluso el ocio debe ser productivo. En lugar de pasearse por centros comerciales, los miembros de la clase narran sus caminatas familiares en Facebook.

Estas personas maximizan lo que Currid-Halkett llama el "consumo discreto": las cosas que no se pueden ver. Ellas compran los servicios de niñeras para ahorrar tiempo; revistas élite para alimentar sus cerebros y su estatus; y educación para impulsar a sus hijos hacia arriba.

La actual élite cultural está involucrada en un implacable proyecto para reproducir su posición social. Exceptuando algún enorme cambio económico, los amamantados niños de la élite de hoy constituirán la élite de 2050. La meritocracia se está volviendo hereditaria.

Es aquí donde la autoimagen de la élite cultural diverge de la opinión de sus críticos. Los votantes en pro de Trump ven una clase que habla de igualdad mientras vive en el privilegio y exuda desprecio. Aquí se encuentran los miembros de Greenpeace que siempre están en un avión, proclamando su bondad en vez de mejorar el mundo.

Tal vez si todo el mundo hiciera sus compras en Whole Foods, la cadena de supermercados orgánicos de lujo, el mundo mejoraría, sugirió Currid-Halkett. Pero existe un contra argumento: si todo el mundo comprara en Whole Foods, la cadena perdería su estatus, y la élite cultural tendría que hacer sus compras en otra parte.

Estas personas viven en lugares y en formas que casi nadie puede costear. La única gente pobre que conocen son sus niñeras. Puede que sus suscripciones a la revista "New Yorker" cuesten sólo US$90, pero suelen gastar en costosas educaciones.

Aunque Currid-Halkett es demasiado educada como para ir más allá de insinuarlo, los miembros de esta clase ven a quienes están fuera de la clase con desdén o con piedad. Siendo productivos en exceso, ellos desprecian a los padres con sus iPad, a los obesos y a los desinformados.

Muchos incluso se burlan de sus propios padres, tildándolos de cursis provincianos. Existe algo de esto en la relación entre Ivanka Trump (criada en Manhattan) y su padre Donald (de Queens).

De hecho, mucho antes de que Trump se convirtiera en presidente, era el ejemplo de todo lo que la élite cultural aborrece. Su cabello y piel naranja gritan artificialidad. Le encanta comprar cosas. Es gordo e ignorante. Piensa que el ejercicio agota el cuerpo.

Obtiene su información de la televisión por cable. No es de extrañar que el rito clave de la conversación de la élite cultural se haya convertido en hablar mal de Trump. Y las guerras culturales que lograron su elección seguirán ardiendo.


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