El Congo en conflicto

Las fuerzas de paz del Ejército uruguayo operan entre guerrillas y señores de la guerra en un zona rica en recursos minerales y devastada por el conflicto

La República Democrática del Congo es el arquetipo de lo que en ciencia política se conoce como Estado fallido. El ineficaz gobierno de Joseph Kabila, con asiento en Kinshasa, no controla la mayor parte del territorio; y las Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (FARDC) distan mucho de lo que normalmente se tiene por ejército. Según todas las versiones de la prensa internacional, se trata de una fuerza corrupta, con escasa disciplina y adiestramiento, cuyos efectivos muchas veces actúan por la libre y dividen lealtades entre el gobierno y diferentes grupos armados que operan en el territorio congoleño.

Y es que desde 1998, un complejo entramado de guerrillas, milicias y fuerzas rebeldes —tanto locales como extranjeras— asuelan el Este del Congo en permanente estado de conflicto interno. En la extensa frontera oriental que separa al país de Uganda, Ruanda y Burundi, opera cerca de una decena de grupos armados irregulares: guerrillas tutsi del temido M23, sus rivales hutu del Frente Democrático para la Liberación de Ruanda (FDLR), varias milicias locales, como los Mai-Mai y el Frente de Defensa del Congo (FDC); así como grupos armados burundeses y ugandeses, entre los que figura el Ejército de Resistencia del Señor, liderado por Joseph Kony, de reciente notoriedad por sus prácticas brutales y crímenes de guerra.

En esa zona devastada por el conflicto, ubicada entre las provincias congoleñas de Kivu del Norte y Kivu del Sur, es donde se encuentran destacadas el 94 % de las fuerzas de paz de la ONU, que actúan en el Congo con el mandato de proteger a la población civil.

Entre todos esos señores de la guerra locales y extranjeros, los que normalmente se imponen son los tutsis, que actúan en el Congo con la protección de los gobiernos de Ruanda y Uganda, explotando los ingentes recursos minerales de la zona ante la indiferencia —a veces, con la complicidad— del ejército congoleño.

Sin duda el factor étnico ha sido determinante en el conflicto. Estos grupos tutsi aun persiguen hutus en venganza por el genocidio de Ruanda de 1994, cuando el gobierno hutu de ese país desató una limpieza étnica que acabó con la vida de por lo menos medio de millón tutsis.

La llegada al poder de Laurent Kabila (padre del actual presidente) en el Congo, en 1997, fue la chispa que encendió el conflicto en las provincias de Kivu. Kabila padre, quien en los años sesenta había sido señalado por el Che Guevara como “un guerrillero poco serio”, más dado a la juerga que a la revolución, se alzó a fines de los noventa contra la larga dictadura de Mobuto Sese Seko con el apoyo de los Tutsis. Pero una vez en el poder en Kinshasa, los abandonó; lo que desató la guerra civil en el Este del Congo con la participación de todos estos grupos armados y de los países limítrofes.     

Sin embargo, el principal fogonero de este prolongado estado de beligerancia en el Congo son sus riquezas minerales, en particular el codiciado coltán, un mineral de enorme valor estratégico para la industria de la tecnología. El Congo posee cerca del 80 % de las reservas mundiales de coltán, que Occidente usa para sostener su estilo de vida y, muy especialmente, su cultura del móvil, ya que se utiliza en la fabricación de casi todos los dispositivos electrónicos portátiles, desde teléfonos celulares y tablets, hasta laptops y netbooks.

Pero los países exportadores de coltán son Ruanda y Uganda, que compran a la guerrilla tutsi el mineral que extraen a sangre y fuego del Congo.

En medio de ese caos de grupos armados, señores de la guerra y violencia indiscriminada, se desempeña el Batallón Uruguay, un contingente de 748 efectivos que reviste como reserva de las fuerzas de paz de la ONU. Son precisamente los efectivos uruguayos los que han logrado la mayor simbiosis con la población civil del Este del Congo, que los ve como una fuerza amiga. Soldados uruguayos han salvado varias vidas allí; y su apoyo y buen trato a los congoleños —además de su propia idiosincrasia— les ha ganado un lugar de confianza entre una población demasiado acostumbrada a las masacres y los crímenes de guerra.
La semana pasada, los tutsis del M23 tomaron la ciudad de Goma, capital de Kivu del Norte, donde el Batallón Uruguay controla el aeropuerto y el cuartel de las fuerzas de paz. Sin embargo, los uruguayos mantuvieron sus posiciones en el aeropuerto y el cuartel a salvo sin disparar un solo tiro.

El líder del M23 es el despiadado Bosco Ntaganda, conocido como Terminator y buscado por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y lesa humanidad. Pero no es la intención de estos grupos armados enfrentarse con las tropas de la ONU destacadas allí; incluso, por lo mismo, últimamente procuran no atacar a la población civil. 

Según el coronel Gustavo Sosa, jefe del Cecope (Centro Coordinador de las Operaciones de Paz del Ejército) uruguayo, quien entre 2003 y 2005 estuvo destinado en el Congo, las guerrillas ahora se cuidan mucho de no caer en las llamadas “reglas de enfrentamiento”, según las cuales los cascos azules deben intervenir, como es el caso de un ataque a la población civil.

Esto no sucedió tampoco la semana pasada durante el avance del M23 en Goma y otras localidades de la triple frontera. Por eso, a pesar de la peligrosidad que consignaban los reportes de prensa, la realidad es que en el campo no hubo ni siquiera enfrentamientos.

También, la ausencia o indiferencia del ejército congoleño en la zona, permitió a los hombres de Ntaganda tomar la ciudad sin enfrentar resistencia. Y es que muchos de los soldados congoleños deben lealtad o han sido combatientes en estos grupos guerrilleros; y es difícil que disparen contra sus propios excompañeros.

“Al otro día de la toma de Goma, las escuelas y todo estaba funcionando normalmente”, me dijo Sosa. La situación, de todos modos, continuaba inestable, ya que el M23 amenazaba con marchar hacia Kinshasa y derrocar a Kabila.

El jueves, finalmente, los rebeldes llegaron a un acuerdo con la Conferencia Internacional de los Países de los Grandes Lagos para retirarse de Goma y deponer su amenaza de avanzar hacia la capital del país.

Algunos mandos y combatientes aun se resisten al repliegue en Goma; pero cuando esta edición se iba a máquinas, la mayoría de los informes de la prensa internacional apuntaban que la situación tendía a normalizarse.

En el Congo rico, de donde proviene la materia prima para las comunicaciones que rigen el mundo moderno (y que paradójicamente es considerado el país más pobre del mundo según el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas), el estado de beligerancia interno y el dominio de los señores de la guerra no tiene, empero, miras de ceder.

Desde la época de la colonización belga en la primera mitad del siglo XX, pasando por el posterior gobierno de Patrice Lumumba —asesinado un año después de tomar el poder con el Movimiento Nacional Congoleño—, la dictadura de Mobutu hasta el conflicto desatado tras el alzamiento de Kabila padre, la población civil ha sido objeto de todo tipo de vejaciones y masacres que solo ha podido atenuar en parte la presencia de las fuerzas de paz.

Pero el mundo seguirá consumiendo el coltán que sale de la guerra y que además la alimenta. Así, todo parece indicar que el Batallón Uruguay permanecerá en el Congo por varios años más.


Fuente: Ricardo J. galarza, especial para El Observador

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