El cuerpo de los dominados

Motivos para aprovechar las últimas funciones de la puesta dirigida por la argentina Cristina Banegas del clásico de August Strindberg, La señorita Julia
Con una diferencia de nueve años, el teatro escandinavo dio origen a dos obras que se han transformado en clásicos y que hoy representan dos arquetipos teatrales de la mujer sojuzgada bajo el mandato masculino. La primera fue Casa de muñecas (1879), del noruego Henrik Ibsen, y luego llegó La señorita Julia (1888), del sueco August Strindberg.

Ambos autores y sus creaciones ficcionales eran muy distintos. Ibsen, racional y adelantado a su tiempo, generó escándalo en la sociedad de su época cuando su Nora Helmer cerró de un portazo la puerta de su casa y del sometimiento para abandonar a su familia. Strindberg, en cambio, un hombre que sufría esquizofrenia y era misógino, creó a Julia como una especie de espejo adoctrinador que ponía de manifiesto su odio hacia las mujeres, “esa forma raquítica del ser humano que está entre el niño y el hombre”, como escribiera en el prólogo de la obra. Mal que le pese a su creador, Julia tomó su propio vuelo y hoy es una de las heroínas trágicas más importantes del teatro.

Este es el contexto en el que se inscribe la excelente versión del texto cumbre del noruego, una coproducción argentino-uruguaya que se estrenó el 5 de febrero en la sala Zavala Muniz del Teatro Solís y que este sábado y domingo tiene sus últimas funciones, luego de haber agotado entradas las dos semanas anteriores. La obra, que se estrenará en Buenos Aires el 2 de abril en el Centro Cultural de la Cooperación, es dirigida por la prestigiosa actriz y directora porteña Cristina Banegas.

La pareja protagonista es interpretada con intensidad y fiereza por la argentina Belén Blanco (El caso María Soledad, Tumberos, La puta y la ballena) y el uruguayo Gustavo Suárez, conocido por Bienvenido a casa, la última obra de Roberto Suárez. La también argentina Susana Brussa completa el elenco.

La puesta de Banegas tiene como base la adaptación de 1978 de los argentinos Alberto Ure (con quien la ganadora del Emmy Internacional por su rol en Televisión por la inclusión comenzó a trabajar hace tres décadas) y José Tcherkaski, periodista y autor de canciones, como la recordada Mi viejo, escrita junto a Piero.

Blanco, la intérprete de 40 años que combina como pocas actrices el combo perturbación- fragilidad, es otra vieja conocida de Banegas, pues se inició en teatro con ella a los 13 años y con posterioridad hizo su debut con la puesta de la directora de Los invertidos.

Pura carnalidad

La señorita Julia se desarrolla en la noche de San Juan, durante una celebración de los sirvientes en la casa del conde mientras este se encuentra ausente, y se centra en los juegos de seducción y poder que se establecen entre Julia, la hija iconoclasta del conde, y Juan, un lacayo del temido progenitor. Junto a ellos está Cristina, interpretada con corrección por Brussa, cocinera de la casa y supuesta prometida de Juan, mujer religiosa y servil que contrasta con el espíritu desaforado de los otros dos.

Un texto tan visceral, tan cargado de erotismo y de frustración, requería de una puesta a la altura y Banegas lo logra con creces. Su versión de La señorita Julia es pura carnalidad: los cuerpos danzan, se entrelazan, se repelen, se dominan, se humillan. Esos cuerpos que encarnan las convenciones sociales: el lugar de un hombre de clase inferior y el de una mujer noble que pronto comprende que su cuna privilegiada no es más que una jaula de barrotes dorados.

Ambos necesitan cambiar de lugar y esa rebelión los une, pero sus búsquedas son muy distintas. Ella quiere caer, de alguna forma dejar ir a esa persona inventada por los mandatos y las proyecciones de los demás que no le permite descubrir quién es en realidad (“Yo no tengo yo”, afirma en un momento). En ese afán seduce al lacayo, felina y agresiva como tigre con collar, en un acto de indocilidad y desesperación.

Por otro lado, él quiere trepar, romper las cadenas de su clase social, movido por un sentimiento de superioridad respecto a los de su clase y por una oscilación que lo mueve de la brutalidad y la manipulación al miedo y la humillación, como cuando se estremece ante la mera llamada del conde, reflejo condicionado de su sumisión.

Blanco, quien, casualidad o no, interpretó a Nora Helmer en la puesta de Griselda Gambaro Querido Ibsen: soy Nora —por la que obtuvo el Premio ACE 2013-2014 como Mejor actriz de comedia dramática— demuestra en el rol de Julia la tremenda potencia actoral que posee. La argentina pasa por todos los estados y hace un manejo del cuerpo envidiable al igual que su coprotagonista, que convence en el rol de Juan. La química entre ambos es uno de los grandes aciertos de la puesta de Banegas, a la vez que también lo es el trabajo de luces y de sonido, este último a cargo de Carmen Baliero, quien conjuga el adentro y el afuera de los personajes cual ditirambo paranoico.

Tras el final, cuando la tragedia se consuma, los espectadores aplauden y los actores parecen en trance, como si recién aterrizaran de otro mundo, especialmente Blanco, que lo ha dado todo en el escenario. Imposible salir indemne de tal entrega.


Populares de la sección

Acerca del autor

Fernanda Muslera

Colaboradora de O2 / Tendencias