El desafío para una economía que crece pero no genera empleo

La incipiente recuperación de la actividad no se refleja en el mercado laboral

La economía uruguaya recuperó durante los últimos meses parte del dinamismo perdido y se espera que los datos de cierre de año que se conocerán la semana próxima reafirmen esa percepción generalizada de que lo peor quedó atrás. El estancamiento económico de finales de 2015 y principios del año pasado terminó siendo un susto pasajero. Los números dicen que pese a todo –a una región en penurias, al encarecimiento de la producción local y a los desequilibrios domésticos– Uruguay sigue creciendo. Y esa es una muy buena noticia.

Sin embargo, los grandes números a veces esconden o relativizan problemas que no deberían salir de la agenda pública. La economía uruguaya mantiene números positivos en materia de actividad, pero aun así no logra crear puestos de trabajo. Esa es la principal diferencia de la actual coyuntura respecto al ciclo de bonanza que empezó a agotarse en 2014.

Uruguay genera más riqueza año a año, agrega más valor en sus procesos productivos, pero no es capaz de emplear a un creciente número de uruguayos que no logran transformar en oportunidades el bienestar que evidencian los números.

La mediana de los economistas consultados en febrero por la Encuesta de Expectativas Económicas de El Observador estimaba una expansión de la actividad de 1,4% a lo largo de 2016. Eso implicaría una cierta aceleración en el ritmo de crecimiento respecto al año anterior, cuando la economía uruguaya tuvo su desempeño más modesto desde 2003, con una expansión de 1%. Desde el punto de vista histórico, un proceso de crecimiento económico sostenido durante 14 años es un hito a celebrar. Sin embargo, no todos los uruguayos están invitados a la fiesta.

En el promedio de 2014 el país ostentaba un total de 1.678.000 trabajadores ocupados. Las últimas cifras –12 meses finalizados en enero de este año–, mostraban que se habían perdido desde ese pico 35 mil empleos. En términos netos, se trata de 35 mil personas que hace dos años podían acceder a una fuente de empleo y hoy, pese a que la economía alcanzó un Producto Interno Bruto (PIB) más alto, ya no puede darse ese lujo.

Ese proceso de contracción del mercado de trabajo parecía haberse detenido durante el tercer trimestre del año pasado. Sin embargo, los números vienen dando una nueva marcha atrás desde octubre. El dato de empleo de los 12 meses terminados en enero es el más bajo desde 2013, con lo cual el piso alcanzado no parece ser muy firme. A la economía uruguaya le está costando generar empleo. Hay explicaciones que tienen que ver con la coyuntura y otras más de carácter estructurales.

Un factor que pesa en la pérdida de puestos de trabajo es el tipo de crecimiento que muestra la actividad económica, sostenido por sectores que tienen bajo impacto sobre el mercado laboral. Con un ritmo de expansión de la economía todavía moderado, hay sectores que crecen y otros que se contraen. El problema es que justamente los sectores que más caen son los más intensivos en mano de obra. La construcción es un claro ejemplo de sector que expulsa un buen número de trabajadores, como también buena parte del entramado industrial en caída –con varios derrumbes estridentes que se hicieron oír en los últimos tiempos como Fanapel, Fripur y Schreiber Foods, entre otras industrias–.

Pero hay otro problema que enfrenta el país, ya no vinculado con la coyuntura sino con grandes retos estructurales que no hay miras de resolver. Uruguay tiene un enorme problema de productividad y de limitaciones en el desarrollo de actividades de gran dinamismo a nivel mundial que viene asociado al bajo nivel de formación de su capital humano.

Según datos propios procesados a partir de la Encuesta Continua de Hogares del INE, solo 37% de los uruguayos activos en el mercado laboral en 2015 contaban con 12 o más años de estudio contados desde el ingreso a primaria, que es el equivalente a bachillerato aprobado o algún estudio técnico que compense su falta. Si se toma solamente la población activa de entre 20 y 29 años –lo que permite analizar las condiciones de las nuevas generaciones–, ese porcentaje sube un poco, pero no pasa del 42%. Entre los desocupados, solo 27% alcanza ese nivel de formación, que a nivel internacional no es pedir demasiado.

El avance de la robotización y la automatización del trabajo basada en algoritmos aumenta la vulnerabilidad de los empleos actuales en los tiempos que se vienen. En otras palabras, conforme la tecnología avance –y ya no caben dudas de que lo hará y en muy poco tiempo– los procedimientos que hoy son vanguardia en las distintas industrias se convertirán en el estándares, y eso implicará que a la economía uruguaya no solo le va a ser más difícil generar nuevos empleos sino también mantener los que hoy existen. Darle la espalda a la problemática educativa es el mayor error que puede cometer el sistema político si lo que busca es introducir a Uruguay en la esquiva senda del desarrollo. El desafío está planteado, digan lo que digan los grandes números.


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