El día olvidado de la guerra de los Seis Días

Esta semana se conmemoran 50 años de la victoria de Israel

Por Ariel Bercovich*

Esta semana se conmemoran 50 años de la victoria de Israel en la guerra de los Seis Días. Seis días que cambiaron la historia del Medio Oriente. Con los años vemos cada vez más intentos de deformar y reescribir la historia, cometiendo la falacia de interpretar la guerra según sus consecuencias y olvidando sus causas. Esto distorsiona la perspectiva histórica, y permite hablar de las intenciones “imperialistas” de Israel y demás aberraciones históricas. Para poder comprender la situación en Medio Oriente hoy, y lo que sucedió entonces, es indispensable recordar el día olvidado de la guerra de los Seis Días: el 4 de junio de 1967, el día en que el Estado de Israel estuvo a punto de ser aniquilado.

Desde mayo de 1967 los líderes de Egipto, Siria y Jordania, apoyados militarmente por Iraq, Argelia, Kuwait y Sudán, estaban movilizando sus ejércitos, y anunciaban nuevamente la intención de destruir Israel. Egipto había desalojado a las fuerzas de paz de la ONU, último obstáculo antes de la invasión inminente del sur de Israel. Siria y Jordania aguardaban la orden de fuego. La noche del 4 de junio, el primer ministro Levi Eshkol convocó a sus ministros a una reunión de urgencia. El ministro de Defensa, Moshe Dayan, dijo de manera tajante: “Si Egipto da el primer golpe, ya no habrá cómo recuperarse. El ejército se verá obligado a defender la población y no podría cuidar las fronteras. Esto será una masacre”.

Francia había anunciado que no reanudaría el abastecimiento de armas, y Estados Unidos concentraba sus esfuerzos diplomáticos en la crisis del estrecho de Tirán, sin aceptar que esta era apenas una muestra más del viejo plan de los países árabes de “tirar los judíos al mar”. Los israelíes se preparaban para lo peor. Israel aún no había cumplido 20 años.

Hoy sabemos lo que sucedió los seis días siguientes. El ejército israelí, en una campaña audaz, revirtió las ofensivas egipcias, jordanas y sirias, contra todo pronóstico. Así pudo liberar su capital, Jerusalén, y tomar territorios que le permitirían por primera vez tener fronteras “defendibles”: la península de Sinaí, la franja de Gaza, los altos del Golán y los territorios de Judea y Samaria.

Pero mientras la población respiraba con alivio, el gobierno de Israel ya estaba pensando en el futuro. Uno podría imaginar quizá que en esas reuniones se discutiría cómo aprovechar los nuevos territorios conquistados que triplicaban el territorio israelí o cómo capitalizar económicamente la victoria militar. Nada más lejos de la realidad. Los protocolos de las reuniones, desclasificados el mes pasado, muestran la imagen exactamente opuesta. En la reunión del 6 de junio, el segundo día de la guerra, el primer ministro Eshkol anunciaba a su gabinete que “el éxito militar abre nuevas posibilidades diplomáticas, que pueden cambiar el statu quo entre Israel y nuestros vecinos árabes”. Durante los siguientes días el gobierno de Israel definió líneas claras de cómo se negociarían acuerdos de paz.

¿Por qué? Porque nada era más lejano al proyecto sionista que la necesidad de invertir energía en guerras, y menos aún, de emprender campañas “imperialistas”. El proyecto sionista era entonces, y sigue siendo hoy, muy simple: permitir al pueblo judío ejercer su identidad nacional en paz. Por eso Israel estuvo dispuesto a negociar a cambio de una paz verdadera con sus vecinos.

Pero el mundo árabe no oyó esa llamada. A las iniciativas de paz, auspiciadas por la comunidad internacional, el mundo árabe respondió con los famosos tres “no” redactados en la cumbre de Khartoum: “No a la paz con Israel, no al reconocimiento de Israel y no a las negociaciones”. Tuvieron que pasar una guerra y 10 años más para que Egipto estuviera dispuesto a firmar la paz histórica, a cambio de que Israel devolviera toda la península de Sinaí. Y una década después se logró la paz con Jordania. Hoy estos tratados son un ejemplo de convivencia, a tal punto que las fronteras de Israel con Egipto y Jordania, antiguos enemigos, son de las más seguras y pacíficas de todo el Medio Oriente.

¿Qué cambió en estos 50 años? Israel es hoy un país poderoso, líder en temas de tecnología, ciberseguridad, educación, cultura, innovación, que comparte sus conocimientos con países amigos en todo el mundo. Es un país pujante, una democracia pluralista, compuesta por una de las poblaciones más multiculturales del mundo. Jerusalén es hoy una ciudad moderna, libre, dinámica, en la que conviven judíos, cristianos y musulmanes.

Lamentablemente no todos los vecinos de Israel supieron mirar hacia el futuro. Los líderes palestinos se empeñaron en no reconocer la existencia de Israel. No aceptaron que los tiempos cambiaron y que Israel está para quedarse. Quedaron estancados en aquel 4 de junio de 1967, anhelando la destrucción de Israel. Siguen educando a sus hijos en el odio y el terrorismo, que solo los aleja más de sus metas. Israel aún aguarda el día en que los palestinos extiendan una mano sincera y así avanzar hacia el respeto mutuo y la anhelada paz.

*Cónsul de Israel en Uruguay