El día que conocí a Gurvich

El nuevo Museo Gurvich, la peripecia vital del artista y los juegos de un niño.

Por Linng Cardozo

Era un pibe. Tenía ocho años y concurría a la escuela Galicia, que estaba ubicada en Carlos Roxlo y Paysandú. Era una escuela extraña. Fue de las primeras de tiempo completo, con una maestra de tercero que impulsaba la encuadernación, el trabajo en madera, dibujo y canto. La docente de canto, que tocaba el piano se llamaba Lunita. Un día del año 63 un tío me llevó al Cerro –creo que viajamos en el 125- y de casualidad recalé en la calle Polonia, en la misma casa que hacía poco estaba ocupando José Gurvich. Esta calle muere en una especie de barranco que da hacia la bahía de Montevideo. Desde ese punto se ve a la derecha el frigorífico Swift –hoy un esqueleto agujereado- y a la izquierda el puerto de Montevideo. El barranco termina en la rambla y en la playa del Cerro. Parado en la puerta de la casa de Gurvich uno está como en un balcón hacia el mar.

Allí lo vi a Gurvich. Manos chiquitas, un gato, un perro, pintura por donde se viera, paredes de piedra, caballetes y mesas. Ya las primeras veces que lo vi–no fueron muchas- me llamó la atención algo que luego con el tiempo fui llamando “melancolía”. Tenía ese aire. Yo iba a mirar. Veía lo que hacía, no preguntaba nada. Veía que entraban y salían jóvenes. Uno de ellos –se llamaba Adolfo, luego me enteré que su apellido era Nigro- llevaba baldes con barro. Y quedaban ahí, hasta que en otro momento venía la mano de Gurvich trabajando aquel barro que habían traído del Pantanoso.

LA PINTURA FLOTANTE. Gurvich salía de mañana temprano a tomar mate, a ver los remolcadores, caballos y chalanas allá abajo en la bahía. (Tiempo después vi un cuadro suyo, “El abrazo”, y abajo –al fondo- la bahía. Era él y su mujer Totó, abrazados en el balcón sobre el mar. Se puede ver esta obra y otras, en el excepcional museo Gurvich recientemente inaugurado çen la Peatonal Sarandí).

Mucho tiempo después Totó contó que después de su viaje a Europa, “pinta cosas como flotando, como apareciendo; poco a poco va desligando esas figura y las va haciendo más fluidas y flotantes”.

Hoy, un montón de años después de aquellas visitas casi clandestinas, nubosas, creo que en Europa y en Israel en especial, Gurvich se reencontró con aquel balcón al mar. Y desde ese ojo fue construyendo su nuevo mundo: hombres y mujeres flotando, vistos de arriba. (En el nuevo museo Gurvich se puede ver con claridad su evolución de la ortodoxia torresgarciana a su mundo flotante).

LA FRATERNA CERCANÍA. Era un amigo, un amigo de veras, de vino, mate o cama para que el que se pareciera. Ernesto Vila cuenta que llegaba al Cerro y nunca sabía cuándo se iba, porque Gurvich lo seducía para quedarse; iba por una tarde y se quedaba una semana. (Pude ver, como Vila, que el mundo expresivo de Gurvich no se detenía en una tela. Le servía un hueso o una madera, un hierro o el barro tosco del Pantanoso con el que creó cerámicas plásticas, no funcionales).

Cuentan que era un amante del teatro, el cine y la música. Y el violín. Siempre tocaba la misma pieza: Suite Nº2, de Bach. Pero se decidió por la pintura. No podía con las dos cosas. Niko Schvarz –judío como Gurvich- cuenta que todos los sábados a las 18:33 horas iban a los conciertos del Sodre. La insólita hora era la pactada para poder entrar clandestino a los conciertos.

Era un adicto al trabajo. Dormía 3 o 4 horas por día. Sus amigos lo recuerdan de esa manera. Mientras otros demoraban un mes en un cuadro, el hacía dos o tres por día, mientras iba imaginando –o haciendo prolijos apuntes- los que haría al otro día. A los 30 años, como jugando, un médico amigo le descubre presión alta. Poco se cuidó. Sus amigos lo recuerdan olvidándose de tomar el remedio para la presión. (Es probable que inconscientemente el supiera que su vida no iba a ser muy larga. Es probable que su fiebre creadora haya estado movida por ese motor). El vino, los asados, los amigos y el pollo a la miel que Gurvich preparaba en detalle como sus obras, eran los protagonistas de los encuentros del Cerro.

COMO EN DOMINGO. Tiempo después de aquellas visitas furtivas al Cerro supe que hizo exposiciones, que quería conquistar Europa, que se enamoró de los kibutz en Israel y que siempre volvía al Cerro. Volvía a su enorme taller en donde había una mesa para el yeso, otra para el óleo, una para la madera y otra para el dibujo. Trabajaba a cuatro manos. Pero su pasión no impedía el encuentro con amigos y vecinos. Dumas Oroño declaró un día que Gurvich “siempre andaba como en día domingo”. “Tenía una relación personal de día domingo”, contó Oroño. Cuando trababa amistad, era generoso, servicial, igual te regalaba un cuadro si te veía que andabas en la mala, para que lo pudieras vender.

Cuando estaba en sexto de escuela, la maestra nos llevó al Taller Torres García, allí mismo en el sótano del Ateneo en donde hoy está el Teatro Circular y por donde paso todos los días para ir a trabajar. Tengo aquel mismo perfume a arpillera, humedades y madera pintada que cuando lo visité con la edad de 12 años. Allí conocí a Torres García.

Ernesto Vila, que lo conoció en serio, dice que Gurvich sufrió muchas pérdidas. Su padre lo trajo de Lituania cuando tenía 5 años. Luego su nombre lituano, Zusmanas, fue sustituído por José y finalmente su alejamiento del Cerro y de Montevideo.

Puede estar ahí aquella tonada melancólica que yo veía en su mirada en los años 60.

En 1974, el 24 de junio, “en un atardecer gris y tormentoso, su vida se extingue súbitamente, a la edad de 47 años, de una oclusión coronaria”, dice su biografía oficial. Murió mientras pintaba una fiesta judía, Sucot o la Cosecha.

No lo conocí a Gurvich en 1963.. Estoy seguro –eso sí- que lo aprehendí ya de viejo y que por momentos, cuando visito aquel balcón de la calle Polonia, siento que me hubiera gustado haber estado en aquella casa del Cerro, observándolo, con sus pinceles y melancolía a cuestas. (Ahora, sin esfuerzo, hasta veo sus personajes flotando sobre la bahía). Por eso creo que lo conocí.

 

NOTA. Para este artículo consulté los libros de Alicia Haber sobre Gurvich, el libro “Proximidades” con testimonios de amigos del artista, realizado por Daniel Rovira Alhers y el sitio oficial del museo Gurvich. También conversé con Adolfo Nigro que vive en Buenos Aires


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