El día que el Papa acarició la camiseta de Peñarol

La historia del abogado Jorge Barrera y de cómo sus pasiones lo llevaron ante Juan Pablo ll

Dicen que los caminos de Dios, como los del fútbol, son inescrutables. Si es así, acaso la presunta costumbre divina de escribir derecho en renglones torcidos, y la inesperada trayectoria de una pelota, expliquen la peripecia que terminó con el papa Juan Pablo ll recibiendo en sus manos una de las camisetas que lució Mario Saralegui durante su largo pasaje por Peñarol.

La historia empieza cuando Saralegui le promete a su amigo Jorge Barrera que, si llegaba a jugar el partido que finalmente le dio el campeonato uruguayo a los aurinegros en 1993, le regalaría su camiseta número 8.

Era una posibilidad lejana. Saralegui estaba al final de su carrera deportiva, era suplente y, en ese partido contra Cerro, Peñarol se jugaba el campeonato. Incluso, dependía de que Defensor no le ganara a Danubio en el Franzini. Los encuentros estaban previstos a la misma hora para que ninguno jugara con resultados vistos.

Pero, qué cosa, los manyas se las arreglaron para entrar ocho minutos tarde a disputar el encuentro. Defensor no pudo ganarle a Danubio, Peñarol fue campeón antes de que terminara su partido y, en medio de los festejos adelantados, el técnico Gregorio Pérez le dio la oportunidad a Saralegui para que entrara a la cancha.

Desde la tribuna, Barrera gritó el ingreso del futbolista como si se tratara de un gol: la camiseta prometida se acercaba a sus manos. Una vez terminado el partido, Saralegui llevó a Barrera en camioneta hasta su casa –vivía en 18 de Julio y Martín C. Martínez– pero lo tuvo que dejar dos cuadras antes puesto que la avenida estaba repleta de aurinegros festejando.

Apenas Barrera puso los pies en la calle, Saralegui le pegó el grito esperado: "Fiera, ¿no te olvidas de algo?", preguntó el jugador aurinegro, abrió su bolso deportivo y le tiró la camiseta deseada.

Algunos hinchas que presenciaron la escena se acercaron a Barrera con toda la intención de disputarle el trofeo. El abogado corrió entonces calle abajo por Brandzen mientras se sacaba su camiseta, se ponía la de Saralegui abajo, y volvía a ponerse la suya de escudo. Corriendo llegó a su casa y, desde entonces, guardó la casaca como una de sus pertenencias más queridas.

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Es el año 2001, Barrera se ha convertido en diputado y se dirige a una recepción que el entonces presidente Jorge Batlle le organizó a su par italiano Carlo Azeglio Ciampi, de visita en Uruguay.
Los presidentes conversaban afablemente hasta que Batlle vio entrar a Barrera. Rompiendo con el protocolo, Batlle le pidió permiso al italiano, agarró al legislador de un brazo y se lo llevó para un costado. A la vista de todos, pero sin que su voz fuera audible para los demás, el presidente estuvo 10 minutos rezongando al legislador porque, según entendía, no había cumplido con éxito una tarea que le había designado.

"Pero ¿a qué van al Parlamento? ¿a tomar café? A ver si se ponen las pilas, querido", le dijo Batlle y volvió a sentarse junto al visitante extranjero.
Barrera volaba de enojo porque consideraba que el rezongo no había sido justo. Pero se quedó callado, juntando bronca, porque sabía que a Batlle no se lo podía contradecir así no más.

"Pero ¿a qué van al Parlamento? ¿a tomar café? A ver si se ponen las pilas, querido", le dijo Batlle y volvió a sentarse junto al visitante extranjero.

Los delegados italianos, en tanto, se imaginaron que si el presidente Batlle se había apartado del centro del encuentro solo para dialogar con el diputado, debía tratarse de una persona muy influyente.
Fue por eso que uno de los diplomáticos europeos se acercó a Barrera y le preguntó si conocía Italia y si quería volver para intercambiar experiencias con otros legisladores. Las ganas de responderle a Batlle, Barrera se las sacó con el funcionario italiano. "Mire, ya conozco Italia y por el momento, a menos que sea para hablar con el Papa, no tengo intenciones de volver", le dijo cortante como quien dice que quiere ir a marte.

Unas semanas después, sonó el teléfono del despacho de Barrera. Desde la nunciatura apostólica le avisaban que, en unos días, y tal como lo había pedido, el papa Juan Pablo ll lo iba a recibir en Roma, más precisamente en su residencia de Castelgandolfo.

Aquella confusión propiciada por Batlle, le iba a permitir a Barrera encontrarse con el hombre que con su prédica, y después de años de descreimiento, le había devuelto la fe.

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Tras la sorpresa, Barrera se dio a la tarea de decidir qué le iba a decir al Papa en esos pocos minutos que compartiría con su esposa Carolina. Por su parte, Carolina le insistía para que eligiera un lindo regalo para llevarle a Juan Pablo ll.
Barrera fue descartando obsequios y llegó a la conclusión de que era mejor no regalar nada antes que dar algo sin el valor que merecía el representante de Pedro en la tierra.

Aquella confusión propiciada por Batlle, le iba a permitir a Barrera encontrarse con el hombre que con su prédica, y después de años de descreimiento, le había devuelto la fe.

En eso estaba cuando, la mañana anterior a su partida, salió a caminar por la rambla y vio venir de frente, la melena rubia al viento, a Mario Saralegui. "¿Así que vas a ver al papa? Pedíle que rece por mí", le encomendó Saralegui. Cuando Barrera volvió a su casa ya sabía qué le iba a obsequiar al santo padre.

Sin contárselo a su mujer, sacó de un cajón aquella camiseta amarilla y negra transpirada casi diez años atrás, la metió en una bolsa de supermercado, la entreveró adentro de la valija y partieron hacia Italia. Ya de camino a Castelgandolfo, el remisero que los llevaba les preguntó qué le iban a regalar al Papa. "Nada", dijo Carolina. "Sí, yo le llevo una cosa", la corrigió Barrera y contó lo que tenía oculto en la valija del auto.

"¡Pero vos no podés ser más groncho! Le vas a regalar al Papa una camiseta de fútbol... ¡una camiseta de fútbol! ¡Vamos a quedar pegados!", lo reprendió su mujer.

Pero no había vuelta atrás. Ya frente Juan Pablo ll, Barrera le explicó la valía de su regalo, de todo lo que para él significaba el fútbol y esa camiseta, de la sensación de desprendimiento que sentía en ese momento.
Jorge Barrera

"¡Pero vos no podés ser más groncho! Le vas a regalar al Papa una camiseta de fútbol... ¡una camiseta de fútbol! ¡Vamos a quedar pegados!", lo reprendió su mujer.

"Ah, el desprendimiento. Qué buena cosa. Qué felices somos cuando nos desprendemos de algo que queremos para dárselo a otro", dijo el Papa poniendo sus manos sobre la camiseta de Peñarol.

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Pasaron 10 años de aquel encuentro en Castelgandolfo. Una foto, que acompaña esta crónica y registra el momento, luce en un lugar destacado del estudio jurídico de Barrera. Un amigo del abogado llega a visitarlo, advierte la instantánea, y le dice que tiene algo que lo recompensará con creces por aquello que le obsequió al Papa.

A los pocos días, Barrera recibe de regalo la camiseta que Mario Saralegui usó, en el mejor momento de su carrera, con el Peñarol campeón de América y del mundo en 1982.
Barrera cree que el episodio confirma el consejo de Jesús: da y te será dado. Cosas del fútbol, dirá otro. Y los dos tendrán razón.

Dios, justicia y Peñarol

Una vez contada esta anécdota, se entiende por qué, puesto a elegir, se le hace difícil a Barrera organizar una regla de prioridades de las creencias, los trabajos o los gustos que parecen convertirlo en una persona nada compleja pero bastante difícil de encasillar.

¿Está primero su condición de creyente en Dios y de integrante del Opus Dei, considerada una de las organizaciones más conservadoras de la Iglesia Católica? ¿O acaso su mirada sobre el hombre y su circunstancia está permeada primero por su ideología batllista, la misma que a principios de siglo XX secularizó a la sociedad uruguaya? ¿Su fanatismo por Peñarol le juega malas pasadas cuando tiene que ejercer como abogado, profesión que le sirve para vivir cómodamente y en la que resulta más conveniente pensar que sentir?

Para buena parte de los uruguayos está claro. Barrera es ese abogado mediático que cada dos por tres suelen ver en la pantalla de televisión defendiendo a algún personaje famoso o representando a los familiares de alguna víctima cuya peripecia copó la crónica roja de los medios de comunicación. O, si no, lo reconocen como el directivo de un equipo que atraviesa clases sociales y reúne a pobres y ricos, a ateos y agnósticos, y que, entre los uruguayos, tiene más creyentes que cualquier religión.

Sin embargo, su menos conocida relación con Dios también la práctica, si es necesario, a la vista del público. Tan es así que se lo ha visto confesándose en la terminal de pasajeros del puerto de Colonia. "Discúlpeme, ¿lo puedo hacer trabajar hoy?", le preguntó Barrera en la mañana del sábado 18 de marzo a un cura que, antes de cruzar el río, terminó perdonándole los pecados a unos metros del gentío.

¿Está primero su condición de creyente en Dios y de integrante del Opus Dei, considerada una de las organizaciones más conservadoras de la Iglesia Católica? ¿O acaso su mirada sobre el hombre y su circunstancia está permeada primero por su ideología batllista, la misma que a principios de siglo XX secularizó a la sociedad uruguaya?

La confesión en la terminal marítima no es extraña. Barrera suele cruzar hasta Buenos Aires por cuestiones de trabajo o simplemente para pasear por una ciudad de la que se declara enamorado. Ya sea porque de allí es oriunda su esposa Carolina o porque desde esa ciudad, y a partir de un accidente de tránsito que ni siquiera lo tuvo como protagonista, le llegaron buena parte de las oportunidades que hoy le permiten beber champagne y fumar habanos en su chalet de Punta del Este al que le puso el nombre de "El 10" en homenaje a Pablo Bengochea.

"Dios y Peñarol son mis dos pasiones", dice Barrera a El Observador eligiendo aquello que le ha dado más satisfacciones espirituales y futbolísticas que económicas.

Pero empecemos por el comienzo de una infancia transcurrida en Minas en donde Jorge Barrera Battaini hizo la escuela y la mitad del liceo para trasladarse luego a Montevideo en donde completó sus estudios. Sus padres eran empleados públicos: abiertamente ballista su padre, más volcada a la religión su madre.

"Discúlpeme, ¿lo puedo hacer trabajar hoy?", le preguntó Barrera en la mañana del sábado 18 de marzo a un cura que, antes de cruzar el río, terminó perdonándole los pecados a unos metros del gentío.

Barrera cree que esa mezcla le dio una identidad para nada esquizofrénica. "Mi visión de la historia es batllista (por José Batlle y Ordóñez) pero el que me enamoró fue Jorge Batlle. Y Jorge rescató las raíces espirituales del batllismo. No hay que olvidarse que Batlle y Ordóñez era deísta", afirma el abogado. A Jorge Batlle empezó a frecuentarlo en 1982 casi al mismo tiempo que se involucraba con la comunidad fundada por Josémaría Escriva de Balaguer. Además, seguía con sus estudios de abogacía –se recibió en 1993–.
En 1999 logró ser elegido diputado por la lista 15. Cinco años después intentó ser reelecto pero perdió la diputación por 173 votos.

"¿Y ahora de qué vamos a vivir?", le preguntó su esposa. Barrera le recordó que aún era abogado penalista –más que nada se dedicaba a defender personas involucradas en accidentes de tránsito– y que pensaba especializarse en la materia.

En el verano del 2005 se fue a quedar unos días en el balneario argentino de Pinamar –en donde los padres de su esposa tienen un hotel– pero antes del 15 de febrero tuvo que retornar para recoger sus pertenencias del Palacio Legislativo.

Así que sacó pasaje en el Buquebús y se dirigió en su auto hacia la terminal marítima. Pero al llegar a la esquina bonaerense de Paseo Colón y Garay, los dos coches que circulaban delante de él chocaron y Barrera se vio obligado a detener su marcha. Minutos después estaba involucrado en el accidente, ya no como abogado, sino como simple testigo.

A partir de un accidente de tránsito que ni siquiera lo tuvo como protagonista, le llegaron buena parte de las oportunidades que hoy le permiten beber champagne y fumar habanos en su chalet de Punta del Este al que le puso el nombre de "El 10" en homenaje a Pablo Bengochea.

Las pericias de la Policía se demoraban y, ya previendo que estaba destinado a perder el barco, Barrera se sentó en el cordón de la vereda –en bermudas y chancletas– a esperar que lo liberaran de sus obligaciones.

En eso estaba cuando miró hacia la vereda de enfrente y leyó un cartel que resaltaba del resto: Universidad Austral, decía. Y en letras más pequeñas ofrecía, entre otras cosas, maestrías en derecho penal. Barrera entró a la Universidad, preguntó las características de los estudios, sacó cuentas para ver si le alcanzaba la plata para pagarlos, pidió para hablar con el rector y se presentó ante él en short y chancleteando. "Aunque no parezca soy abogado", le avisó y comenzó una estrecha relación con la vecina orilla que tuvo un pico en el verano del 2008.

Fue ese año en el que, durante sus vacaciones en Uruguay, el relacionista público Gaby Alvarez y su asistente Ariel Coelho tuvieron un accidente en el que atropellaron y mataron a dos personas. Barrera fue el abogado de Coelho y, durante semanas, recorrió los principales programas periodísticos y de chimentos de Argentina hablando del caso.

Desde entonces, cuando algún argentino famoso, y no tanto, tiene un problema legal en Uruguay, sus abogados en Buenos Aires le recomiendan que se conecte con Barrera, quien además es profesor de derecho penal en la Universidad de Montevideo, en la Austral de Argentina y en la Piura en Perú.
Barrera también ejerció la defensa de varios jugadores de fútbol que protagonizaron accidentes de tránsito, del presidente de Peñarol José Pedro Damiani acusado de lavado de dinero, y del expresidente de Pluna Matías Campiani y, en los últimos días, aceptó la representación de Francisco Sanabria.

Porque antes de la política, antes del Opus Dei y de la abogacía, Barrera se crió gritando los goles de Fernando Morena. Por eso, no es raro que sea más habitual verlo en Los Aromos o en el estadio Campeón del Siglo que en su estudio o en una Iglesia. Esto, dice, no le produce ningún tipo de remordimiento porque, como ya se sabe, Peñarol también es una religión.

En su juventud, Barrera se ganó la vida como barman y también vendió quesos, en una época que aparece muy lejana a estos días en los que, con 48 años, viaja por el mundo y se da casi todos los gustos. Dice que su vínculo con los pobres lo sigue teniendo a través de algunos casos que atiende en su despacho con vista a la plaza Independencia y, particularmente, en cada saludo de un hincha de Peñarol que lo reconoce por la calle desde que en 2008 asumió como directivo de uno de los clubes más populares del mundo.

Los colores amarillo y negro se le aparecen en los lugares más inesperados. Por ejemplo, uno de los indagados por el asesinato de la adolescente Lola Chomnaléz –Barrera representó a la familia– entró al juzgado con la camiseta aurinegra y, después de que se comprobara su inocencia, el hombre se le acercó para sacarse una selfie. "Este es el doctor de nosotros, el doctor de Peñarol", le informó el hombre a la fiscal y prometió colgar la foto en el boliche en el que solía parar.

Porque antes de la política, antes del Opus Dei y de la abogacía, Barrera se crió gritando los goles de Fernando Morena. Por eso, no es raro que sea más habitual verlo en Los Aromos o en el estadio Campeón del Siglo que en su estudio o en una Iglesia. Esto, dice, no le produce ningún tipo de remordimiento porque, como ya se sabe, Peñarol también es una religión.



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