El día que tiré la colección completa de la Rolling Stone

A veces no queda otra que desprenderse de cosas que fuimos juntando durante años con cariño y dedicación: mi historia con la Rolling.

Conozco unas cuantas personas que sufren algo así como pequeños síndromes de Diógenes. Entre los periodistas, por ejemplo, esta extraña conducta se encuentra bastante extendida: hay gente que guarda recortes de diarios, viejas publicaciones y papeles varios que –piensa- algún día le serán de enorme utilidad. No es mi caso. Nunca me costó mucho desprenderme de las cosas ni le encontré demasiado sentido a convertir el hogar o el lugar de trabajo en un pequeño archivo de prensa. Menos hoy, que internet nos ofrece la maravillosa posibilidad de acceder a casi cualquier cosa apenas con un clic (¿quién dijo que todo tiempo pasado fue mejor?).

Pero con la Rolling Stone era distinto. En forma religiosa durante más de una década compré cada mes la edición porteña de esta mítica revista estadounidense. Lo hice desde que arrancó en abril de 1998 hasta entrado 2011. En la última época a veces ni la leía, pero algo poderoso e inexplicable me impedía dejar de pasar por el quiosco y tener mi ejemplar. Lo hacía casi por inercia.

Las revistas quedaban guardadas en un hermoso armario. Eso me generaba un raro sentimiento mezcla de tranquilidad, orgullo y satisfacción: me sentía parte de un colectivo que en forma militante tenía todos los números, desde el primero. Las revistas estaban ahí, de alguna manera eran parte de mi vida. Hasta me habían ayudado a entender mejor el mundo que me rodeaba.

Pero el tiempo pasa, las cosas a veces dejan de ser lo que eran y –con un bebé en camino- cada pequeño espacio se torna vital en el hogar. Porque los niños -además de traer alegría a las casas- traen juguetes, pañales, remedios, ropa, ropa y más ropa que enseguida queda chica.

Y un día tomé la decisión menos pensada. Fue un impulso, pero tarde o temprano tenía que hacerlo: no había más lugar para la Rolling Stone.

Busqué una bolsa grande, respiré profundo, dejé pasar unos segundos, metí la mano adentro del armario y las fui sacando una a una. Eran decenas y decenas de revistas.

Y allá marcharon al contenedor Charly, Fito y Luca. También Pergolini, Lanata, Michael Moore, Al Gore, Bush, Obama, Menem, Néstor y Cristina, Mick Jagger, Cobain, Madonna, Marilyn Manson, Green Day, Marley, Manu Chao, Britney Spears, Pity Alvarez, Maradona, Soda, los Redondos, los Cadillacs, la Vela, Jaime, Calamaro, Humberto Tortonese, Alfredo Casero, Fernando Peña, Damián Szifrón, Adrián Caetano, los Simpsons, Natalia Oreiro, la Mona Jiménez y un largo etcétera.

Unos cuantos íconos de mi generación y de las anteriores se fueron en esa bolsa que cargué con cierto esfuerzo y deposité al lado del contenedor, con la lejana esperanza de que alguien se apropiara de ella y le diera un buen uso.

La dejé ahí y no miré para atrás. Misión cumplida.


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