El día que un tornado se llevó mi casa

Columna de Álvaro Irigoitía, subeditor jefe de El Observador

Estaba a punto de cumplir cuatro años cuando un tornado me pasó por arriba.

Era el 21 de noviembre de 1985 y en Carmelo esa tarde hacía calor, de eso me acuerdo.

Estaba acostado en la cama de mi madre -no recuerdo si ella estaba ni tampoco si dormía-, cuando, no sé por qué, corrí la cortina de la ventana que daba a la calle. Lo que ví en el cielo no lo entendí en ese momento. Para mi eran papeles y cartones volando en círculos -más tarde tomaría conciencia de que eran chapas de zinc arrancadas de los techos- y lo siguiente que supe fue que mi hermano mayor, que jugaba a las cartas en el living con mi otro hermano y mi primo, entró corriendo a la habitación y me arrancó de la cama para abrazarme en un rincón, escondidos entre la pared y el ropero.

Estábamos en el ojo del tornado.

Sé que escuchamos un ruido ensordecedor pero no lo recuerdo. Me contaron que era como un zumbido intenso que metía miedo. Seguro fue cierto porque del miedo sí me acuerdo.

No sé cuánto duró, seguramente segundos, pero para mi, escondido en un rincón, fueron horas.

Más tarde me enteraría de todo lo que pasó en esos segundos eternos.

Me contaron que un pedazo de la chimenea de la casa de enfrente, un bloque compacto compuestos de varios ladrillos, golpeó en el parante central de la ventana de hierro debajo de la cual estaba. Unos centímetros más para un lado u otro y habría atravesado el cristal y posiblemente yo no estaría escribiendo estas líneas.

Los vidrios estallaron. En ese momento no lo noté, pero un trozo de uno de ellos se clavó en mi rodilla izquierda.

Fue segundos, o milésimas de segundo quizás, antes de que mi hermano viniera a mi rescate. Recuerdo que lloraba pero no era del dolor. Posiblemente haya sido del pánico.


Lo que pasó después es difícil olvidarlo. No recorrí más allá de la cuadra de mi casa pero los destrozos eran evidentes y se repetían a lo largo de la ciudad.

En la vivienda de una vecina, una de las que había quedado más entera, me curaron la herida de la rodilla y me peinaron del pelo las astillas de vidrio.

Una ambulancia pasó por mi calle buscando heridos y me llevó al hospital. Hubo muertos, dos creo, nunca supe quiénes fueron.


Mi casa, como decenas de otras, quedó derruida. Sin techos, con paredes derrumbadas, e inhabitable. Leyendo crónicas posteriores supe que el tornado se formó sobre el río de la Plata y avanzó hacia la planta urbana dando saltos. Ingresó al pueblo en un recorrido de sur a norte entre las calles Uruguay y Zorrilla de San Martín. Mi hogar de la infancia está en la entrada de la ciudad, en 12 de febrero entre Uruguay y Zorrilla de San Martín.

No recuerdo donde dormí esa noche, pero sé que la solidaridad de algún vecino o familiar permitió que no fuera a la intemperie ni en un refugio improvisado.

Sí sé que unos días después, cuando cumplí cuatro años, no hubo fiesta. Y que después estuve un año sin volver a mi casa.

No sé por qué, quizás por el shock que me causó, pero es la primera memoria nítida de mi primera infancia. Todavía no había cumplido cuatro años. Tenía la misma edad que tiene mi hijo ahora. En mi casa todavía hay marcas del tornado, y yo llevo una cicatriz que me lo recuerda.

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