El dictador que cayó en desgracia

Gobernó con mano dura, fue agente de la CIA, aliado de EEUU y cayó preso por narcotráfico
Manuel Noriega es fiel representante de la peor historia reciente de América Latina, en particular de Panamá, un país al que supo gobernar con mano dura entre 1983 y 1989, aunque jamás se sacó el gusto de ser presidente democrático.

El general, al que todos en su país conocían por el apelativo de "el hombre fuerte", tuvo un ascenso tan fulgurante al poder como una caída tan estrepitosa.

Es que su personalidad ciertamente camaleónica le permitió apoyar desde un golpe de Estado para encolumnar en el poder al general Omar Torrijos, luego de haberse capacitado en la tenebrosa Escuela de las Américas –donde se formaron algunos de los principales dictadores de la región– ser agente a sueldo de la central de inteligencia estadounidense, CIA y hasta constituirse en un informante de primera mano de la DEA, la agencia dedicada al combate del narcotráfico en Estados Unidos.

Noriega fue antes que nada un aliado y protegido de los gobiernos estadounidenses de turno hasta que su presencia comenzó a inquietar y a transformarse en un elemento peligroso.

Más aún cuando el general utilizó toda su influencia para que Panamá sirviera de puente al narcotráfico.
Ese fue el comienzo del fin.

A partir de ese momento, caería en desgracia respecto de su exaliado Estados Unidos y tras su derrrocamiento en enero de 1990 –acompañado por una invasión dispuesta por el entonces presidente George Bush– le tocaría vivir un periplo de casi tres décadas en cárceles de Estados Unidos, Francia y Panamá por distintos delitos, principalmente vinculados al narcotráfico.

Dictador amigo de EEUU

Noriega, que murió el lunes 29 a la edad de 83 años en un hospital de Panamá, víctima de un tumor cerebral, había sido un militar apadrinado por la CIA en los años 1950 y luego se transformó en un dictador nato, debido en buena medida a su habilidad natural para satisfacer a su aliado natural Estados Unidos.

Pero también por su facilidad de relacionamiento con la Cuba de Fidel Castro, la Nicaragua del sandinista Daniel Ortega o el cartel de Medellín, con su temible líder, Pablo Escobar Gaviria, a la cabeza.

Panamá siempre fue un país estratégico para EEUU y en aquel entonces el papel de Noriega fue decisivo, pues suministraba apoyo a su aliado para desarrollar la contrainsurgencia en un momento en que comenzaban a consolidarse movimientos guerrilleros en países de América Central y Sudamérica.

Pero claro, así como escaló rápidamente también perdió de un plumazo el apoyo estadounidense.

El poderoso general no tuvo prurito alguno en vender su alma al diablo y sus vínculos con la mafia de las drogas terminarían por hundirlo. Noriega, que permitió a los carteles de la droga colombianos utilizar territorio panameño como base, llegó a saber demasiado y era molesto para todos.

Conocía como pocos el negocio del narcotráfico y llegó a delatar a los jefes del cartel de Cali, que de esa forma fueron apresados en España.

Pero Estados Unidos, gobernado entonces por George Bush, le retiró la confianza que se había ganado luego de unas elecciones teñidas de fraude y de un fallido golpe de Estado, y tras una recordada invasión, terminaría por caer.

La Operación Causa Justa consistió en el envío de marines a Panamá para capturarlo, lo que causó la muerte a miles de civiles.

Noriega traspuso la línea por su peligrosa relación con los narcos. A eso se sumó un clima de protestas e inestabilidad social, que llevó a EEUU a pedirle que dejara el poder. Aunque se negaba, debió irse y se entregó en enero de 1990, luego de estar refugiado varios días en la Nunciatura.

Noriega recibió en Estados Unidos una condena de 40 años de prisión, que logró reducir a 30 años y luego a 20 por buena conducta.

El narcotráfico, que tanto le ayudó en su momento a aumentar y blindar su poder omnipresente, terminó por introducirlo de narices en un extenso periplo carcelario, que también abarcó Francia –allí fue condenado en 2010 por blanquear dinero del tráfico de drogas– hasta terminar en 2011 en su país natal, donde la condena, en ausencia, fue a 20 años y por el crimen del dirigente opositor Hugo Spadafora.

Caído en desgracia

Noriega hizo lo imposible para pasar sus últimos años de vida en libertad pero no pudo conseguirlo.
El último tramo de su vida lo pasó internado, sobre todo a partir de marzo, luego de ser sometido a dos riesgosas operaciones.

Noriega dedicó buena parte de su vida a la venta de secretos, el tráfico de información, el soborno, el chantaje, así como la intimidación, la compra de lealtad y la represión en cualquier manifestación posible.

Amante del whisky y las bellas mujeres, era educado, distante, frío pero al mismo tiempo implacable.

Devoto creyente, el último dictador centroamericano contemporáneo llegó a pedir perdón desde la cárcel hace dos años por aquellas acciones que hubieran sido perjudiciales para terceros.

Sin embargo, ese mismo perdón nunca pudo recibirlo de sus compatriotas, que no olvidan su pasado de terror

Populares de la sección

Acerca del autor