El dilema de Cabo Polonio: crecer sin destruir la naturaleza

El incremento en su popularidad afecta a la protección de la naturaleza y las tradiciones de este rincón único de Rocha
Cuando Nelson Pereira mira los jeeps repletos que entran al Cabo Polonio, recuerda cómo su padre, el primero en realizar ese trayecto, llevaba visitantes en un carro de caballos una vez al mes. Ahora, los vehículos entran cada 15 minutos –en los momentos de mayor trajín– siempre llenos. Pereira, conocido como "el Contento", es el propietario de Safari del Polonio, una de las seis empresas encargadas del transporte de pasajeros entre la ruta 10 y el balneario.

"Es una locura", dice, en referencia al ritmo de ingreso de visitantes, un promedio de 2.500 por día en esta temporada, de acuerdo a sus cálculos. Llegaron a picos de 2.800 pasajeros por día, que abonan un boleto de $ 220 que incluye la ida y la vuelta. Los cambios que ha experimentado el balneario en los últimos años y su crecimiento en cantidad de turistas (algo que Pereira atribuye, principalmente en el caso de los europeos, al boca a boca) no dejan de sorprenderlo, sobre todo si lo compara con el lugar que conoció años atrás. "Si lo ve mi padre, se cae de espaldas", comenta.

El tradicional recorrido, esa mezcla de safari y montaña rusa (que incluye el "oooo" de los pasajeros con cada bache o movimiento brusco) termina en la plaza principal de un balneario que logra mantener algunas señas de identidad, pero que ya no se reconoce como el lugar con la naturaleza casi intacta del pasado cercano.
Cabo Polonio

En sus habitantes más veteranos estas modificaciones generan reacciones opuestas. "Este lugar está condenado al éxito", dice Francisco Lujambio. Este descendiente de los sobrevivientes del naufragio del Leopoldina Rosa, un barco español que se hundió en 1842 frente a las costas de Rocha, estuvo vinculado toda su vida a Cabo Polonio, pero desde 1991 lo convirtió en su hogar cuando abrió el almacén El Templao, una de las referencias del paraje rochense.

"El Cabo ha sido generoso", remarcó Lujambio en referencia al trabajo que le ha dado, pero considera que sus cualidades únicas en Uruguay, y la magia del balneario, hacen que sea delicado mantener un equilibrio entre el turismo y la protección del lugar, un pueblo que se mantiene sin luz eléctrica por
voluntad de sus pobladores y visitantes, y que es parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas.

Su almacén –decorado con objetos viejos comprados en remates– tiene 20 empleados. Los puestos de trabajo más tradicionales del pueblo, como la pesca, son ahora escasos, y quedan apenas dos barcas. Sus propietarios también se dedican al turismo, alquilan alojamientos y venden artesanías.
Un mural, un letrero que da su nombre extraoficialmente a una calle y remeras con su imagen hacen de José Mujica una imagen habitual del Cabo Polonio

Para Lujambio los cambios permiten un mejor trabajo, porque los turistas llegan al Polonio todo el año, y de todas las procedencias imaginables. El almacenero se ha cruzado con rusos e indios, y destaca el crecimiento de algunos grupos de visitantes, como los israelíes, cuyos diálogos en hebreo pueden escucharse por las calles de la localidad. Sin embargo, deja entrever la tristeza de saber que quedan pocos de los viejos pobladores, y que épocas como la década de 1990 forzaron a algunos habitantes a irse por las malas zafras.
Francisco Lujambio Cabo Polonio
Francisco Lujambio es una institución en Cabo Polonio.
Francisco Lujambio es una institución en Cabo Polonio.

El propietario de El Templao también destaca que luego de tres años sin policía, luego de la jubilación de Edgardo Molina –quien fue la referencia policial de la localidad por 15 años– Cabo Polonio volvió a tener agentes de seguridad.

Sin embargo, no todos los pobladores comparten la visión de Lujambio. Marcos Machado, propietario de la posada Mariemar sabe que vive en una contradicción. "Soy negociante, y si viene gente para mí es mejor, pero me quedo con el Cabo de antes", dice este hombre que vive allí desde 1964, y que heredó la posada de sus padres.
De los tradicionales pescadores del Polonio quedan apenas dos barcas. Sus propietarios también se dedican al turismo; alquilan alojamientos y venden artesanías

De todos modos, Machado nota que esta temporada ha sido diferente, porque se ve gente por las calles pero la mayoría no se queda a pasar más de un día. Y señala uno de los problemas más habituales de cada temporada: la presencia de alojamientos "irregulares" cuando se alquila un rancho para hacinar viajeros por un bajo monto, prácticamente sin comodidad alguna. Estas camas pueden llegar a tener un precio tan bajo como $ 200 por noche, pero encontrarlos es difícil.

A Machado también le preocupa la preservación del Cabo Polonio. Desde su posada señala hacia el monte nativo que se extiende libremente detrás de la playa Norte y sentencia: "Las dunas están muertas". Estas, que son una de las señas de identidad del lugar, se han visto invadidas por la vegetación, y Machado considera que los guardaparques no han hecho lo suficiente para limitar su crecimiento. A su vez, sugiere que de cara al futuro se limite el ingreso de recipientes plásticos, para evitar la contaminación, aunque asume que puede ser algo complejo.

Cuando cae el sol

Si bien la energía eólica y sobre todo la solar hacen que el Cabo Polonio pueda tener noches más iluminadas, aún mantiene su encanto con las velas y linternas marcando el camino. Espectáculos callejeros y músicos recorren el balneario durante el horario de la cena, aunque luego los visitantes pueden continuar la noche en algunos locales nocturnos.

Uno de los puntos clásicos es Estación Central. Sus muros llaman la atención por la presencia del expresidente José Mujica en uno de ellos. "Es mi ídolo, pero no como político, como persona. No es perfecto, pero es un tipo consecuente, y para mí son esos los que tienen que dirigir el mundo", dice Francisco "Pancho" Blanco, propietario del local.

Fanático de Pink Floyd y con un tatuaje en su bíceps derecho en el que homenajea al balneario y a los dos locales nocturnos que tuvo en Cabo Polonio, Blanco gestiona Estación Central desde 2004, un local en el que domina el rock y en el que entran 200 personas. "Lo tengo para que haya algo para hacer acá", concluye.

Otra opción nocturna que plantea un modelo de negocio diferente, y que ha sido tan exitoso –según su responsable– que ya fue imitado dentro del balneario, es El Bunker Bajonero, dirigido por el argentino Lucio Cavalieri y su novia peruana, Edith. Si bien comienza su actividad a las 17, el trabajo más intenso se produce a partir de la noche y durante "el bajón" de la madrugada, y llega a trabajar hasta las 9 de la mañana. Su oferta de comida (entre la que se destacan las pizzas de Edith) y tragos se complementa con música. Tanto El Bunker Bajonero como Estación Central ofrecen shows en vivo durante el verano. Mientras el local de Blanco se centra en el rock, hay una mayor variedad de géneros en el local de Lucio y Edith, aunque siempre buscan que sean músicos recomendados o conocidos.

Cavalieri conoció el Cabo Polonio a los 17 años, cuando vino a visitar a la familia de su madre a Uruguay; en 2013 se mudó definitivamente. Al año siguiente abrieron el local y desde entonces su popularidad ha crecido. En verano trabajan con mayor intensidad, y el resto del año subsisten con la venta de postres dulces y de pan casero, con el que proveen a establecimientos y alojamientos locales.

De todas formas, y pese a que muchos lo catalogarían como un paraíso, el argentino reconoce que a veces es complicado aguantar todo el año.

Cerveza artesanal en la playa


La tendencia de las cervezas artesanales también llegó a Cabo Polonio. Andrés Aquino es el responsable de la cerveza Hué Bilu, nacida en La Paloma y que ahora se ofrece cada mediodía en una barra en el hostel Tacuarí, sobre la playa Norte.
Hay dos variedades: IPA californiana y rubia; el vaso de medio litro se vende a $ 150.

Hostel, la palabra más repetida en Cabo Polonio

Hostel Cabo Polonio

Uno junto al otro, los hostels se han convertido en uno de los negocios más rentables y habituales de Cabo Polonio, hasta el punto de que es una de las palabras más leídas en una recorrida por el balneario rochense.

Si bien durante la primera semana de enero las camas libres eran pocas, a partir del fin de semana pasado la cantidad de visitantes se redujo, lo que hace posible conseguir un lugar para dormir en el mismo día.

La noche en un hostel del Cabo Polonio cuesta entre $ 900 y $ 1.500 en una habitación compartida en la que pueden dormir de cuatro a ocho personas.

Las comodidades dependen del alojamiento, y pueden incluir desayuno, energía eléctrica y agua caliente.



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