El dilema de Ciudad Gótica

La represión a la delincuencia trae problemas estomacales

En El Regreso del Señor de la Noche, la última secuela de una serie de novelas gráficas sobre Batman, el caricaturista Frank Miller interpela en forma cruda al lector sobre los dilemas que encierra la cuestión de la seguridad. Cuadro a cuadro, el guión desnuda hipocresías, dobles discursos y constantemente pregunta dónde están los límites para la represión a la delincuencia. Así es que un Batman viejo y cansado, encargado de ir más allá de la ley en complicidad con el comisario Fierro, para unos es un héroe justiciero y, para los defensores de los derechos civiles, una amenaza fascista. Sí, Batman fascista.

Miller pone buenos argumentos de uno y otro lado en medio de una deliciosa estética oscura en la que al final de una lucha de valores queda claro que, en cualquier caso, ganar significa perder.

A propósito de la violencia en el fútbol, el gobierno cambió su discurso oficial respecto a la delincuencia. Fue el presidente quien desde España demandó firmeza a la Policía y a la Justicia, anunció palo para el que se lo merezca y llamó a terminar con la contaminación del fútbol.

Y su discurso tuvo resultados. En forma inmediata dos sentencias separadas aplicaron el código con la máxima severidad y prisión a los siete hinchas que se sacaron fotos tomando latitas de refresco robadas. Lo mismo le pasó al que tiró una pesada garrafa desde las alturas del estadio contra la Policía abajo apostada. Un funcionario fue lesionado y también un perro del escuadrón anti drogas, lo cual bastó para tipificarle intento de homicidio. Desde la sociedad y el ámbito jurídico surgieron voces para expresar que ambas decisiones fueron demasiado severas, algo que obligó a los magistrados a demostrar su apego a la ley.

El presidente, como antes el Ministerio del Interior, se quejó de que los jueces liberaran a la inmensa mayoría de los más de 100 detenidos en el clásico, contra los cuales la Policía sólo tenía la convicción de que habían participado en disturbios sin pruebas de ello. En realidad, la queja presidencial, podría ser interpretada como un llamado a buscarle la vuelta para que los malos vayan a prisión. "Es una señal", dijo el ministro Eduardo Bonomi en Búsqueda al comentar el fallo de la Coca Cola, en el que el mismo juez hace mención expresa al entorno de violencia en el que se cometieron los delitos. A propósito, Bonomi podría haber cosechado mejores resultados en la opinión pública si se hubiese ahorrado la autoevaluación "exitosa" de la operativa policial en el estadio. Tuvo luces y sombras, pero el adjetivo lo llevó más para el lado oscuro.

En su postura el presidente sintoniza con el hartazgo de la población con la violencia en el fútbol y con la inseguridad en la sociedad. Sus palabras prometen otra actitud respecto a la delincuencia en general y ello paga.

Lo que pasa es que a la delincuencia no se la combate con señales sino con acciones, muchas de las cuales podrían poner la legalidad a prueba. Pero por sobre todas las cosas, la represión pone a prueba las convicciones profundas de muchas personas que genuinamente rechazan la violencia desde donde provenga, ya sea el crimen o el Estado. Y ahí se coloca la izquierda tradicional, que otra vez dejó sola al presidente aun cuando uno de los principales líderes blancos, Luis Lacalle Pou, pusiera en duda sus propósitos. La lucha contra el terrorismo mundial muestra que la seguridad exige sacrificios en materia de libertad, privacidad y derechos individuales. La ecuación también funciona en forma inversa.

Así que ojo, la seguridad y la represión traen otras cosas muy malas, no hay microcirugía, la operación duele. Combo completo, lo tomas o lo dejas, así es la cosa.

Es una cuestión de estómago



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