El dólar a $ 28

Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario
Por Luis Romero Álvarez, especial para El Observador

Otra vez. Sacrificamos la competitividad internacional, que es nuestra razón de ser como país porque necesitamos exportar mucho y bien, a cambio de una herramienta para frenar una inflación rebelde.

La inflación es un impuesto durísimo; su peso es su tasa que se aplica sobre todo el dinero en circulación, o sea 10% sobre todos los pesos que pasan por nuestras manos.

Para una persona pobre, que solamente tiene un sueldo o una jubilación, la inflación es un impuesto de 10% sobre todo lo que tiene, que se paga además de todos los demás impuestos. A una persona rica, que tiene una fortuna en campos y haciendas, reservas en dólares y muy pocos pesos en la billetera, la inflación no le hace nada porque aplica solamente sobre el escaso efectivo en pesos que maneja.

Y para cobrar impuestos en este país hay que tener aprobación parlamentaria, salvo para el impuesto inflacionario que el Poder Ejecutivo puede cobrar al nivel que quiere.

Usar el tipo de cambio para frenar la inflación es de baja factura técnica y sólo se explica por falta de conocimientos o debilidad política para hacer lo que hay que hacer. La inflación se escapó siempre de los límites que el propio gobierno se fijó porque siempre gastó de más.

Alto gasto da alto déficit que se debe financiar con deuda y/o con emisión de dinero fresco, porque los impuestos ya están altísimos. Ese alto gasto fogonea la presión sobre los precios y la emisión fresca lubrica el avance de la inflación. Sin controlar el gasto no hay forma de controlar la inflación.

Ahora es muy difícil controlar el gasto si tomamos 70 mil funcionarios públicos más que gastan 1.000 millones de dólares anuales; no se justifica contratar más empleados públicos para atender menos gente en la salud pública, menos gente en la educación pública y la misma gente en seguridad. Es una decisión populista de la más vieja raigambre electorera, pero que pagamos todos con un país caro para vivir y carísimo para exportar.

El dólar se mueve al son de fuerzas internas y externas. Internamente, como vimos, el Poder Ejecutivo decidió derrumbarlo usando las herramientas en su poder (encajes, tasas de interés en pesos, etc.), tanto que se le fue la mano y tuvo que apuntalar el tipo de cambio comprando dólares.

Externamente, el dólar ha mostrado ciclos de siete años de dólar fuerte y dólar débil; para 2008 tocaba un repunte que fue aniquilado por la decisión (correcta) de la Reserva Federal (Fed) de inundar de liquidez fresca al mercado para evitar otra Gran Depresión como la de 1929.

Desde entonces, con tasas de interés americanas en el suelo, el dólar ha estado débil en el mundo; el anuncio de la Fed de futuras subas de tasas lo fortaleció (y aquí lo vimos subir hasta $ 32), pero luego la postergación de las subas y las turbulencias electorales en EEUU lo volvieron a debilitar.

A ese debilitamiento se vino a sumar la reciente decisión local de bajarlo para frenar la inflación que se había escapado de la barrera psicológica del 10%. Desde un confortable escritorio ministerial, estas subas y bajas son accidentes; desde la conducción de empresas exportadoras, especialmente las que emplean mucha mano de obra, una caída de $ 4 del tipo de cambio se vive como una herida muy grave.

¿Quién querrá venir a poner fábricas que contraten cientos de empleados en un país donde el salario real sube mientras que la productividad laboral baja y a eso se suma un tipo de cambio manejado sin contemplar al sector exportador y un sindicalismo agresivo que sabe de reclamos pero no de obligaciones?

En el corto plazo se navega ajustando y ajustando, bajando precios a los productores porque del mismo cuero salen todas las lonjas, pero al final la inversión se detiene, la producción se extensifica, la economía se enfría, los puestos de trabajo caen, el sector financiero entra en problemas, la recaudación de impuestos baja y se viene la noche.

No hay dos recetas: Uruguay tiene que ser competitivo para exportar, así debe crecer a buenas tasas y con buen crecimiento debe financiar los pesados pendientes que lo abruman en educación, seguridad e infraestructura.

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