El ex preso que borró sus tatuajes tumberos en busca de un futuro laboral

El recorrido de un liberado para reinsertarse en la sociedad

Llegó envuelto en una bata y en medio de un delirio que hacía casi imposible entender lo que decía. Los funcionarios del lugar, que están acostumbrados a lidiar con situaciones de ese tipo, intentaban bajar a tierra sus palabras, pero era imposible.

Además de sus frases incoherentes, los trabajadores de la Dirección Nacional de Apoyo al Liberado (Dinali, ex Patronato) tienen grabada a fuego en sus memorias una de las características que lo distinguían: una lágrima tatuada en su rostro.

Federico (nombre falso que busca preservar su intimidad) acababa de salir de la cárcel tras seis años de encierro. Una rapiña había sido la causa que lo llevó a estar entre los 18 y los 24 años detrás de las rejas.

Apenas salió, en medio de una indescriptible mezcla de sensaciones en la que se destacaban la incertidumbre y el miedo, Federico llegó caminando a la casa de su abuela. Era una forma de volver a su vida montevideana anterior a la cárcel, como si nada hubiese pasado.

Pero algo había pasado. Su abuela, enojada por lo que había hecho, lo rechazó y el ex preso debió pasar esa noche en la calle. A la mañana siguiente, cuando se despertó, se dio cuenta de que las veredas de la ciudad serían su nuevo dormitorio. Una de esas mañanas, decidió ir a la sede de la Dinali. Alguien le había dicho que allí lo podían ayudar. Esa repartición, que depende del Ministerio del Interior, tiene como finalidad ayudar a los liberados en diversas funciones, que van desde el apoyo jurídico hasta la búsqueda de empleo.

"Él había hecho Primaria y lo empezamos a convencer para que siga el liceo", recordó Piñeyrúa.

Cada poco tiempo, sin respetar los horarios ni las normas, Federico aparecía. "Era muy difícil entenderlo. Pero él seguía viniendo. De a poco tratamos de armar su historia de vida", contó a El Observador Lucía Piñeyrúa, coordinadora del equipo técnico de la Dinali.

"Nos dimos cuenta que le gustaba la música y se nos ocurrió que podía aprender a tocar un instrumento. Quizá eso lograra engancharlo", narró la trabajadora social. Coordinaron con un centro cultural y lo llevaron, pero él se sintió incómodo y se fue. Un tiempo después, apareció otra vez en la sede de la Dinali a preguntar si aún seguían las clases de piano.

Piñeyrúa tenía un órgano en su casa y Ruben, otro compañero de trabajo, sabía tocar. Efectivamente, la música fue lo que logró enganchar a Federico y darle la oportunidad a los técnicos de persuadirlo de evitar cometer los mismos errores del pasado. "Él había hecho Primaria y lo empezamos a convencer para que siga el liceo", recordó Piñeyrúa. En el mismo cuaderno en el que él anotaba las canciones que aprendía, empezó a intentar mejorar la letra.

Los funcionarios de la Dinali lo ayudaron a anotarse en una propuesta para adultos. Ahí podía hacer primero y segundo en un solo año.

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La experiencia educativa lo llevó a rodearse de gente y eso trajo sus complicaciones. Lo más difícil para Federico era lidiar con los tatuajes tumberos que se hizo dentro de la cárcel y que dejaban en evidencia constantemente su pasado tras las rejas. El más notorio era el que tenía en su rostro. Mientras estaba recluido, Federico recibió una de las noticias más tristes de su vida: su madre había muerto. La rabia y la impotencia que sintió lo llevaron a tomar la decisión de tatuarse una lágrima, como símbolo de un dolor que duraría para siempre. A su vez, en una de sus manos tenía como tatuaje el cinco de un dado. En los códigos tumberos, eso simboliza el enfrentamiento de los delincuentes con la Policía: el punto central es el ladrón, que está rodeado por sus captores. Ya no hay escape.

Para ese entonces, Federico había aceptado dormir en un refugio, algo que rechazaba con firmeza en un principio. Pero las autoridades de la Dinali, con la paciencia de un maestro de escuela, le explicaban que necesitaba comer, dormir y tener horarios más normales. A las cansadas, cedió.

A esa altura, Federico odiaba sus tatuajes. Recorrió algunos de los lugares que los borran pero el costo era de $ 8 mil, una cifra inaccesible para él. Ante esa dificultad, a los funcionarios de la Dinali se les ocurrió una idea. Hicieron las gestiones ante la cátedra de cirugía plástica de la Facultad de Medicina y lograron que los médicos le quitaran esos símbolos de un tiempo que quería dejar atrás en busca de una nueva oportunidad. Luego, como aún le quedaba una marca en la cara, fue intervenido con láser en el Hospital Pasteur para borrar del todo esos rastros del pasado.

"La apariencia mejoró y él se empezó a sentir mejor consigo mismo", relató Piñeyrúa. Por su parte, Inés Bausero, la directora de la Dinali, destacó la coordinación entre diferentes organismos públicos, que permitió la realización de esas intervenciones sin pagar un solo peso.

"Los liberados salen con mucha expectativa de que su familia va a recibirlo, pero eso fracasa rápidamente", Inés Bausero, directora de la Dinali

Ya sin los tatuajes, llegó la hora de buscar un trabajo. La Dinali tiene 15 cupos fijos en el programa Uruguay Trabaja del Ministerio de Desarrollo Social (Mides). Uno de ellos fue para él, en la Asociación Cristiana de Jóvenes.

Cuando finalizó esa oportunidad, la Dinali le otorgó una de las pasantías laborales que tiene. Son de un año, con opción a dos. Y en eso está Federico hoy, trabajando en el Correo como repartidor de cartas. Además, el año pasado terminó los cursos de primero y segundo de liceo. Este año comenzó tercero. Lo que no ha logrado es volver a ser aceptado por su familia. "Sigue en un refugio. El contacto con la familia está difícil porque lo rechazan", narró Piñeyrúa.

Los funcionarios de la oficina del gobierno dedicada a ayudar a los liberados cuentan con orgullo el caso de Federico, pero esos ejemplos son menos habituales de lo que quisieran. Otros ejemplos están repletos de impotencia y frustración, las de aquellos liberados que salen de las cárceles y vuelven a delinquir.

Bausero dijo que ellos enfrentan la gran competencia del narcotráfico, que otorga dinero fácil a los ex presos, además de la posibilidad de no tener que enfrentar el difícil desafío de la resocialización. La directora de la Dinali tiene el convencimiento de que el aporte del trabajo es "enorme" a la hora de evitar que los presos reincidan. Por eso, esa oficina gubernamental tomó la decisión de apostar a una novedosa herramienta para dar trabajo: una fundación que funcionará como una empresa cualquiera, pero que tendrá la particularidad de que su plantilla laboral estará conformada exreclusos. Esa herramienta fue pensada luego de golpear puertas y no recibir propuestas laborales por parte de los privados. El Estado no se queda atrás a la hora de ofrecer pocos caminos. Hay una ley que establece que el 5% de la obra pública debe tener ex presos trabajando, pero no se cumple, advirtió Bausero.


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