El "fenómeno" Novick: despegue y límites

El despegue inicial y la ampliación ulterior de sus apoyos no pueden ser tomados a la ligera

Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar/ adolfogarce@gmail.com

La decisión del senador Daniel Bianchi de abandonar el Partido Colorado para sumarse a las filas del movimiento político nacional liderado por Edgardo Novick ofrece una excelente oportunidad para analizar el significado de este liderazgo emergente. Novick irrumpió en la política hace un año y medio, como el tercer candidato a la Intendencia de Montevideo por el Partido de la Concertación, creado por blancos y colorados como instrumento para desafiar la hegemonía del Frente Amplio en la capital.

Sorpresivamente, el tercer candidato, bien conocido en el mundo de los negocios pero completamente desconocido por la opinión pública, obtuvo una excelente votación. No solamente superó a sus socios dentro de la Concertación sino que obtuvo más votos que la mismísima Lucía Topolansky, que encabezó una de las tres propuestas que presentó el FA. A partir de ese momento Novick ha venido intentando, con relativo éxito, extender su influencia al resto del país. En particular, logró reclutar dirigentes del Partido Colorado. Además del senador ya mencionado, obtuvo el apoyo del diputado de Montevideo, Guillermo Facello, y de figuras como Guillermo Stirling, exministro y excandidato a la Presidencia, y de Jorge Barrera, que supo ser hombre de confianza de Jorge Batlle.

El despegue inicial de Novick y la ampliación ulterior de sus apoyos no pueden ser tomados a la ligera. No es, simplemente, una demostración del poder del dinero en la política, ni testimonio del papel clave que pueden jugar los expertos en comunicación en la construcción de un discurso exitoso. Es más que eso. En primer lugar, es expresión de cierto clima de “río revuelto” que circula por la sociedad uruguaya sin que podamos terminar de determinar todavía con exactitud ni su naturaleza ni su volumen. No hay información concluyente al respecto, pero parece lógico pensar que los outsiders como él no aparecen ni cobran fuerza sin que exista una demanda de novedad en la ciudadanía. Algo nos está diciendo la irrupción del fenómeno Novick sobre nuestros partidos y sus candidatos. ¿Cansancio? ¿Desaliento? ¿Desgaste? ¿Pérdida de credibilidad? No tengo respuestas contundentes. Pero algo de esto hay.

En segundo lugar, el fenómeno Novick no puede separarse de la demanda de “concertación” entre blancos y colorados que, a su vez, deriva de la instalación (a partir de 1985) de una competencia política bipolar: de un lado el bloque del Frente Amplio; del otro lado, el bloque político compuesto por colorados y blancos. Novick crece reclamando que los partidos tradicionales sumen sus esfuerzos para desplazar al FA del poder. Me parece evidente que esta es una de las claves de su éxito. Durante los dos primeros mandatos del FA, blancos y colorados dedicaron mucho tiempo y energía a disputarse entre sí el segundo lugar en el ranking. Mientras tanto, hicieron muy poco por construir, en tanto bloque, una alternativa al predomini o frenteamplista. Novick sintoniza mejor que muchos dirigentes blancos y colorados con esta demanda de coordinación que viene de los electores de la oposición.

En tercer lugar, es posible que para entender este liderazgo haya que tomar en cuenta lo que los marxistas llamarían un componente de clase. Novick es un empresario muy exitoso y no lo oculta. Pero tampoco oculta que “viene de abajo”. Vale la pena evocar un antecedente. En 2008, cuando quería convencernos de que no quería ser candidato, José Mujica decía que no podía ser presidente porque se parecía “a un verdulero”. La historia demostró que parecerse a un “verdulero” no es un problema para amasar un enorme capital político. Todo lo contrario. Sin embargo, hace muchos años que, con demasiada frecuencia, los candidatos de los partidos de oposición no se parecen a los sectores sociales que procuran representar. Son abogados, hijos de abogados, nietos de abogados, bisnietos y tataranietos del patriciado uruguayo del siglo XIX. Novick es distinto. En plena campaña electoral por la IMM, polemizando con Mujica, subrayó sus tiempos como feriante. A partir de entonces la gente lo conoce como el “verdulero”. No intenta parecerse a un político. Polemiza todo el tiempo con Mujica. Pero, en un aspecto fundamental, se parece a él.

Novick se instaló en el escenario político nacional. La pregunta que muchos nos hacemos es hasta dónde puede llegar. Ya demostró que no le resulta tan difícil captar dirigentes y votantes colorados. Pero, esto no debería llamar tanto la atención: al fin de cuentas, el PC es un partido conflictuado que no termina de aceptar las razones históricas de sus graves problemas. En cambio, sospecho que le va a resultar mucho más difícil captar dirigentes blancos. El PN, lejos de estar en crisis, sigue teniendo un gran arraigo popular especialmente en el interior. No logro entender qué razones llevarían a un líder político a abandonar el segundo partido en importancia para acompañar un proyecto político de destino incierto. Pero, además, los principales líderes del PN ya han comprendido que tienen que levantar con mucha más claridad la bandera de la “concertación” con los colorados para evitar que Novick siga creciendo apelando a ese discurso. Si este razonamiento es correcto, el líder emergente es un problema muy real para los colorados, pero un desafío apenas marginal para los nacionalistas.


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