El fin de la inocencia

Por estos días en Pocitos, el barrio más poblado de Montevideo, volvieron a sonar cacerolas y bocinas.
Miguel Arregui, especial para El Observador

Por estos días en Pocitos, el barrio más poblado de Montevideo, volvieron a sonar cacerolas y bocinas. No fue ensordecedor, como en los años finales de la dictadura, y el ruido no se expande todavía más allá de Carrasco y otros barrios de familias acomodadas. Algunos desprecian la protesta por provenir de cajetillas.

Es peligroso y frívolo ese clasismo al revés pregonado por pequeño-burgueses con culpa, que también viven en barrios centrales. Pero en el gobierno unos cuántos comprenden que no se puede negar la realidad. El favor de las masas es veleidoso y nunca se sabe cuál es la gota exacta que terminará de perforar el dique.

Las protestas expresan el hartazgo de mucha gente con los hurtos, rapiñas y homicidios. El miedo, el conformismo o el odio cubren la ciudad como un velo sucio. No hay familia que no tenga sus experiencias y no haya debido cambiar su forma de vida para protegerse.

El debate, disparado tras un asesinato en Carrasco Norte el sábado pasado, pronto enfermó de demagogia y se fue por las ramas, como suele ocurrir. Pero la espiral ascendente del delito permanece: hoy y mañana morirán otros, de otra forma, por resistirse o no, por ser guapos o porque no.

El número anual de homicidios aumentó 60% entre los quinquenios 1980-1984 y 1995-1999. Los promedios se estabilizaron durante la primera década del siglo XXI, entre el gobierno de Jorge Batlle y el primero de Tabaré Vázquez, pero dieron otro gran salto a partir de 2012. Desde entonces se registra un promedio de 285 homicidios al año, en particular en el submundo del narcotráfico, que explica la tercera parte de las muertes, pero también por rapiñas, violencia doméstica o lo que sea. En suma: en los últimos 30 años el número promedio anual de homicidios aumentó 108%.

La capital uruguaya ha tenido en los últimos cuatro años una tasa de unos 14 homicidios intencionales cada 100.000 habitantes, muy por encima de casi todas las ciudades europeas y muchas sudamericanas, como Santiago, La Paz o Buenos Aires, aunque muy por debajo de Caracas, la más violenta del mundo (120 homicidios cada 100.000 habitantes), o las capitales de los Estados del nordeste de Brasil, que rondan los 60 asesinatos por año cada 100.000 personas.

En 1985 se cometieron 1.578 rapiñas y en 2015 fueron 21.126: un aumento de 1.239%. (Se partía de cifras muy bajas: ya se sabe que los regímenes autoritarios, de derecha e izquierda, suelen ser eficaces contra la delincuencia). Los hurtos, que son epidemia, ya casi no se denuncian, salvo si se perdió documentación, y tampoco el vandalismo que carcome la ciudad.

El aumento de los homicidios es un fenómeno general en América Latina, la peor región del mundo en este plano, aunque hay un abismo insondable entre Chile y Honduras, los dos extremos. Uruguay, otrora un rincón tranquilo del mundo, ha ido perdido pie año a año y está muy lejos de las experiencias internacionales exitosas.

Es un chiste general adjudicarle la responsabilidad total al ministro del Interior, Eduardo Bonomi. Y en parte es justo.

Este antiguo tupamaro, poco hábil para hablar y matizar en público, integró los gabinetes de los tres gobiernos del Frente Amplio. Lo acompaña Jorge Vázquez, hermano del presidente de la República, lo que indica un altísimo grado de respaldo político. Ambos personifican el fracaso hasta hoy de las políticas de seguridad pública bajo gobiernos de izquierda que lo tuvieron todo: el mayor auge económico en seis décadas, la mayor recaudación impositiva de la historia, el presupuesto más holgado para seguridad, mayorías parlamentarias permanentes, amplio crédito político de la ciudadanía.

El Frente Amplio aprendió demasiado lento que no alcanza con la misericordia y los enfoques exclusivamente economicistas y asistencialistas. Transitó una larga etapa naif, encarnada por los ministros José Díaz y Daisy Tourné, antes de concluir que la defensa de los derechos humanos incluye también más y mejor represión del delito y mucho más inversión en cárceles y formación de presidiarios.

Y sin embargo Bonomi y Vázquez son, al mismo tiempo, la mayor esperanza de dar vuelta las cosas. Ellos personifican el fin de la edad de la inocencia en la izquierda. Aún no se han rendido, como se han rendido otras autoridades ante el descalabro de la enseñanza pública o la basura en las calles de Montevideo.

No le temen al ejercicio de la autoridad, han disminuido las corruptelas del sistema policial, que siempre son muchas, y tratan de erigir un mejor sistema carcelario en medio de las ruinas.

La batalla por la seguridad pública es crítica pues los pueblos tarde o temprano reclaman orden –escribí en abril en ésta misma página–. Si el Estado central al fin pierde el control, se abrirá un tiempo de tendencias autoritarias, gatillo fácil y oscurantismo.l

Fuentes estadísticas principales: Ministerio del Interior, Fundación Propuestas (Fundapro), Banco Mundial, Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal.

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