El Frente y el muro de cristal

Las dos alas de la coalición de izquierdas tienen cada vez mayor distancia y la radicalización perjudica al conjunto

En su novela Lituma en Los Andes, el escritor Mario Vargas Llosa –mejor novelista que político– relata un episodio en que una equipo de agrimensores es capturado por la hoy desmantelada guerrilla maoísta Sendero Luminoso.

Los insurgentes les imputaron estar al servicio del imperialismo y supuestos propósitos invasores. Los agrimensores no podían comprender cómo sus captores se negaban a escuchar que sólo estaban trabajando para construir una carretera por donde llegaría comercio y progreso a una zona remota de Perú.

Y así murieron, preguntándose por qué. Lo que muestra este relato es el muro intangible que impide la comunicación entre dos mundos.

En la galaxia de la ideología de izquierda afincada en el marxismo, el leninismo y sus derivados hay códigos propios, indescifrables para el variado ecosistema que privilegia la libertad a secas.
La incomunicación es de doble mano, los mensajes rebotan contra el muro de cristal que existe también en el Frente Amplio. No se trata de malas intenciones, se trata de ideologías y ponderación de unos valores sobre otros.
Cómo explicar de otro modo la defensa a rajatabla del régimen golpista de Venezuela, una invitación fraternal a un representante de Corea del Norte, que amenaza al mundo con un arsenal nuclear.

Cuál es la razón última de las fuerzas que defienden los piquetes, cuestionan las inversiones promovidas por el astorismo y obstaculizan la segunda planta de UPM que el presidente Tabaré Vázquez persigue como el Plan Ceibal del primer mandato.

De paso, el trazado desde la planta al puerto va a partir al medio la ciudad de Las Piedras y a varios barrios de Montevideo ya que la alternativas presentadas por los intendentes son muy costosas para la compañía finlandesa, que a la postre va a financiar todas las obras de infraestructura.

La distancia en el Frente Amplio entre la izquierda tradicional y otra modernizada es cada vez mayor, algo evidente ante el posicionamiento frente a temas que ponen en juego las convicciones profundas de las dos alas.

La condena del gobierno al golpe del presidente Nicolás Maduro y el tibio llamado al dialogo del Frente Amplio –podría haber sido peor– son una muestra elocuente de ello.

Sin embargo, a las dos alas no las une el amor, sino la tradición y, en definitiva, la conveniencia política e instinto de conservación del poder. Pero la familia está cansada de corcoveos y debates incesantes que, invariablemente, capitalizan los adversarios partidarios.

La hostilidad hacia los empresarios y a los inversores, unida a la pasión por el gasto y los impuestos, convertidos en batallas de alta o baja intensidad en el seno de la coalición de izquierda, terminan perjudicando al conjunto.

Bajo el supuesto de horadar al astorismo y a sus primos socialdemócratas, el ala radical infringe daño al conjunto. Los que se van no son los admiradores de Maduro. Quizá algunas personas crean en forma genuina que es mejor no volver a ganar el gobierno si para ello es necesario conceder principios al gran capital.

Con ese terreno tienen que lidiar los agrimensores del Frente Amplio.

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