El futuro está aquí

El narcotráfico masivo se instaló en Uruguay, con su secuela de crímenes y corrupción

El escritor peruano Mario Vargas Llosa insistió durante años en legalizar el consumo de drogas, una opción difícil y riesgosa sin dudas, pero preferible a aceptar que los países de América Latina se transformen en narco-Estados. "La experiencia de México lo confirma: no es posible derrotar militarmente al narcotráfico", escribió el Nobel de Literatura 2010. "Habrá cultivo y tráfico de drogas mientras haya consumo".

La despenalización no implica bendecir la adicción a sustancias que alteran la conciencia o percepción, sino aceptarla como otro "vicio social", como el juego por dinero, el alcoholismo o la prostitución. Se reducirían la violencia y la corrupción, en tanto el Estado se concentraría en tareas como la educación, la prevención y la rehabilitación, que suelen ser más difíciles que la mera represión.

"Es absurdo declarar una guerra que los cárteles de la droga ya ganaron –escribió Vargas Llosa en 2010–. No importa cuántos capos y forajidos caigan muertos o presos ni cuántos alijos de cocaína se capturen, la situación sólo empeorará. A los narcos caídos los reemplazarán otros, más jóvenes, más poderosos, mejor armados, más numerosos. Esta verdad vale no sólo para México sino para buena parte de los países latinoamericanos. En algunos, como en Colombia, Bolivia y Perú, avanza a ojos vista y en otros, como Chile y Uruguay, de manera más lenta. Pero se trata de un proceso irresistible".

El narcotráfico masivo ya está en Uruguay (pues hay centenares de miles de consumidores), y lo que es peor: nos hemos resignado, como nos resignamos a la basura en las calles, a la violencia en las tribunas, a las miles de personas que piden dinero y viven a la intemperie, como nos hemos resignado a la burocracia o a la baja calidad de la enseñanza pública.

Hay un goteo de muerte que, salvo excepciones, ya ni merece la tapa de los diarios. Es rutina.

Pero de vez en cuando algunos crímenes "narcos" particularmente espantosos nos dicen que lo peor está por venir. Así, en la noche del sábado pasado, tres personas murieron en la avenida Giannattasio, en Solymar; dos de ellas, un matrimonio paraguayo presuntamente vinculado al narcotráfico, fueron acribilladas, y la tercera, Marcela, una adolescente de 16 años que paseaba con sus amigos, fue arrollada como consecuencia del tiroteo. "Estamos matándonos entre nosotros", clamó su madre.

Algunos políticos uruguayos, cual viejos chochos, debaten qué partido o sector es el responsable histórico; si blancos, colorados o frenteamplistas. Esgrimen argumentos infantiles para echarle la culpa al otro, una forma de no asumir compromisos desagradables e impopulares. Mientras tanto ni siquiera se pone a andar en forma plena la ley de 2013 que legalizó el consumo de marihuana, que corre serio riesgo de naufragar, como ocurre siempre, entre la burocratización (¡se creó un nuevo Instituto!) y la falta de convicciones.

En otros ámbitos un poco más sofisticados, como el académico, abundan los diagnósticos pero casi nadie arriesga un camino concreto de solución, que siempre será imperfecto. Nada de ensuciarse las manos. ¿Pero dónde está escrito que las cosas deben ir siempre para peor? Los delitos graves se han reducido en San Pablo, una urbe que parece ingobernable. Quien conoció la Nueva York violenta y quebrada de 1980 no puede creer lo pacífica y amable que es la ciudad hoy. Estados Unidos superó la "epidemia del crack" de los años '80 con medidas de muy diversa índole, aunque los expertos no se ponen de acuerdo sobre el impacto de cada una.

El sociólogo Rafael Paternain, quien entre 1992 y 2011 trabajó para el Ministerio del Interior, escribió que "no hay posibilidad de expansión del delito organizado sin fuertes complicidades institucionales, pues, si bien la violencia se concentra en territorios pobres, los hilos que sostienen la trama se producen en espacios de poder".

Cuestiona el diseño de políticas de seguridad basadas casi exclusivamente en el prohibicionismo y la represión. La guerra a las drogas" ha vivido "de sus propios fracasos –dice–, y en esa lógica perversa fuertes poderes corporativos se fortalecen".

Paternain, quien es senador suplente por el Frente Amplio, se pone así en línea con lo que hace más de un cuarto de siglo afirmó Milton Friedman, el pope del liberalismo: el obstáculo mayor para la legalización del consumo de drogas son los organismos y personas que viven de la represión.

La prohibición es condición necesaria para que el negocio sea muy rentable. La corrupción siempre nace del deseo de saltear reglamentos. La "ley seca" estadounidense de la década de 1920, que llenó los bolsillos de Al Capone y muchos como él, fue nada al lado de los márgenes que deja ahora el narcotráfico, que destruye lo que no puede comprar o enviciar.


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