El genio del barrio ha regresado

M. Night Shyamalan estrena Fragmentado, una película que es un éxito de taquilla y que parece traerlo de vuelta al ruedo principal del cine hollywoodense
Por Eduardo Espina, especial para El Observador

Pocas palabras se usan de manera más indiscriminada que "genio". Hoy cualquiera puede serlo. De tanto usarla, el término está desvalorizado. Dudamos de todo aquel al que llaman genio y pensamos, con la facilidad de entendimiento que da la vida actual –otro de los espejismos fomentados por la época– que debe de ser un individuo con buen marketing detrás, capaz de vender espejitos de colores, o bien alguien favorecido por las tendencias en boga.

La historia de M. Night Shyamalan en este aspecto es única, en tanto la denominación de genio le llegó recién con su tercer largometraje. En cierta forma pasó de fracasado a genio, casi sin transición. Su primera película, Praying with Anger (1992), si bien fue reseñada en el New York Times, pasó totalmente inadvertida. Con la segunda, Los primeros amigos (Wide Awake, 1998), sucedió algo incluso más extraño. Shyamalan tenía listo el guion desde 1991, pero recién en 1995 pudo filmarlo. La película fue estrenada tres años después porque ningún distribuidor le vio un saludable futuro comercial. No se equivocaron. Dos prestigiosos críticos de cine, Stephen Holden (New York Times) y Owen Gleiberman (Entertainment Weekly), la destruyeron, considerándola una obra maestra del aburrimiento. Otros críticos se preguntaron lo mismo: ¿qué quiso hacer, una comedia o un drama? Ni una cosa ni otra le salieron bien. Con ese expediente, la carrera del director estadounidense de origen indio parecía estar condenada, lo mismo que tantas otras en la historia de Hollywood, a fracasar antes de despegar. No fue el caso.

Su tercer filme fue un fenómeno de taquilla y crítica en todo el mundo y convirtió a M. Night Shyamalan en genio indiscutido. Estrenada en 1999, Sexto sentido (en el original, The Sixth Sense, lleva artículo, porque no es cualquier sexto sentido) figura en la lista del prestigioso American Film Institute (AFI) de las mejores películas de todos los tiempos. Lo es. ¿Cuántas historias escritas o filmadas pueden entretener de principio a fin (entre) teniendo a la muerte como protagonista? Es un tema que no todos consideran divertido. A nadie se le ocurre decirle a su prometida: "Este sábado iremos a la discoteca a charlar sobre la muerte y mañana nos vamos de picnic al cementerio". Al director y guionista M. Night Shyamalan se le ocurrió hacerlo y con su cauteloso ejemplo de pensamiento imaginado consiguió mantenernos alertas durante todo el relato. Vaya ironía. Hablándonos de la muerte nos hizo sentir vivos, como si estuviéramos viendo la vida y sus artefactos desde adentro, inmediatamente situados ahí, en ese lugar donde las definiciones terminan.

Perturbador en el mejor sentido, no sexto, sino cinematográfico, el filme evade la responsabilidad de las advertencias. Nos mantiene interesados en lo que pasa desde que sabemos que la película empezó, hasta que pensamos que acaba de terminar. Pensamos, digo, pues el final nos acompaña por un largo rato, como si fuera uno de esos fantasmas que en más de una ocasión provocan escalofríos con su fugaz estela de blancura no curada de espanto. Con Sexto sentido, Shyamalan inventó un género que ha sido desde entonces su impronta, pero también su gran argumento para ser considerado, si no genio, al menos una genialidad sui generis en el mundo del cine, atiborrado de directores nuevos, pero con pocas mentes originales. Lo que hace, qué es, ¿cine de terror, de suspenso, o cine metafísico con aura religiosa?

Sello de autor

Desde otro ángulo, pero con la misma mirada, en sus dos películas siguientes, Unbreakable (El protegido, 2000) y Signs (Señales, 2002), M. Night Shyamalan volvió a insistir en la misma línea temática y formal de Sexto sentido, según la cual la realidad es el lugar donde lo fantástico puede ocurrir. En ambos filmes aparecían indicios de la genialidad del director, pero en las dos había fallas que atentaban contra el sostenimiento de la intensidad dramática, la cual sufría de altibajos, por más que los momentos de esplendor aparecieran en reiteradas ocasiones. Basado en insistir en su estilo, Shyamalan había logrado imponer una forma de mirar propia, una visión diferente respecto a los otros mundos que puede haber en este.

Toda su filmografía posterior está caracterizada por la misma peculiaridad, que quizá sin proponérselo se ha transformado en su marca registrada: los momentos de esplendor incomparables que logra imponer pierden volumen a medida que el relato avanza y preparan al espectador, a veces sin demasiada lógica previa, para un final traído de los pelos, como si en la parte de mayor importancia del examen la imaginación se hubiera quedado sin ideas. Lo recién afirmado puede constatarse con lujos de detalle en las películas The Village (La aldea, 2004), Lady in the Water (La dama en el agua, 2006), The Happening (El fin de los tiempos, 2008), The Last Airbender (El último maestro del aire, 2010), After Earth (Después de la Tierra, 2013) e incluso en The Visit (Los huéspedes, 2015), en la cual Shyamalan –cuya originalidad nunca ha estado en disputa y por eso cada una de sus películas es una invitación a descubrir algo nuevo, por más mínimo que sea– recobraba la capacidad totalizadora de Sexto sentido–, lo que le permitía presentar un relato sin fisuras de principio a fin.

The Visit es una de las mejores películas de suspenso de los últimos tiempos y su inesperado éxito comercial se debió a un factor relacionado con el temperamento artístico del director. Como todo artista original, en la disciplina que sea, Shyamalan tiene una mente adolescente que le permite vivir para crear y buscar cosas nuevas, que vayan incluso contra su forma previa de ver la vida, pues un artista está inmerso en una realidad propia y en permanente mutación. Con The Visit, consciente de que su estética debía dar un viraje sin cambiar demasiado, Shyamalan estableció un vínculo de afinidades con el público adolescente, reafirmando con su propuesta de entretenimiento una veta de cine de suspenso cuya novedad está basada en la tradición. Basado en talento y ambición creativa, Shyamalan se ha propuesto ser el nuevo Alfred Hitchcock, adaptado a los tics y guiños de una época que por la sobredosis de efectos especiales y carencia de libretos inteligentes ha ocasionado la ruina del cine de suspenso y terror, ese que como ningún otro nos libra de la realidad con una efectividad mayor.

Split (Fragmentado), su película más reciente, se ha transformado en el primer fenómeno de taquilla de 2017. En Estados Unidos ya recaudó cerca US$ 100 millones y le devolvió el crédito al director, quien la filmó por menos de US$ 10 millones, presupuesto de película indie, tal vez para demostrar que aún es un muchacho nacido en un barrio modesto de Filadelfia, al que le gusta hacer películas baratas y fuera de lo normal, para cuestionar precisamente la noción de normalidad. ¿Qué es normal, qué no lo es? El cine de Shyamalan no da ninguna respuesta, aunque nos dice que la pregunta es innecesaria.


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