El genio de la lámpara

La victoria de Donald Trump interpela con fuerza a la agenda de los derechos individuales
El respaldo de la mayoría estadounidense a Donald Trump interpela con mucha fuerza a una agenda atractiva y seductora que felizmente creció en el mundo en beneficio de las libertades individuales y colectivas.
Algo pasó.

Tal vez no funcionó el video y los testimonios de mujeres que retrataron al presidente electo como un misógino perdido, un acosador y un hombre que desprecia a las mujeres. Quizá sus votantes pensaron que no era para tanto y que, al fin de cuentas, ese comportamiento, despreciable en público, vive y lucha en las conversaciones masculinas de boliche.

¿Y el muro para impedir la entrada de mexicanos ilegales? ¿Y la discriminación contra los musulmanes? Estas propuestas, alimentadas desde la más primitiva xenofobia tampoco desanimaron a hispanos y afrodescendientes a apoyarlo con su voto.

¿Y entonces?

¿Será que Trump supo olfatear que por debajo de las posturas mediáticas en favor de la igualdad y el multiculturalismo se esconden sentimientos fuertes que apuntan a la preservación de la raza blanca y la segregación?

Y con la seguridad exterior e interior también el candidato se puso en un extremo. Además de defender calurosamente la libertad para adquirir armas de alto poder en los supermercados, insistió en que es preciso aumentar el compromiso militar frente al Estado Islámico y otras amenazas de Medio Oriente.

Los impuestos, el desempleo que no termina de ceder y las promesas de un renacimiento anclado en la doctrina de América para los americanos también contribuyeron al resurgimiento del nacionalismo.

Y el punto de mira no está en la posibilidad de que Trump concrete o no sus propuestas de campaña. La cuestión principal es que su discurso estridente tocó hondo en una parte de la sociedad estadounidense.

El gran hermano de hoy expone a todos en sus conductas públicas pero, al parecer, la elección de Estados Unidos, el brexit, el referéndum por la paz en Colombia muestran que los mundos interiores son difíciles de escrutar. Y eso es lo que exhibe el fracaso de las muy serias empresas encuestadoras.

¿Las cuotas, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la adopción por parte de parejas homosexuales, la llegada de doctrinas polémicas sobre la sexualidad a la enseñanza, la legalización de la marihuana son demasiado para demasiadas personas? Capaz que no, pero capaz que sí. Capaz que no, pero sí.

Esa es una posibilidad inquietante y peligrosa. Es difícil ponerse en contra de una corriente de opinión fuerte y con alto poder de escrache. El asunto es que está bravo discutir cuando las propuestas de tolerancia se vuelven intolerantes. ¿Será esa actitud, más en el frente que en el fondo lo que a muchos irrita en silencio?

Ojo. Aunque así fuera no se trata de retroceder en la agenda de protección de los derechos individuales y tampoco realizar concesiones a la discriminación y a otras malas yerbas. No me gusta lo políticamente correcto aunque me gusta la mayor parte de la agenda de los derechos.

Y para defender la libertad plena de las personas apelo a Ayn Rand, a La Rebelión de Atlas, para muchos un manifiesto (que al Tea Party le queda grande), pero también una buena historia de amor.

El problema de cualquier agenda, sea social, de derechos individuales o lo que sea, es la intolerancia, las cosas locas, el pechazo de autoproclamadas mayorías.
Cuando aparecen, tarde o temprano sale el genio de la lámpara, en este caso Trump.

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