¿El gobierno va mal?, ¡controlemos a la oposición!

Pedirle explicaciones por su accionar es la mejor forma de reconocerle que, después de tanto tiempo, existe

¿Y por qué viene este opinólogo a reclamar que se vigile a la oposición en momentos en que el gobierno chapotea en líos internos, en la crisis de ANCAP y en las patinadas del vicepresidente?

En los últimos 25 años la izquierda ha estado en el centro de la consideración de analistas, sociólogos, políticos, politólogos y un largo etcétera, tanto en la región como en Uruguay.

La izquierda fue, política, social y culturalmente, el tema más atractivo y apasionante del último cuarto de siglo. Corrieron cataratas de tinta, miles de trillones de bits y horas de grabación para analizarla, explicarla, preverla.
Primero por la expectativa que generaba su ascenso y la eventualidad de que accediera al gobierno por primera vez en casi dos siglos de historia constitucional. Luego, cuando ganó, siguió siéndolo por la necesidad de observar cuál sería su suerte y actitud tras haberse presentado por décadas como la esperanza política y ética de la República, tras haber sido una máquina de impedir por la vía de una oposición feroz.

En esos años, en Uruguay, los partidos tradicionales quedaron no solo en un segundo plano en la consideración de los expertos sino también de los votantes, que en algún caso, como a los colorados, le infringieron una derrota que los llevó a las fronteras de la extinción representativa.

Una vez que el Frente Amplio ganó, el peso de la oposición siguió careciendo de interés, tanto porque la izquierda gobernó desde entonces con mayorías absolutas en el Parlamento, como por los altos índices de aprobación que, contra toda lógica del desgaste gubernativo, siguió teniendo en los sondeos de opinión.

Cuando ganó, y aún hoy, ¿a la izquierda no se le hurgó y recordó el pasado? Por supuesto que sí; lo hicieron los analistas y lo hizo la oposición que hoy reclama mirar solo para adelante y se molesta cuando alguien osa recordar cómo se comportó ella cuando fue gobierno.

La izquierda se merecía esa retrospectiva histórica, porque cuando era oposición había dicho y hecho cosas de las que luego se desdijo y no hizo. “Miremos para adelante, para adelante”, decían algunos frenteamplistas. Sí, miremos para adelante, pero el pasado sigue allí aunque se lo niegue.

Mientras fue oposición, era imposible hacerle a la izquierda un repaso histórico en contraste con una gestión gubernativa, porque antes no había gobernado. Hoy a los opositores sí se les puede hacer esa revisión, porque ya fueron gobierno.
La crisis en ANCAP y el affaire Sendic le están permitiendo a la oposición una mayor exposición y la posibilidad de golpear en flancos débiles del gobierno. Pero esto también pasó cuando el escándalo de Pluna, que con el tiempo se fue diluyendo en la memoria.

Evaluar el papel opositor a la luz de los episodios ANCAP y del caso Sendic es un tanto facilista, además de puntual y transitorio. Si así se hiciera, sería una falta de respeto porque consideraría que la oposición solo destaca cuando el gobierno comete un gran desaguisado. Sería una oposición que existe no por acción sino por errores del adversario.

¿Por qué entonces en momentos que la izquierda exhibe flancos débiles hay quienes le recuerdan (recordamos) a la oposición su pasado? Porque es necesario hacerlo como se hizo en su momento con la izquierda.

La oposición es hoy lo que antes no era: el futuro, y al futuro hay que preverlo en el presente.

Un ejemplo: cuando la oposición, como debe y tiene que hacer, exige al gobierno más seguridad y humildad para acceder a nuevas ideas en esa materia, es lícito, y está dentro de las reglas de juego de la política, que se le pida a esa oposición que en sus reclamos tenga también ella la humildad de decir: “Cuando estuvimos nosotros tampoco pudimos con las rapiñas, pero ahora creemos que se podría bla, bla, bla”. Si los opositores no tienen humildad y autocrítica hoy, ¿qué podemos esperar de ellos cuando vuelvan a ser gobierno?

El Frente Amplio es el principalísimo responsable por la crisis de ANCAP, pero ¿es improcedente señalar que los directores opositores en el ente debieron ser más firmes y despiertos? Si hoy que son oposición no admiten haber tenido ciertas flaquezas y se reafirman en que así es como controlan a quienes son sus adversarios políticos, ¿qué esperar cuando sean ellos quienes manden y deban ser controlados?

Por encima de las visiones obsecuentes de dirigentes y militantes, que después de un cuarto de siglo en las sombras no soportan que se les pidan responsabilidades a ellos cuando gobiernan otros, quienes pueden ejercer una mirada más desapasionada deben recordarle a la ciudadanía que la oposición de hoy es el gobierno del futuro, como lo fue en su momento el Frente Amplio.

Pedirle explicaciones, recordarle sus errores del pasado, medir su eficiencia actual, es la mejor forma de reconocerle a la oposición la importancia que tiene, y la manera más clara de ubicarla como una opción de cambio. En suma, cuestionarla y reclamarle es también la mejor forma, o al menos una forma, de reconocer que, después de tanto tiempo fuera de cuadro, hoy forma parte de la foto, es decir, que existe.


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