El gran capitán y la presidenta emérita

Lula fuga hacia adelante, en un juego de todo o nada, mientras Dilma entrega las riendas de un gobierno que se le moría
Lula, una leyenda, baja a la tierra, se ensucia las manos, fuga hacia adelante y une su suerte a la de Dilma Rousseff, una presidenta sin poder, qué solo él puede resucitar con su popularidad y capacidad de tejer alianzas. Pero el caos en Brasil es de tal magnitud que nunca nada termina nada. ¿Lula es ministro o no? ¿El Poder Judicial, aunque su causa sea justa, enloqueció de arrogancia y avanza sobre zonas prohibidas? Mientras tanto la economía, que se empantanó hace años, sigue en retroceso, la fuga de capitales es enorme, la inflación licúa los salarios y millones de personas retornan a la pobreza.

Es un juego peligroso.

Acorralado entre las denuncias de corrupción y la debilidad del gobierno de Dilma Rousseff, su protegida, quien debió cuidarle las espaldas, Luiz Inácio Lula da Silva terminó por aceptar un cargo de virtual primer ministro, en tanto la presidenta asumió su ocaso y un rango emérito, de reina con funciones poco más que ceremoniales. Es un gran intento por revivir un gobierno moribundo.

Lula obtiene fueros contra el implacable juez Sergio Moro, quien investiga una gigantesca red de corrupción, y un puesto de capitán para un juego que es de todo o nada. Si le va bien, una nueva candidatura en 2018 podría ponerlo por tercera vez en la Presidencia de la República. Si le va mal, caerá tras una batalla campal, larga, dura y sucia, que se inició de inmediato, pues un juez federal y varios partidos impugnaron su designación.

Lula bien podría parafrasear a Napoleón Bonaparte: hay tantas leyes que nadie puede estar seguro de no ser colgado.

Cualquiera sea su estrella, pues no lo tiene fácil, con este nuevo pase de magia el viejo sindicalista confirma que es el más tozudo y astuto político del Brasil moderno, que no en vano carga con una larguísima odisea de derrotas y victorias; y que no le quitarán fácilmente su puesto en la historia, que ya es de primera fila.

Dilma, en tanto, aceptó devolver su poder vicario a Lula, su mentor, a cambio de asistencia para evitar el desgobierno y el juicio político (impeachment). Lula aún es líder indiscutido del Partido de los Trabajadores (PT), en torno al que gira una frágil alianza de sectores, imprescindible para la gobernabilidad. Sólo él puede revivir, al menos en parte, el respaldo popular que se evapora.

Pero ya no es el Lula impoluto e intocable que gobernó entre 2003 y 2010, durante uno de los ciclos de expansión socio-económicos más importantes de la historia de Brasil. Primero fue tocado por el escándalo del mensalão, las partidas de dinero mensuales que se entregaban a políticos para asegurar mayorías parlamentarias, que llevó a la cárcel a operadores principales del presidente y a algunos aliados. Y luego vino el Lava Jato, que investiga el saqueo a la estatal Petrobras y otras empresas públicas para beneficio de personas y partidos. La Operação Lava Jato o petrolão es un huracán que barre o pone bajo sospecha a lo más distinguido de la política y la empresa de Brasil: desde Lula hasta el senador Aécio Neves, líder de la oposición, pasando por burócratas de alto vuelo y capitanes de la industria y la banca. A cambio de achicar sus condenas (delación premiada), varios acusados hablan como cotorras, como el ex líder del PT en el Senado, Delcídio Amaral, quien involucró a Lula y a Dilma.

¿Es posible conducir Brasil de otra forma, sin sobornos? Parece que no, o al menos parece que Lula no pudo. Según contó el expresidente uruguayo José Mujica para el libro "Una oveja negra al poder", Lula le dijo a él y a Danilo Astori en 2010: "En este mundo tuve que lidiar con muchas cosas inmorales, chantaje. Por tan sólo nombrar alguna: (el mensalão) era la única manera de gobernar Brasil".

¿Qué pasará con la economía? Brasil está parado desde hace años, el gobierno tiene agujeros por todos lados y no hay mucho margen para improvisaciones. El "superministro" Lula no podrá sólo patear el problema hacia adelante si aspira a competir en 2018, o a salvar su prestigio para la historia. Su mayor aporte consistiría en devolver la confianza al sistema y evitar que el gobierno se derrumbe.

Los mercados reaccionaron bien: ayer el real se fortaleció, la bolsa de San Pablo dio un gran salto y los bonos brasileños repuntaron por el mundo. Fue una nueva prueba de que la extrema debilidad del gobierno de Dilma incide directamente sobre las expectativas de empresarios, consumidores e inversionistas.

En el pasado a Lula ni se le ocurrió probar con el socialismo burocrático al estilo Hugo Chávez, ni con el nacionalismo populista de los Kirchner. Dejó hacer, ganó el respeto de empresarios e inversores y aumentó la recaudación, que gastó en grandes planes sociales y en estimular el consumo.

El error fueron los grandes déficits en las cuentas públicas, que ahora están a la vista, y los proyectos faraónicos que luego quedaron a medio hacer. El caso de Petrobras, la petrolera más endeudada del mundo, es un símbolo. El auge, que fue enorme, al igual que en el resto de América Latina, dependió demasiado de la demanda de China por materias primas: mineral de hierro, petróleo, soja, carne vacuna.

Ahora Brasil está dominado por las pasiones, por una suerte de histeria loca, una enfermedad colectiva como sólo el fútbol o la política pueden gestar. Es probable que tarde o temprano el Supremo Tribunal Federal ponga en su sitio a los juececillos que tratan de lucrar con la patente de implacable que sacó legítimamente Sergio Moro, el gran investigador de la Operação Lava Jato. El caos actual, al fin, también puede favorecer al gobierno, si sabe manejarlo, pues las sociedades siempre terminan por reclamar orden. Pero si no sabe maniobrar, se abrirá un tiempo terrible del que cualquier conejo puede salir de la galera.

Lula no querrá pasar a la historia como el sepulturero de Brasil. Pero la oposición quiere su cadáver y hace lo posible para agrandar los agujeros en el fondo del barco. Habrá que ver el resultado final. Todo es posible en el trópico. La política en Brasilia, que es casi ajena al resto del país y del mundo, es la mejor de las telenovelas, aunque sus efectos sobre centenares de millones de personas sean demasiado reales.

Populares de la sección

Acerca del autor