El hombre que saldó la deuda

Argentina salió del default tras casi 15 años y el ministro Prat Gay es quien se lleva los aplausos
Con esta firma autorizamos el pago que mañana le pone fin a un default de casi 15 años #ChauDefault". Así rezaba el tuit que Alfonso Prat Gay subió a la red social, acompañado por una foto en la que se lo veía estampando su rúbrica en los documentos que autorizaban la transferencia bancaria por US$ 9.300 millones a los acreedores que mantuvieron el largo litigio judicial con Argentina.

Entre las respuestas de sus seguidores, varios elogios, agradecimientos, piropos de las damas y, también, los típicos comentarios acusatorios de los nostálgicos del kirchnerismo.

El mensaje, en pocos minutos, tuvo 3.000 réplicas en Twitter. Y el nombre Prat Gay fue, por lejos, el más mencionado en los medios de comunicación y las redes sociales en los últimos días.

Tras los éxitos del levantamiento del cepo cambiario y, ahora, con la salida del default, su protagonismo ya empieza a recordar al de los "superministros" de otros tiempos, como Domingo Cavallo o Roberto Lavagna, cuyo nivel de popularidad llegó a causar los celos de los respectivos presidentes.

Por un lado, la agenda de temas urgentes en la economía hace parecer lógico que el funcionario tenga esa presencia mediática. Pero, por otra parte, también es cierto que el mismísimo Mauricio Macri había dicho que no habría estrellas en el equipo económico, y que la creación del nuevo Ministerio de Hacienda tenía la finalidad explícita de recortar el poder y las atribuciones que tenía el viejo Ministerio de Economía.

Lo cierto es que, a pesar de todas esas previsiones, Prat Gay es el hombre del momento. Y lo sabe. Y no se molesta en ocultarlo. Más bien al contrario, parece hacer todo lo posible por resaltar el hecho de ser elogiado en las páginas de The Wall Street Journal y en The Financial Times, de haber causado asombro entre los principales bancos de inversión del mundo y, muy especialmente, de haber demostrado que sus críticos estaban equivocados.

En las dos conferencias de prensa que brindó el martes –su jornada triunfal de la emisión del bono por US$ 16.500 millones–, pareció disfrutar el pase de facturas que dedicó tanto a quienes lo castigaban "por izquierda" como a quienes desde la postura ultraortodoxa le reclamaban mano dura con el déficit fiscal. A todos les recordó que habían fallado sus pronósticos.

"Es la tasa más baja de la historia argentina", dijo en la conferencia. "Nos decían que nos prestarían al 8% u 8,5%. Nosotros sabíamos que no sería así y seguimos en el camino correcto", sentenció, tras haber cerrado la colocación en un nivel promedio de 7,14%.

A su antecesor, Axel Kicillof, le dedicó indirectamente el recordatorio sobre cómo, por haber decidido pagar con bonos de valuación flotante en vez de hacerlo con dinero, la cancelación con el Club de París y con Repsol le había salido varios miles de millones más caro de lo necesario.

Y a los economistas liberales les mostró la tasa de interés lograda y los US$ 69.000 millones de oferta como una demostración de confianza del mercado global respecto de su política gradualista, en el entendido de que no hay en el país un margen político y social para un ajuste fiscal más drástico.

Y, ya en un alarde de autoconfianza rayano en la "canchereada", se animó a pronosticar que este año podría llegar a finalizar con un crecimiento de 1%, algo que contradice todos los pronósticos del gremio de los economistas, incluyendo a los del Fondo Monetario Internacional. Además, ratificó su meta de inflación de 25% anual, algo que hoy luce una misión imposible dado el 17% que se estima ya se habrá acumulado en el primer cuatrimestre.

A todo o nada

Sin dudas, el ministro apuesta fuerte. Está claro que sus pronósticos de hoy implican un compromiso que puede llegar a costarle el cargo si luego la realidad lo desmiente. En un país que aplica la política de metas de inflación por primera vez en su historia, cualquier desvío importante respecto del objetivo inicial puede llegar a interpretarse como una admisión explícita de fracaso.

Cada frase pronunciada en estos días está siendo prolijamente copiada, grabada y archivada por sus rivales, para recordársela en la eventualidad de que las cosas no salgan de acuerdo al plan oficial.

Pero Prat Gay no solo no parece preocupado, sino que transmite la sensación de tener todo previsto y solucionado. A quienes le marcan el clima recesivo, les contesta que la inversión privada ya empezó a mostrarse con fuerza, algo que hasta parece haber desmentido el mismísimo presidente Macri, que en su reciente reunión con empresarios les reclamó más decisión para concretar proyectos.

Y en cuanto al financiamiento público, el ministro aseguró que con los US$ 4.000 millones que le quedarán luego de pagarles a los buitres y otros acreedores tendrá suficiente para manejarse.

No solo eso, sino que aseguró que dado el nivel de apetito global por la nueva deuda argentina, podría haber tomado el doble de crédito sin tener que subir la tasa de interés, pero que no lo hizo porque no quiso "canibalizar" el dinero disponible y dejarle su porción a los gobiernos provinciales y a las empresas privadas.

De todas formas, dejó abierta la puerta de endeudamiento en el mercado doméstico y de una nueva emisión internacional sobre fin de año si la tasa de interés sigue bajando. Aunque en el mercado creen que, antes que pensar en deuda, resultará inevitable echar mano al clásico recurso del blanqueo para los morosos de la AFIP o quienes tienen dólares en negro. Se estima en US$ 300.000 millones la cantidad de billetes verdes "bajo el colchón" o en bancos del exterior.

¿Perfil presidenciable o un brillo efímero?

Por ahora, a Alfonso Prat Gay le salió bastante barato el costo político de sus errores, que también los tuvo. Como haber celebrado, ni bien levantado el cepo, que el dólar se había desplomado a niveles de 13 pesos argentinos porque la confianza del mercado había hecho que la oferta superara a la demanda. Una frase que sonó rara cuando, un mes más tarde, el mercado empujó al dólar hasta 16 y obligó al Central a sacrificar cientos de millones de sus reservas y subir de un tirón nueve puntos las tasas de interés.

Pero las dudas, hoy por hoy, quedan acalladas por los festejos. El hombre del momento exhibe sus logros como argumentos capaces de refutar las críticas.

Y en ese clima empiezan a circular las versiones de índole política, tales como que Elisa Carrió, quien en su momento apadrinó la candidatura de Prat Gay al Congreso, ahora lo estaría alentando a buscar una postulación a la presidencia.

No suena descabellado. Después de todo ese coqueteo de ministros de Economía con el más alto de los cargos ya tentó a otros, como Domingo Cavallo, Roberto Lavagna y Ricardo López Murphy.

Pero, claro está, falta mucho para el calendario electoral. De momento, el mayor rival de Prat Gay no está en el gremio de los economistas ni en sus colegas celosos dentro del gabinete. Más bien, está en las verdulerías y carnicerías.

Si el asado, el litro de leche y el kilo de tomates no se dan por enterados del éxito que tuvo la reciente colocación del bono en los mercados financieros, entonces la estela de Prat Gay habrá sido, como la de tantos de sus precedesores, un brillo efímero.


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