El hombre que vende ataúdes

¿Tienen algo en común la industria funebre y el periodismo?

Martes 31 de enero, a eso de las nueve de la mañana. El salón está repleto de ataúdes, uno al lado del otro, y un hombre trajeado camina lento entre ellos mientras resalta sus cualidades, como si hablara de heladeras o teléfonos móviles.Cuenta qué madera es mejor, cuál de ellos es más o menos digno, qué ventajas y desventajas tienen. Habla y habla pero no lo escucho demasiado.

Hace un par de horas murió mi abuela y acá estoy en las oficinas de una empresa de servicios fúnebres acompañando a mi padre y mi tía en un momento que -sobre todo para ellos- es duro, por más que estaba más que avisado.

Llevar adelante los trámites burocráticos posteriores a un fallecimiento siempre es una pesada carga, aún en un caso como el de mi abuela Rosalía, quien tenía 97 años y su vida ya era más bien un gran y desgastante sufrimiento.

-Les voy a mostrar algunas opciones de precios intermedios –dice el vendedor, mientras señala un par de cajones y luego menciona valores que rondan los 240.000 y 250.000 pesos.

Para él es el momento de cerrar un buen negocio; antes nos había avisado que mi abuela no había dejado ningún servicio fúnebre contratado y nosotros pretendíamos que todo terminara cuanto antes. El precio, explica el vendedor, incluye todos los servicios fúnebres, desde la sala y los autos que realizan el cortejo, hasta los tickets de café y medialunitas.

Hace poco leí que hay una empresa del rubro que ofrece ataúdes con motivos de Peñarol y Nacional. La muerte y el fútbol, de la mano, hasta el final.

-A mí me da exactamente igual –digo, y miro al piso. Mi tía señala un cajón de estilo rústico, bastante más barato que los demás que nos mostraba el hombre, y decidimos elegir ese.

Mientras terminamos de firmar los papeles pienso en la industria de la muerte, en el negocio redituable que es y en este señor que ahora se esfuerza por poner cara de circunstancia. Las vueltas de la vida lo llevaron a estar acá elogiando las virtudes de tal o cual ataúd.

Todos los días intenta sacar un poco más de dinero a alguien que se encuentra en una situación tan triste como es la pérdida de un ser querido. No me gustaría ser el hombre que vende ataúdes, no me gustaría estar en su traje. ¿Pero quién soy para juzgarlo? Gabriel García Márquez dijo una vez que el periodismo es el mejor oficio del mundo, aunque yo tengo serias dudas de ello.

Trabajo a diario con las noticias en un programa televisivo y algunos días temo convertirme casi en un mercenario que intenta lucrar con dolores ajenos. No digo que lo sea, pero me da pánico pensar en esa posibilidad.

Y no es solo un tema de la televisión. Desde el año 2000 escribo en medios de prensa y unas cuantas veces sentí cierta culpa y una extraña sensación de estar pasando límites de la intimidad, o de abusar de la inocencia de personas que no saben realmente lo que significa que lo que ellos dicen o hacen se publique en un medio.

No hablo de políticos, sindicalistas o empresarios, obvio. Hablo de gente anónima. El caso de Valeria Sosa me sigue impactando, por ejemplo.

Pienso en sus hijos de 11 y 7 años que presenciaron ese cruel asesinato en el pasillo de un apartamento de Jacinto Vera. En cómo los medios se ocuparon largo y tendido de estos dos niños, de sus abuelos, de su padre y de su madre fallecida. De una jueza que tuvo que tomar una decisión y que, muchos juzgan al grito, se equivocó feo.

Pienso en todo eso y entonces me doy cuenta que quizás no sea tan malo ser el hombre que vende ataúdes.



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