El huracán Trump azota Washington

En apenas un mes de gobierno, el presidente de EEUU y el establishment se han declarado mutuamente la guerra
Era algo que se veía venir desde la campaña: el inevitable choque de trenes entre el presidente Donald Trump y el establishment de Washington ya se produjo. Solo queda por ver el alcance de los daños y sus consecuencias. Y a juzgar por lo visto en este primer mes de gobierno, la cosa solo puede empeorar.

Trump hizo toda su campaña contra la inmigración ilegal y contra una forma de hacer política en Washington que hace tiempo ha cansado a la mayoría de los estadounidenses. Pero curiosamente es esto último lo que podría desatar una crisis de consecuencias impredecibles en su gobierno.

Hoy tiene a las élites washingtonianas, a la prensa y a la comunidad de inteligencia, virulentamente en contra. No se trata de un poder menor para hacerle frente, ni siquiera para el presidente de Estados Unidos. Y su temperamento tampoco lo ayuda. Trump es un hombre confrontativo, esa es su naturaleza. A veces arrebatadamente confrontativo. Quienes esperaban que una vez en la Casa Blanca moderara su discurso y se aplacara (sobre todo los republicanos, que tarde y a regañadientes se avinieron a apoyar su gobierno), se equivocaron.

Desde que el 20 de enero asumió la presidencia, el magnate se ha enfrascado en una guerra de declaraciones con los medios –parte clave del establishment-, con los servicios de inteligencia, con el Poder Judicial, con terceros países y líderes extranjeros, e inopinadamente ha continuado con sus riñas por Twitter contra todo aquel que ose criticarlo o atacarlo.

Definitivamente, la suya no ha sido una conducta que pudiéramos llamar presidencial; ni siquiera, política. Trump se comporta como si aún fuera el presentador de The Apprentice (el reality show que solía conducir por la cadena NBC) y simplemente pudiera mandar a callar, dar unos rapapolvos o despedir a quien se le antoje.

Es cierto que los medios le prodigan una hostilidad nunca antes vista hacia un presidente de Estados Unidos. Es cierto que magnifican todo lo que dice, que a menudo caen en los mismos sinsentidos. Es cierto también que la comunidad de inteligencia utiliza su "poder profundo" para socavar su administración, filtrando a la prensa información confidencial y sembrando dudas sobre sus supuestos vínculos con Vladimir Putin, a quien se han encargado de demonizar como una especie de hacker en jefe de la campaña de Hillary Clinton y lo han acusado de "interferir" en la elección de Estados Unidos.

Ciertamente, no son estos servicios de inteligencia las Carmelitas Descalzas. Se trata de las mismas organizaciones que aseguraron y "documentaron" que el Irak de Saddam Hussein poseía unas armas de destrucción masiva que no existían. Y desde luego que muchos ataques que recibe Trump de algunos medios carecen de honestidad intelectual y ética periodística.

Pero el principal problema es de Trump, y es su temperamento. Contra todo lo demás —aun en las condiciones inéditas que se le presenta la adversidad—, un presidente de Estados Unidos tiene sobradas armas para luchar. Para lo que no parece tener con qué luchar es contra sí mismo.
Esto quedó en evidencia en su última conferencia de prensa, donde calificó a la prensa en general como el "enemigo del pueblo americano". Más allá de la impertinencia del algunas preguntas en esa rueda de prensa (que, por cierto, en ese caso, no se apartaron mucho de lo que normalmente tiene que soportar un presidente de Estados Unidos), el comportamiento de Trump fue vergonzoso, infantil y en las antípodas del aplomo y la dignidad que en esos casos debe encarnar un jefe de Estado. Y ya su manía de ponerle nombretes a las personas y a las cosas, como "noticias falsas" para referirse a la CNN (o como hacía durante la campaña: "pequeño Marco", para dirigirse a su contrincante republicano Marco Rubio; o "Hillary la bribona", para referirse a la demócrata), ya raya en lo irredimiblemente pueril.

Todo ello tiene lugar en medio del clima altamente tóxico que produce su política migratoria y su estilo vertiginoso de gestión. El veto migratorio que rápidamente impuso a siete países musulmanes fue, igual de rápido, revocado por el Poder Judicial. Pero el presidente volvió por sus fueros apenas días después, presentando un plan de deportaciones masivas que ha sido interpretado por muchos como una persecución a los indocumentados. Es de esperar que tenga más colisiones con los jueces por el mismo motivo.

Al mismo tiempo, sus números negativos siguen al alza. Según el sondeo de Pew Research Center, 56% de los estadounidenses desaprueba su gestión, sobre un 39% que la apoya.
En suma, en este momento el presidente de Estados Unidos tiene a buena parte de la población en contra y a todo el establishment de Washington, excepto por el aún débil —y expectante— respaldo de los republicanos en el Capitolio.

Bastará una chispa para que choque con estos también; y en tal caso, nada hace suponer una estadía apacible para Trump en la Casa Blanca. A menos que logre concretar tres o cuatro buenas decisiones y se haga fuerte, o que alguna amenaza externa baje el nivel de confrontación interno, el riesgo es sumarse a otro presidente que se ganó demasiados enemigos, como Richard Nixon, y que se tuvo que ir por la puerta de atrás.

"Estado profundo" 1 - Trump 0

Si hay algo positivo entre todas las políticas y las promesas de Trump en campaña, es su deseo de hacer las paces, o de aliviar la tensiones, con la Rusia de Vladimir Putin, cuya confrontación con el gobierno de Obama acarreó violencia y destrucción en varios países.

Y si hay algo peor que toda la retórica incendiaria y los desmanes de Trump, esos son los servicios de inteligencia de Estados Unidos, que durante años atizaron el conflicto en Siria —como antes lo habían hecho en Irak— y delinearon con inusitada influencia la política exterior de Obama de confrontación con el Kremlin.

Ahora, ante la posibilidad de que Trump ponga fin a esa reedición de la guerra fría, la comunidad de inteligencia ha contraatacado, filtrando información confidencial (lo que precisamente están para cuida), socavando su administración desde las sombras; y ya, en la primera de cambio, lograron pincharle una goma con la destitución de Michael Flynn, el consejero de Seguridad Nacional y hombre que el presidente había designado para el nuevo entendimiento que pretendía con Moscú.
Es lo que en algunos llaman "el estado profundo". Se trata del enorme poder que ejercen los servicios de inteligencia, y que durante la presidencia de Obama —quien nunca los enfrentó ni trató de meter en cintura, ni siquiera ante el escándalo del espionaje masivo denunciado por el exagente Edward Snowden—, llegó a límites insospechados.

Esas fuerzas están en el culmen de su poder, y le asestaron un duro golpe al presidente, que la tendrá ardua (sino imposible) para destrabar el nudo gordiano de intereses en las sombras.

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