El imposible retorno de las victimas de Boko Haram en Nigeria

Las ciudades "liberadas" de ese país siguen siendo pueblos fantasmas

Ningún movimiento, ningún vehículo ni rastro de vida humana: vista desde el cielo, la carretera que corta la amarillenta maleza está desierta. De pronto surgen los altos muros del campo de Ngala y los 55.000 desplazados que han huido del grupo islamista Boko Haram.

Este distrito del noreste de Nigeria estuvo aislado del mundo durante cerca de dos años, hasta su liberación en marzo pasado, cuando el ejército expulsó a los yihadistas tras intensos combates.

Pero la gente sigue viviendo agrupada en tiendas de campaña y chozas de paja, bajo estrecha vigilancia militar.

A algunas centenas de metros del campo, la ciudad de Ngala sigue siendo una urbe fantasma, de precaria seguridad.

"Boko Haram sigue muy cerca de aquí. Lo único que hay que hacer es esperar la comida de la ayuda humanitaria" asegura Aishi, una mujer de 50 años, con los rasgos ahondados por profundas arrugas.

Ngala es una de las pocas localidades donde aún pueden acudir muy esporádicamente las ONG, junto a Bama, Dikwa o Monguno.

Cuando Médicos sin Fronteras llegó finalmente al campo a fines de septiembre, constataron que la urgencia humanitaria en el noreste de Nigeria llegaba a "niveles catastróficos".

Desbordadas por 1,6 millones de desplazados únicamente en el Estado de Borno, las autoridades nigerianas intentan hoy convencerlos de que retornen a sus hogares, asegurándoles que la seguridad está garantizada.

Aishi llegó hace un año, después de ver cómo su marido y su joven hermano eran quemados vivos cuando Boko Haram atacó su pueblo de Warshalle, a sólo 20 kilómetros de ahí: "Encerraron a una decena de hombres en una casa y la incendiaron. Lo vi todo, estaba allá cuando los mataron".

¿Como imaginar un retorno frente al miedo de volver a vivir esas escenas que atormentan a diario, y tras haberlo perdido todo?

Sentado a la sombra de su tienda, bajó un aplastante calor, Abdulahi Asuha, un jefe tradicional, abunda en este sentido: "Aquí no se puede hacer nada, no podemos alejarnos del campo a más de tres kilómetros porque (Boko Haram) puede atacarnos".

"Boko Haram, dice, ha saqueado nuestras cosechas, nuestro ganado, ha quemado nuestras tierras. No podremos cultivar ni dedicarnos a la crianza si volvemos a nuestra comunidad".

Operaciones de limpieza

En el largo camino arenoso que atraviesa Ngala, están en todas partes presentes los estigmas de la guerra que causó al menos 20.000 muertos y más de 2,6 millones de desplazados en todo el país desde 2009.

El teniente coronel Patrick Omote, que dirige el Batallón 3 basado en Ngala, asegura sin embargo estar confiado pues sus hombres "han llevado a cabo varias operaciones de limpieza" y "destruido los campos de entrenamiento" de Boko Haram.

En el norte la insurrección se ha debilitado, pero la inestabilidad y los combates esporádicos aislan a gran parte del noreste del pais, colocado bajo control militar.

La mayoría de las carreteras están bloqueadas, la administración civil no ha regresado y los desplazados están sistemáticamente agrupados en campos.

Hace un mes, la reapertura del eje estratégico entre la capital del estado de Borno, Maiduguri, y Ngala, a 150 km al este, permitió reanudar el comercio transfronterizo con Camerún. Pero los convoyes son escoltados por militares fuertemente armados, y las emboscadas no han desaparecido.

Abulkarim Gambo es un recién llegado. Ha caminado desde Garal, a 50 km, en la región del lago Chad, con sus dos mujeres y sus 14 hijos.

El campesino tuvo como vecino a un campamento de islamistas durante tres años, sin lograr huir de ahí.,

"Se llevaban nuestras cosechas de maíz y mijo, vigilaban nuestras oraciones y nuestros movimientos, todo estaba bajo su control" relata.


Fuente: AFP

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