El infinito ahora dura 12 horas

24 fue una de las mejores series; 16 años después el mundo y el enemigo cambiaron poco
Por Eduardo Espina, especial para El Observador

Entre el 11 de setiembre y fines de diciembre de 2001, una sucesión de muy malas noticias puso a prueba el estado de ánimo de la sociedad estadounidense. Primero, un ataque terrorista de gran magnitud que ni siquiera los efectos especiales de Hollywood han sido capaces de replicar tal cual ocurrió (hasta ahora no se hizo ninguna película representando la dimensión física de los hechos). A los pocos días del día conocido como 9/11, un avión de American Airlines se vino abajo cuando despegaba de Nueva York debido a una falla mecánica, matando a todos los ocupantes. Luego llegó el anuncio de la invasión a Afganistán que dejó al mundo pasmado, sobre todo a los familiares de los soldados que debían ir a jugarse la vida por una causa dudosa.

En ese clima de tensión que caracterizó a los últimos meses de 2001, el entretenimiento, sobre todo la televisión, pasó a tener un papel relevante para distraer a la gente, apabullada por las circunstancias. En medio de la ansiedad colectiva, se metió como tromba en la preferencia del público una serie atípica y por eso original, 24, sobre un agente secreto con temple de acero que trabajaba para una dependencia federal, la Unidad Contra Terrorista, conocida por su sigla CTU, la que debía evitar un ataque de grandes proporciones a punto de ocurrir en territorio estadounidense. Las coincidencias entre realidad y ficción resultaron admirables.

De las mejores


Con un formato que impuso un estilo desde las primeras de cambio, 24 pasó a integrar la lista de mejores series televisivas de todos los tiempos, en la cual deben figurar: 77 Sunset Streep, Ballinger, Patrulla de caminos, La ciudad desnuda, Caravana, La ley del revólver, Aventuras en el paraíso, Los intocables, Bonanza, Ruta 66, Hawai 5-0, Kojak, Ben Casey, Hong Kong, Columbo, FBI en acción, Las calles de San Francisco, Misión imposible, El fugitivo, Departamento de Policía de Nueva York, Los archivos X y Los Soprano.

Si la televisión es el omnipotente opio de los pueblos, 24 fue una justificada adicción. Estaba tan bien escrita que ningún minuto de filmación sobraba. La hora de duración nunca resultaba suficiente para calmar la ansiedad ante lo próximo a punto de suceder. Para un formato tan hipnótico, 60 minutos eran insuficientes, y cada semana recordaban que el entretenimiento de acción y aventura siempre es un inaudito oasis, sobre todo si remite a la esencia de lo que se considera televisión inteligente; aquella que proviene de un libreto original cargado de vueltas de tuerca, y que busca la participación de la inteligencia del televidente sin narcotizarlo con lugares comunes.

Suele decirse, y con razón, que la vida copia al arte. En ocasiones, la televisión de ficción se adelanta a la realidad, pues 24, ideada antes del mundo posterior al 11/9/2001, utilizó con lucidez la amenaza que representa –todavía hoy– el terrorismo, dando a entender, con nada disimulada insistencia, que incluso los más invulnerables pueden sucumbir ante la homicida irracionalidad terrorista. Para alcanzar su objetivo, la serie apelaba a la credibilidad de las situaciones para generar interés, y el mantenimiento de este por 24 capítulos con una única trama, la cual giraba en torno al agente antiterrorismo Jack Bauer, quien debía enfrentar un caso extremadamente complejo y cuya resolución se postergaba por todos los capítulos que duraba cada temporada.

Si la televisión es el omnipotente opio de los pueblos, 24 fue una justificada adicción

El libreto conseguía mantener a salvo las expectativas a través de la aparición y desaparición de personajes situados en una sucesión de escenas al servicio del enigma que Bauer debía determinar y resolver. Pero, a diferencia de la mayoría de las seriales, la resolución del problema nunca estaba asegurada. Lo que parecía, podía no serlo. Resulta difícil mantener el interés de una misma premisa dramática por una temporada; 24 lo logró por nueve. Cada capítulo tenía una intensidad propia, como si todos los involucrados hubieran trabajado con la adrenalina al mango.

De 24 a 12


Así pues, 24 fue una curiosa originalidad que tuvo la virtud de ser genuina y esquivar con sagacidad la redundancia, un riesgo que la idea en juego propiciaba. En tiempos en que el estilo hace la moda, 24 fue una lección de estilo. En teoría, cada episodio sucedía en tiempo real: el primero comenzaba a la hora cero e iba hasta la una de la madrugada. El siguiente sucedía entre la una y las dos, y así sucesivamente. Para enfatizar esta idea de simultaneidad y temporalidad acuciante, que no era sino una desesperante carrera contra el tiempo real, en la pantalla aparecían relojes digitales que indicaban la hora en que estaba sucediendo la acción, como también diversos recuadros mostrando acciones que ocurrían al mismo instante que la acción del protagonista. La historia y los personajes quedaban absorbidos por la duración: en las veinticuatro horas entre el principio y el fin de la historia nadie dormía. Tampoco el televidente, porque 24 despertaba la imaginación y las ganas de afiliarse a uno del casi centenar de clubes de fans que había en el mundo , de una de las mejores seriales de todos los tiempos.
De tal forma, a una premisa tan buena como la de 24, garantía de buenos ratings, siempre se puede volver a recurrir. No en vano, con la misma idea de fondo, la recién estrenada 24: Legacy repite el mismo formato de la serie matriz, con pequeños cambios cosméticos: un nuevo actor y con acción abreviada (en lugar de 24 capítulos serán 12). El resto es lo mismo, incluso el enemigo, que vuelve a ser el terrorismo encarnado por fundamentalistas religiosos que oran antes de intentar aniquilar a su más odiado enemigo: la sociedad estadounidense.
En ocasiones, la televisión de ficción se adelanta a la realidad, pues 24, ideada antes del mundo posterior al 11/9/2001, utilizó con lucidez la amenaza que representa –todavía hoy– el terrorismo

En la primera etapa de la serie, George W. Bush estaba en la Casa Blanca; ahora la ocupa Donald Trump. En los últimos 16 años el mundo no ha cambiado mucho, solo los agentes encargados de combatir al mal en la televisión son otros. La coincidencia de época y tema entre una serie y otra, es sorprendente.

En tiempos en que el presidente estadounidense –el verdadero, no el que aparece en la serie– considera que Medio Oriente es todavía la fábrica universal del terrorismo, 24: Legacy sugiere, a partir de las similitudes entre realidad y ficción que presenta la trama, que el presidente, después de todo, no está tan equivocado y que sí, que el enemigo es brutal y solo cabe aniquilarlo.


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