El liceo sin repetidores

El primer centro de enseñanza media público de gestión privada del interior cumplió un año con resultados alentadores
Un día en el liceo Francisco
Hay escarcha en el pasto y los vidrios están empañados. Es una mañana fría de mayo y en el predio del Liceo Francisco, en Nuevo Paysandú, reina el silencio. Pero no por mucho tiempo. Ercilia Dos Santos, la cocinera, es la primera en llegar, a las 6.30. Enseguida se pone manos a la obra para preparar el desayuno de los 76 alumnos que no tardarán en llegar. Leche chocolatada y pizza para todos. No se olvida de los alérgicos al chocolate, por eso prepara dos tazas de té con leche.

Los niños van llegando al liceo sobre las 7.30: algunos con sus familias en moto o auto, otros tienen bicicletas o caminan, los más alejados vienen en ómnibus. Aguardan en fila, conversando de fútbol y frotándose las manos para combatir el frío, mientras esperan que Guillermo, uno de los adscriptos (o, como ellos le llaman, referentes), los autorice a ingresar al comedor.

Es el primer liceo público de gestión privada del interior del país y el 20 de mayo festejó su primer aniversario. Ubicado en la Avenida Roldán, camino al puente internacional que une Paysandú con la ciudad argentina de Colón, la institución busca brindar una propuesta a los niños de los barrios que rodean el predio –Curupí, Nuevo Paysandú, Barrio Norte, Las Brisas, P3, Autobalsa, todas zonas de contexto socio-económico vulnerable– para que completen el ciclo básico.

Las tres mosqueteras


El liceo Francisco comenzó a gestarse en 2012, cuando María Mónica Olivelli conoció el proyecto del Jubilar y pensó que era necesario algo similar en Paysandú. "Yo vivo en un barrio lindero a este predio y empecé a notar que había muchos niños que deberían estudiar y no lo estaban haciendo", explica.
Una vez que las cosas iban tomando forma, Olivelli invitó a otras dos mujeres para consolidar la Fundación Liceo Francisco y ponerse el proyecto al hombro: Elena Zorrilla de San Martín y Adriana
Sandri. "Las tres mosqueteras ", las llama Pablo Galimberti, presidente de dicha fundación y obispo de la diócesis de Salto (que incluye al departamento de Paysandú).

La iglesia aportó la cuota que faltaba, pues cedió en comodato precario por 30 años el predio. Era un espacio que fue construido para ser un seminario pero estaba sub-empleado. Luego de un año de obras en el que se construyeron aulas, baños y se acondicionó el resto del edificio, se sortearon 50 cupos -25 niños y 25 niñas- y el 2 de marzo de 2015 comenzaron las clases.

Propuesta novedosa


El predio de casi tres hectáreas y media cuenta con un gran parque arbolado, un invernáculo y mucho espacio para hacer deporte, además de 400 metros cuadrados construidos.

Durante la mañana, los alumnos -repartidos en dos grupos de segundo año y uno de primero- cursan las asignaturas curriculares. Las aulas están distribuidas para que los estudiantes se sienten en grupos de a cinco -en semicírculo- alrededor de una mesa. De ese modo, uno no solo tiene como referencia al profesor que está escribiendo en un pizarrón sino también a un grupo de pares para ayudarse mutuamente. "Es en detalles como este que está lo novedoso de la propuesta", comenta el obispo Galimberti. A las 12.50, paran para almorzar. En fila, cada uno toma su bandeja, su plato y sus cubiertos y esperan a que Ercilia les sirva el pastel de carne. De postre hay mandarinas. "¿Podemos agarrar dos?", pregunta uno.

El hall de entrada es testigo de las diversas actividades que se desarrollan en el Liceo. Las carteleras están repletas de fotos, las paredes tapadas de cuadros que hicieron los alumnos en la clase de aerosolgrafía y en una mesa se exhiben algunos telares realizados en el taller de textiles. Es que todas las tardes, el liceo ofrece talleres para los alumnos y las familias. Algunos son obligatorios, otros opcionales. Hay docentes voluntarios que han propuesto actividades de pintura con aerosol, fotografía, coro, carpintería y peluquería. A través de estas actividades se busca despertar y potenciar las habilidades de los niños.

Olivelli explica que uno de los pilares de la filosofía del liceo Francisco es involucrar a las familias para que el cambio y crecimiento en los alumnos tenga un impacto mayor. Son procesos que llevan tiempo y muchas veces a los padres les cuesta acercarse. "Se va produciendo una simbiosis. Los chicos llevan inquietudes a sus casas y traen otras aquí", plantea Galimberti. "Muestan una tarea que hicieron o algo que lograron con sus manos: 'Mirá, mamá, esto es lo que hice hoy'. De alguna manera eso va repicando en los ojos o el corazón de las familias. Entonces empiezan a acercarse".

Cuidado con la "Francisco-manía"


Cuando Galimberti viajó a Roma, le comentó al Papa que en su diócesis había un liceo que llevaba su nombre. "Me dio una bendición, pero también me dijo: 'cuidado con la Francisco-manía'", comenta entre risas. Desde el nombre y la conformación de sus fundadores queda claro que el liceo es católico. El padre Alfredo Tostado, mexicano, se ocupa de la pastoral y tiene un espacio semanal con los alumnos. De todas formas, no es condición ser cristiano para ingresar al liceo y, de hecho, muchas familias no lo son.

"No preguntamos a qué partido votan ni a qué religión pertenecen. El único requisito es que vivan en la zona", afirma el obispo. "Obviamente, la educación precisa un contexto con ciertas reglas y valores, y es lo que proponemos nosotros".

La financiación

El liceo Francisco es gratuito para los alumnos. Se les dan los uniformes, con campera de abrigo para el invierno, hay tres comidas diarias para quiénes lo deseen y los libros y materiales también son proporcionados por la fundación.

Pero es un modelo educativo de gestión privada: se financia exclusivamente con donaciones, en su mayoría de empresas que apoyan a través de la ley N° 18.834 de donaciones especiales, y de algunas fundaciones o particulares.

Olivelli tiene ideas para lograr ser más sunstentables. Por ejemplo, crear una marca o cooperativa para vender los telares que se desarrollan en el taller de textiles. De esa forma, se evitará depender de terceros. "Aunque estamos muy agradecidos, la realidad es que se necesita más", aclara Olivelli.
En 2016 no cumplieron con el objetivo de que ingresaran 50 alumnos por generación: era necesaria la habilitación de bomberos para conformar dos grupos y ello requería un monto de dinero con el que no contaban. "Fue un momento duro, porque había más de 100 interesados para entrar y no pudimos cumplir con todos".

Balance positivo


Durante el primer año de vida del liceo Francisco, los resultados educativos han sido positivos. Ningún alumno repitió aunque hubo algún pase comprometido, y solo dos decidieron desvincularse. "No desertaron, sino que pidieron el pase a otro centro", aclara Olivelli. Además, en 2015 se entregaron seis premios por cero falta, cuenta con orgullo.

"El balance es positivo. Queremos mejorar en muchos aspectos pero tampoco podemos pretender milagros. Es un proceso y lleva su tiempo", continúa Olivelli. "Queremos darles más actividades, más oportunidades. Mostrarles que el mundo es más que el barrio. Que entiendan que si se preparan y se esfuerzan, tienen posibilidades".

A las 3 de la tarde termina el horario liceal y los estudiantes se quieren quedar. Algunos conversan con los guardias de seguridad, otros miran una película. Hace poco instalaron algunas mesas de ping-pong en el patio, para que tengan alguna actividad extra en los recreos y fuera de hora. Olivelli se emociona de ver que los alumnos son felices allí: "Es como un oasis para los chicos, y eso nos llena el corazón".

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