El maestro se ha ido

Leonard Cohen, el último artista que habló con originalidad del amor y la muerte
Por Eduardo Espina, especial para El Observador

Son casi las 23.30 del jueves 1º de noviembre de 2012. Tras un concierto que dura más de tres horas, Leonard Cohen se despide de la audiencia que colmó el Auditorio Bass de la Universidad de Texas, en Austin. Sus palabras son las ideales para una ceremonia que ha sido sagrada: "A quienes regresan a su casa y el amor los espera, les deseo lo mejor. A quienes regresan a su casa y solo la soledad los espera, les deseo que puedan disfrutar de su compañía. Este hombre viejo se retira; es la hora de decir adiós". Las palabras resuenan como un tambor ancestral en el corazón de los presentes. San Pedro nos ha dejado entrar al cielo, y aquí estamos. Siento, con inapelable certeza, que no volveré a verlo en vivo, tan cerca, a metros del escenario, a este amigo duradero que ha estado en las buenas y en las malas, en una vida que tuvo de todo, menos diminutivos. Ha sido algo así como asistir a la última misa del sumo pontífice de una iglesia donde la poesía es la fe, pero además todo lo restante, que es tanto, todo eso que a la vida suele faltarle. Salgo a la noche estrellada sin saber qué decirle al silencio. ¿Con qué palabras hablar de lo sublime cuando este ha entrado por la escucha para quedarse en el corazón?

Ha muerto Leonard Cohen, el último gran intermediario sonoro de las emociones principales, el que un día de 1988 dijo: "La poesía son esas palabras que no podemos pegar en el refrigerador". Ninguno de los que aún quedan, de Bob Dylan para abajo, está a su altura. El próximo que quiera alcanzar tal profundidad emotiva deberá contar con la ayuda de un taladro. Peregrino de sentimientos, habitante permanente de una juventud blindada cuya principal recompensa es una adolescencia en perpetuo presente, tanto en el hoy como en el espejo retrovisor, Cohen fue el autor de versos iniciáticos, capaces de sobrevivir inconmensurables tan bien en el papel como en la voz.

Pocos en ese rango han tenido una relación tan profunda con la melodía, la cual existe primero en la interacción entre las propias palabras, en la forma profunda de establecer un diálogo con la sintaxis menos pensada, con el surplus que se deriva de la prosodia y convierte el lenguaje en caja de resonancia.

Sin hacer el intento para disimularlo, las canciones de Cohen, letanías sin botox sobre todo lo que cabe en la vida humana, dan cuenta de la experiencia de alguien que ha excavado en el alma y encontrado lo que iba a buscar, pero que igual siguió buscando, porque la naturaleza humana no se conforma con lo más fácil. No en vano, las posibles respuestas incluidas en las canciones aparecen en forma de preguntas que describen las minucias de una vida con plan autobiográfico, con ganas de contarse a sí misma, mejor dicho, de cantarse, lo que le ha pasado mientras vivía.

Cohen escribió con originalidad sobre los únicos temas que en definitiva importan, el tiempo, el amor y la muerte, como si estuviera preservando tras un espejo invisible las imágenes que algún día iremos a conocer para reconocernos. Porque no pueden esperar, porque la impaciencia los mueve, los desórdenes amatorios salen al escenario a exhibirse en estado natural. En sintonía con una tolerancia que la conservadora industria discográfica estadounidense encontró en una época excesiva, Cohen dio voz a una sensibilidad reflexiva, que cada vez que estaba al borde de la desilusión se dejaba por el entusiasmo, más no sea el de la melancolía susurrando por un altoparlante.

Las canciones emergen invictas a través de las épocas, como biblioteca repleta de emociones sanas y deseos con afán de cumplimiento que intentan explicar la vida tal cual es: una sucesión de acertijos y conjeturas que nos acercan a los vericuetos de la intimidad y nos ponen a tiro de enigmas, que podrían ser aquellos que las palabras inventaron para poder decirlo en tono propio, uno que no revela su procedimiento, aunque lo podemos suponer de maneras diferentes, ninguna común. Son canciones similares a las historias que una madre le cuenta a su hijo a la hora de dormirse, en las cuales la imaginación toma posesión de eso tan puesto en duda que llamamos "lo real", aunque tal vez solo lo sea de forma incompleta. Marianne Ihlen, musa de So Long Marianne, dio en el clavo al afirmar: "Con Leonard nunca se sabe qué es poesía y qué es realidad". Ese "no saber" es el que aporta las certezas que estábamos esperando, incluso aquellas que no esperábamos, pero igual llegaron.

Varias veces este año se habló de la muerte de Leonard Cohen. A los 82 años, cualquiera entra en esa zona indisputable. Pareció que estábamos en el reality show de una cuenta regresiva. Hasta que un día rumor y realidad coincidieron. Para el amor no hay cura, para la muerte tampoco. Se sabía que estaba mal y no hace mucho apareció por última vez, en una recepción que le dio el cónsul de Canadá en Los Ángeles, quizá con la intención de que el mundo lo viera vivo por última vez. Estaba físicamente desmejorado. Su mente y su ánimo, en cambio, mantenían la adolescente lozanía y el ímpetu que destilan sus canciones, caja fuerte de emociones para vidas sin restricción de edades.

Dijo que se había propuesto vivir para siempre. Eso, no tan menor, lo ha conseguido. Sus canciones son una eternidad a puertas abiertas, a la cual podemos regresar sabiendo que la susurrante sensibilidad de la inteligencia siempre estará de turno. Como postdata, en las nueve canciones de You Want It Darker, que fueron el canto perfecto del cisne (la muerte es injusta pero acepta perfecciones), Cohen planteó la desiderativa relación que tienen los seres humanos con su mortalidad, destacando para tales efectos, a manera de brutal paradoja, la brevedad de todo, el enigmático y veloz pasaje del ser humano por una vida, que, como la propia poesía, "procede de un lugar que nadie domina ni nadie conquista".