El “mal ejemplo” del Chino Recoba y los abanderados de la escuela

Al jugador de Nacional lo crucifican por no haber querido ser el mejor

Hace poco leí en algún lugar de la red, ya no recuerdo dónde, a uno que se jactaba de su adoración a la humana tarea que le había tocado. “Hace más de 14 horas que estoy trabajando; que descansen los que quieren ser felices, yo quiero ser el mejor”, decía, más o menos, el escalofriante mensaje.

Se sabe que están aquellos que consideran que “hay que matarse” –utilizan esa peligrosa figura retórica- para destacarse sobre los otros. Lo consideran y lo necesitan. Y hay otros que eligen un camino, no precisamente más fácil, sino distinto.

Ya en la escuela uno ve a esos alumnos que, para ser abanderados, estudian todo el tiempo, no le pierden pisada a la maestra -o al maestro- y se esmeran en hacer el mejor de los deberes. Y están los otros que, pudiendo ser los mejores, se conforman con un muybueno o un muybuenosobresaliente si esa renuncia les permite jugar un rato más a la pelota.

Me hubiera gustado seguirles la trazabilidad a esos chiquilines para saber qué fue de ellos cuando se hicieron grandes. Pero, así como en la escuela, fuera de ella están aquellos a los que su capacidad natural les permite hacer un trabajo más que decente y que, pudiendo llegar primeros, dejan que la bandera la porten aquellos que más la glorifican. Eligen jugar al fútbol o a otras maravillas similares antes que ceder felicidad en busca de eso que llaman éxito.

Ninguna de las dos elecciones es errada si nos proporciona algo parecido a la alegría. Pero elegir jugar a la pelota antes que hacer los deberes suele estar mal visto.

Por eso, al “Chino” Alvaro Recoba –recientemente retirado de las canchas profesionales- lo cuestionan por haber elegido no ser, pudiendo haberlo sido, el mejor jugador uruguayo de fútbol de su generación. “Los títulos que se perdió por no entrenar más…”, “si le hubiera dado más pelota a los directores técnicos…”, “si hubiera sido más profesional…”, dicen los que lo proponen como un mal ejemplo.

Pero Recoba no quiso ser lo que el resto quiere que hubiera sido. Eligió, sabiendo que elegía, acudir solamente a sus naturales condiciones que le alcanzaron, y le sobraron, para ser uno de los mejores jugadores de su tiempo, ganar un montón de plata y, con ella, otro montón de tiempo libre. Unos desean levantar trofeos. Otros quieren tirarse a escuchar música al sol.

Pensar que lo que nos hace feliz a nosotros es lo mismo que hace feliz al resto resulta peligrosísimo. Mezclar el ganar o perder con el ser mejor o peor, es una infamia.

Porque los mejores no ganan ni pierden. Los mejores, sencillamente, no compiten.

 


Comentarios

Acerca del autor