El monje zen que pega el palazo

Uno de los próximos estrenos de cine es Pasión por las palabras, una biografía del editor Maxwell Perkins
Andrew Scott Berg es uno de los biógrafos yanquis más talentosos y reconocidos de las últimas tres décadas. Ha retratado con maestría las vidas de personajes emblemáticos de su país, desde la actriz Kate Hepburn al presidente Woodrow Wilson; del aviador Charles Lindbergh al productor de cine Samuel Goldwyn.

Pero su primera biografía, con la que ganó su primer premio Pulitzer, se centró en un personaje mucho menos conocido que los cuatro mencionados. Se trató de un hombre que vivió a las sombras de la fama, aunque su mano y su criterio alimentaban a hombres que triunfaron en el mundo artístico. El personaje en cuestión fue Maxwell Perkins, editor literario de la editorial Scribner's, y la biografía, publicada en 1978, se tituló Editor de genios.

Cuando todavía el rol del editor en una editorial consistía en corregir puntos, comas y teclazos perdidos, Perkins entendió que su trabajo podía potenciarse si descubría nuevos talentos y los ayudaba a trepar a la cima del panorama cultural de su país. Así, fue el gran impulsor de un joven escritor tan atraído hacia las letras como hacia el alcohol, llamado Francis Scott Fitzgerald, de quien se lo considera su descubridor. Perkins corrigió y editó A este lado del paraíso, en 1920, que dio comienzo a una revolución en las letras de los Estados Unidos.

En 1925, Perkins fue el responsable de la publicación de la primera novela de Ernest Hemingway y tuvo que pelearse con su jefe, Charles Scribner, por mantener en el libro editado los recurrentes insultos que se proferían entre sí los personajes de Fiesta. Pero quizás con quien mantuvo la mayor relación profesional y personal fue con Thomas Wolfe, al que lanzó en una carrera meteórica entre el final de la década de 1920 y el principio de 1930.

Perkins fue mucho más que un editor en el sentido lato de la palabra. "Su juicio literario era astuto", escribió Berg, "y era famoso por inspirar con temas para que los autores sacaran lo mejor de sí. Los ayudaba a estructurar sus historias, si lo pedían. Se le ocurrían títulos, inventaba argumentos, pero también pasaba a ser el psicoanalista, el consejero amoroso, el mánager de una carrera literaria, e incluso el prestamista de dinero. Pocos editores trabajaron tanto sobre los manuscritos originales, a pesar de que su credo profesional rezaba: 'El libro le pertenece al autor'". Perkins transitó los caminos peligrosos de la amistad con los autores, fue el consejero bueno y el enemigo malo en la página y fuera de ella. Cumplió con la venerable función del monje zen, resumen de la sabiduría en la página, que pega el palazo correctivo, tanto en la vida como en la obra de los escritores bajo su paraguas.

Dentro de ese personaje de leyenda conocido casi exclusivamente dentro ambiente libresco yanqui, Perkins también tenía sus excentricidades personales, como llevar siempre puesto en su cabeza un sombrero Fedora, que la leyenda dice que solo se lo sacaba cuando iba a dormir.

La historia viene al caso porque en unas semanas se estrena en Uruguay Pasión por las letras, la película basada en el libro de Berg sobre Perkins. El elenco presenta el destaque del inglés Colin Firth como el genial editor, Jude Law como el atormentado y caudaloso Thomas Wolfe, Guy Pearce como Scott Fitzgerald, más la presencia de Nicole Kidman. En la película, los escritores giran en torno al editor que teje las complejidades de la creación a través del lenguaje. Y Perkins gira a su vez en torno a sus propios talentos y demonios, en la función fundamental de escritura secundaria y terciaria, que crea por detrás de las plumas más renombradas.