El monstruo sigue ahí

Volví a la Biblioteca Nacional como un simple acto de nostalgia
Me atreví a subir esas escaleras otra vez, con mucho temor a que ya no pudiera reconocer lo que veía. Tengo 53 años y mi última visita había sido a los 18.

Pasé el enorme hall de entrada y me sumergí en el pasado al llegar a los ficheros interminables, esos cajoncitos largos, de una madera cuyos árboles deben estar extintos o preservados. Caminé por la sala inmensa y corroboré que todo estaba intacto, quieto, protegido por el silencio.

Era la misma sala eterna. Yo todavía no sabía qué detalles me revelarían las huellas del tiempo. En ese momento todavía me parecía un museo. Empecé a mirar con cuidado cada cosa, presintiendo con angustia la aparición del cartelito que dijera "no tocar".

Pero no apareció. Caminé hasta la ventanilla que se abría paso en mi memoria y cuando nos encontramos, saqué una ficha en blanco para rellenar con los datos del libro que pediría. La misma tira de papel de siempre.

Caminé otra vez entre los ficheros, ya disfrutando del viaje en el tiempo. Todavía no sabía qué libro pediría pero sabía que el código del libro empezaría con el número 12, que correspondía a la sala Artigas, la del público en general.

Decidí quedarme en el sector "Autores" y elegí a Felisberto Hernández. Encontré un libro con prólogo de Julio Cortázar, La casa inundada y otros cuentos. Me quedé mirando la ficha amarillenta pero lo que veía era un recuerdo que galopaba hacia mí a través de la llanura, como en el inicio de un western.

La Biblioteca Nacional era la biblioteca de mi barrio, en mi adolescencia, y desde que la descubrí me hice habitué. Iba siempre a la sala principal, desdeñando la "sala joven", en la que todo era más informal. Una vez, sin embargo, pedí un libro raro y me mandaron a otra sala.

Era un libro de cuentos de Felisberto Hernández traducido al francés, con prólogo de Cortázar. Por qué pedí ese libro es un misterio para mí. Puedo descifrar, no sin dificultad y vastas lagunas, el francés escrito, pero en el caso de un autor uruguayo que escribía en español, la tarea era absurda, a todas luces.

Cuando fui a entregar la ficha, me preguntaron si no había otro código en la tarjeta. Volví al fichero y corroboré que no. Entonces me dejaron ir a la sala Uruguay, un universo de luz natural que llegaba desde unos ventanales enormes y mesas larguísimas.

Volví a visitar la sala Uruguay varias veces, mediante la estratagema de buscar libros que solo tuvieran el código que me interesaba. Nunca me hicieron problema y siempre estuve solo en la sala.

Pero ahora elegí el libro en español, llené la ficha, me fue aprobada, dejé la cédula y esperé a que el libro bajara por el ascensor de toda la vida.

Cuando entré en la sala en penumbras fui joven otra vez. Esa luz íntima de las mesas interminables me recibió como si nos hubiéramos visto el día anterior. Me senté y empecé a leer el primer cuento, La casa inundada.

Al principio me costó entrar en el universo de Felisberto; sentía que el aventurero era yo. Sin embargo, pronto me fui deslizando hasta que solo me interesaba desentrañar, con mucho cuidado, los misterios del agua, navegando por la casa inundada. En un momento me identifiqué de forma completa con el narrador: "Subí contento, por aquella escalera casi blanca, como un chiquilín que trepara por las vértebras de un animal prehistórico".

Fue una lectura muy intensa. Yo saboreaba cada frase y me dejaba inundar, yo también, por las imágenes de esa mente abismal, la de un autor que llegaba a lo más hondo de mi alma sin dejarse descifrar, sin que surgiera la necesidad de intentarlo. Solo había que permitirle conducirme por esa dimensión maravillada que convive en silencio con lo cotidiano.

Cerré el libro y salí del recinto. Desandé el camino de vértebras bajo un cielo de plomo y ahora estoy en un tiempo lineal otra vez y el mundo envejece sin sobresaltos.

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