El nene no quiere darle un besito

Los desconocidos pidiendo besos a niños son un mal que acecha; deberían ser castigados

En mi vida como padre hay una situación que se hace recurrentemente molesta e incómoda. Tiene que ver con el encuentro de mi hijo de tres años con una persona extraña, relativamente extraña y hasta relativamente conocida y el deseo de que mi hijo los bese. 

A Felipe, como le sucede a la mayoría de los niños de este planeta -¡perdón! como sucede con la mayoría de los humanos de este planeta-, no desea besar a casi nadie más que a su círculo cercano; alguna vez a su padre, alguna vez a sus abuelos y otras veces a sus tíos –siempre, claro, a su madre (como también le sucede a la mayoría de los humanos).

Entonces, ¿qué podemos pedir para los que son relativamente conocidos? ¿Qué podemos pedir para los que son relativamente desconocidos? ¡Nada, muchacho!

Entienda un poco al infante. O ni siquiera eso, ¡tenga un poco de sentido común! Y evíteme un problema a mí, a todos los padres de niños de tres años del planeta y especialmente a los niños: LOS NENES DE TRES, Y LOS DE CUATRO Y LOS DE 500, NO LE QUIEREN DAR UN BESO, así usted sea Scarlett Johansson o el cantante de Tan Biónica.

Estoy re podrido de que llegue alguien a mi casa y le diga a mi hijo con voz de retardadomental: “¿Me vas a dar un besito?”. Y yo por dentro le quiero dar toda la explicación que acabo de hacer, señalarle que es un nene que enfrenta 150 millones de miedos en su día a día, de cuestionamientos sobre qué carajo es esto que tiene en frente que se llama vida, y que lo que menos le preocupa es la gentileza de dar un beso. Porque ni sabe lo que es la gentileza. 

Pero por evitar ser muy directo, yo no digo nada. Entonces Felipe se vuela, no da beso y la persona dice algo así como: “¡Aaaayyy no me vas a dar un beso! ¡Qué malo!”… Y hasta hay algún tonto que cae con regalos y amenaza a un niño de tres años y le dice: “Si no me das un beso, no te doy el regalo”. Y coloca a mi hijo en una situación absolutamente violenta –este tipo de amenaza, propongo, debería estar penada. Y el guacho es tan bueno que hasta termina dándole un beso a una vieja con lunares peludos y cachetes grasientos y arrugados para llevarse el corrompido chiche. En esos casos me parte el alma pero parte de mí se enorgullece por la intrepidez.

Yo entiendo que hay abismos entre lo que sabe una persona con hijos con una que no tiene hijos. Entiendo que no tiene por qué saber todo esto. Entiendo también que no tiene por qué ser una verdad absoluta –aunque digo que es algo que veo muy comúnmente con otros niños también-. 

Ahora, si llegó hasta acá en este texto, espero entonces que nunca más haga esa pelotudez. Los nenes de este planeta no quieren andar repartiendo besos a desconocidos. Quieren chiches, amigos, fantasías, alegrías, diversión; toda su pelotudez del beso les molesta, y mucho.

Y le digo, para que no pierda las esperanzas, que para saciar su avidez por obtener un beso de un niño que aprecia, le digo, que se gana con muchos años de dedicación, de amistad, de cariño, de diversión, de mimos y, de sorpresa, algún día llega, y, claro, no hay cosa más linda en este mundo… ¡Por algo es que tanto todos piden besitos! 


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