El olor de otra época

Caminé cerca de una playa donde alguien se había puesto aceite de coco con yodo: una foto de una era donde se promovía el bronceado por sobre el cuidado, y una rareza en el presente
Permítaseme hacerle en el título un guiño al libro del filósofo coreano-alemán Byung Chul Han El aroma del tiempo (traducido al español por la editorial Herder y presente en librerías uruguayas), que reflexiona sobre el sentido del tiempo en la actualidad, sobre la forma en que los hombres tomamos el tiempo y la manera de utilizarlo. Esta columna hablará también del reloj interno y del paso de los años, a partir de un aroma determinado.

Hace unos días iba caminando con mi mujer cerca de una playa de las costas uruguayas, una jornada matinal más de las rituales caminatas de verano. De pronto, su nariz capta un olor particular, que la hace detener y sonreír un instante. "¿Olés? Es aceite de coco...", me dijo con la cara todavía modificada por el recuerdo que venía del pasado y que su mente aprisionaba. Miramos hacia la playa para poder constatar quién era la persona que estaba untándolo sobre su piel. No conseguimos distinguirlo.

Aceite de coco. Posiblemente mezclado con yodo. El signo lleva la interpretación como una flecha al pasado. La feliz poseedora debía ser una mujer. Una mujer mayor. Mayor de 60 años, por lo menos. Una mujer que ya no prioriza la salud de su piel frente a la promesa de un bronceado intenso. Una mujer de otra época.

Tengo 36 años; por lo tanto mi infancia transcurrió durante la década de 1980. Entonces, si bien se hablaba de los eventuales peligros de la exposición por muchas horas al sol, no era común el uso del protector solar. De hecho, se lo veía como una rareza, como una sofisticación cara que poco menos que evitaba el goce acuático playero, y en todo caso como una extravagancia miedosa de los turistas blancuzcos que llegaban desde las ciudades grandes.

Las cremas que sí eran más comunes eran las bronceadoras, las que potenciaban el efecto del sol sobre la piel. Recuerdo los aromas intensos a base de algunas frutas tropicales de estas cremas y lociones que volvían las playas más concurridas en conciertos de aromas bastante insoportables. En su mayor proporción, las dueñas de los bronceadores eran las mujeres. La búsqueda del evasivo perfect tan era la gran caza de la temporada. Y para esto la única regla es que valía todo.

En un escalón temporal anterior a la llegada de los bronceadores, las mujeres utilizaban otras recetas, menos tecnológicas y más caseras, pero como promesa de efectividad. El aceite de coco, combinado con yodo, genera sobre una piel al sol el efecto similar al de una sartén. El aceite se calienta y literalmente quema la piel, con el consiguiente color que esto genera. La suma del color amarronado del yodo produce un bronceado acholatado y apetitoso. Por lo menos, eso dice la teoría. Lo importante era no pasarse en las cantidades.

Claro, eran épocas previas al agujero en la capa de ozono, previas a todas las recomendaciones de los dermatólogos y de la histeria general por el cáncer de piel y sus consecuencias. La estética estaba por encima de la salud.

Las Malvinas, la salida democrática, Reagan, Gorbachov, la corrida de Alzamendi en el gol contra Alemania, canciones italianas en los programas del verano. Parecía un tiempo ya muerto, pero el tiempo atomizado en cada historia personal funciona como quiere y si lo desea aflora como un elemento vivo. Al diablo con el cuidado del sol: la señora quería quemarse. A puro aceite de coco.

Continuamos la caminata y nos quedamos callados. Al rato nos miramos con mi mujer y el olor seguía en nuestras narinas, pero de otra forma. Fue como encontrar un hongo extraño en medio de un bosque lleno de hongos comunes, el olor del aceite de coco nos transportó al territorio del recuerdo. El único donde parecía estar encerrado el aroma del aceite de coco.

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