El orden de los factores

Si no nos percatamos que no vivimos en la sociedad de la revolución industrial no vamos a poder entender la magnitud del cambio que necesita la educación

Por Marcelo Martínez Lauretta*

Los diagnósticos educativos son malos; estamos de acuerdo. Pero no siempre compartimos las razones por las que “acordamos”: para algunos es porque en determinada prueba de matemática o de lengua no se alcanza tal número, para otros porque no tiene ciertos conocimientos “básicos” de una asignatura, para otros porque lo que se enseña no es ni necesario, ni suficiente ni pertinente. ¿Estamos de acuerdo?

La razón fundamental es que invertimos el orden del análisis, y por ende de las eventuales propuestas consecuentes.

Solemos dar por sobreentendidos los fines de la educación en tal o cual nivel. Pero ese sobreentendido parte de la memoria de un diseño centenario, enciclopedista, elitista, adecuado a la sociedad de su tiempo. Si no nos percatamos que no vivimos en la sociedad de la revolución industrial, de los inicios de los motores de combustión interna, de los albores de la electricidad y del surgimiento de la línea de montaje, cuando el medio masivo de comunicación era el diario y se estaba descubriendo la radio, no vamos a poder entender la magnitud del cambio que se necesita. Pero por sobre todo: vamos a diagnosticar mal. Es como si diagnosticáramos a un equino con los parámetros esperados para un humano (con perdón de los equinos).

Lo primero es la visión, el ideal de educación que queremos y necesitamos. Los diagnósticos son funcionales a esta. Y esa visión se construye previendo el futuro pero con los pies en la realidad presente. Esa realidad tan compleja y contradictoria como la actual, y particularmente, con los parámetros de nuestro país.

Tenemos condicionado nuestro desarrollo (económico y social) por la posibilidad de formar personas de alta calificación en diferentes campos. ¿Cuántas? Si no todas, la inmensa mayoría. De lo contrario no tendrán vida digna: ni laboral, ni social, ni personal. ¿La alta calificación es la de la “Academia” del siglo XX? No, rotundamente no. Es mucho más compleja y diversa.

Debe desarrollar otras capacidades, otras habilidades, otros conocimientos, otras actitudes: otras competencias. El alumno debe ser creativo, innovador, ciudadano responsable en más campos, comunicativo, empático, con capacidad de trabajar en equipo, debe aprender a aprender permanentemente y saber cómo lo hace, debe ser crítico, pensar científicamente, tener sensibilidad estética, debe resolver problemas, tomar decisiones, debe tener competencias informacionales y digitales...

¿Es esto lo que estamos diagnosticando con la mayoría de las herramientas? No parece...

¿Es posible lograr esas competencias con nuestros diseños actuales? Eso sí es claro: rotundamente No. Entre otras cosas porque esas competencias son integradoras y transversales y nuestros diseños son compartimentados y excluyentes.

Pero tenemos que agregar un elemento: hay un alto porcentaje de niños y jóvenes que están en una situación sociocultural muy distante, que los hace muy proclives a no poder mantenerse en los centros educativos... además, estos tienen estos diseños inapropiados.

Recién a partir de lo anterior podemos pensar en diagnósticos y en propuestas. Y en propuestas que deben ser de diseños y modelos radicalmente diferentes.

Para comenzar: no ha de haber modelos únicos. Hay competencias comunes a alcanzar y competencias específicas de cada persona. Y hay diferentes maneras en las que las diferentes personas alcanzamos ambos tipos de competencias.

Por otra parte, si hay algo que hay cambiar es el qué. ¿Qué se enseña? No podemos tratar de alcanzar las competencias mencionadas con el mismo contenido tradicional de nuestro sistema. Es como querer viajar al espacio con una locomotora de Stephehnson.

Se necesita repensar todo totalmente. Cada una de las habilidades, actitudes, valores mencionados anteriormente necesitan enseñarse, dedicarles tiempo, y planificar las acciones para que se desarrollen paulatina y sostenidamente.

Luego: el cómo. ¿Cómo se enseña esto diferente? Necesariamente de una manera diferente. No hay que crear una asignatura Nº 14 llamada trabajo en equipo cuya primera unidad es “Definición y concepto” la siguiente “integración” etc. ¡Por favor no! ¡Que ni se le ocurra a nadie! ¡A trabajar en equipo se aprende trabajando en equipo! Y tomando conciencia de ello, y auto evaluando los resultados, los procedimientos, los comportamientos... antes, durante y después del trabajo. Así como a pensar científicamente se aprende haciendo ciencia en el siglo XXI (con las posibilidades tecnológicas que tenemos hoy al alcance) y no recitando leyes y memorizando fórmulas.

Ninguno de los cambios que se planteen en los diferentes modelos debe partir de fines no definidos, ocultos, sobreentendidos.

Ningunos de los cambios en el qué debe ser un trueque de temas según el gusto del diseñador.

Ninguno de los cambios en el cómo debe responder a “técnicas didácticas” mágicas de moda.

El cambio es integral, con propósitos claros, para necesidades individuales y sociales reales.

Y a partir de allí, hay que revisar completamente los sistemas de gestión y organización, para diseñar aquellos que puedan llevar a adelante esos modelos.

*Es docente, autor, experto en innovación educativa