El otro George Martin

El célebre productor y consejero musical de los Beatles tuvo toda una carrera por fuera de la banda, soslayada por su magnificencia

Casi todos los obituarios que se escribieron sobre George Martin, productor y célebre consejero musical de Los Beatles, se concentraron en su trabajo de ocho gloriosos años con el cuarteto de Liverpool. Por esa soberbia catarata musical, Martin debería pasar a la posteridad como un genio. Los ejemplos de su participación en las canciones de Lennon/McCartney (y también en las de George Harrison) fueron abundantes y todas las listas quedaron involuntariamente incompletas.

Con unos días de distancia de aquellos textos, esta columna pretende concentrar sus baterías en las canciones que el gran Martin produjo y craneó por fuera de sus boys, como les llamaba cariñosamente a John, Paul, George y Ringo, antes y después de aquel día de setiembre de 1962, cuando la vida de este hombre de eterno pelo canoso cambio para siempre.

Antes de que Los Beatles se cruzaran en su camino, Martin grababa un amplio rango de géneros musicales en el sello Parlophone de la EMI de Londres. Se dedicaba a grabar desde grupos de cámara a discos de humoristas ingleses de ese momento, algunos de ellos famosos porque además eran estrellas de la incipiente televisión, como Peter Sellers y Dudley Moore.

Una actividad poco recordada hoy es que Martin grabó y trabajó asesorando a otras bandas de Liverpool apadrinadas por Brian Epstein, manager de Los Beatles. Por ejemplo, uno de ellos se llamó Gerry and the Pacemakers. Otro fue The Fourmost. Su vida artística caducó con la velocidad de un disparo.

El mundo de la canción para cine no le fue ajeno a Martin. En los ratos que Los Beatles le dejaban libre en el mítico estudio de Abbey Road, pudo grabar a la cantante negra Shirley Bassey con su versión de Goldfinger para la película del mismo nombre del agente 007 de 1964. Un par de años después alentó a la cantante Cilla Black para que fuera la voz de Alfie, la canción de Burt Bacharach.

Los horizontes expresivos de Martin tuvieron un giro en la década de 1970, cuando con Los Beatles ya separados otros músicos acudieron a golpearle la puerta de su sabiduría musical. En el correr de dos años, entre 1974 y 1976, George Martin produjo a dos artistas claramente disímiles pero paralelos en calidad: el trío America y el blusero Jeff Beck.

El rock suave y el pop por momentos meloso de America ganó en carácter y contundencia con los aportes de Martin, que transformó algunos de sus canciones en verdaderos himnos como A horse with no name y Tin man. Por el otro lado, como productor Martin potenció al virtuosísimo intérprete Jeff Beck en sus largos meandros de notas surgidos desde una guitarra eléctrica de excepción.

En 1979, Martin estableció sus estudios AIR en la isla caribeña de Montserrat. Entre otros, pasaron por allí Paul McCartney, los Rolling Stones, Pink Floyd, Elton John, The Police, Black Sabbath y decenas de bandas más. Ese mismo año publicó sus memorias, tituladas All you need is ears ("Todo lo que necesitas son oídos"), donde dio cuenta de su historia musical y vital, y de sus obsesiones sonoras.

Unas décadas más tarde, conduciría una miniserie de televisión, El ritmo de la vida, donde, de la mano de los más grandes compositores pop y sin dejar de escuchar a los sonidos de la naturaleza, reflexionaría sobre su vida y sobre qué es lo que nos mueve tanto cada vez que escuchamos música. "La música está en todas partes, en todo lo que hacemos. En nuestro trabajo o en nuestro tiempo libre. Celebramos y lloramos con ella. Nos ayuda a recordar y nos consuela cuando queremos olvidar. De hecho, es difícil imaginar una existencia sin música. Para mí, es imposible". Esa es la voz de Martin y son las primeras palabras de El ritmo de la vida. Una muestra de delicadeza inglesa y talento, de simpleza y complejidad. Una invitación directa a abrir el oído y dejarse ganar por su guía.

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