El Partido Republicano versus Donald Trump

El aparato se propone bajar como sea al monstruo que aceptó pero que se le fue de las manos
El enemigo más duro que tendrá Donald Trump en sus aspiraciones de llegar a la Casa Blanca no será Hillary Clinton ni Bernie Sanders, ni siquiera el Partido Demócrata. El enemigo más acérrimo que tiene Trump por delante es el Partido Republicano.

Los jefes del Grand Old Party han entrado en estado de pánico. Nunca pensaron que el magnate neoyorquino fuera a llegar a estas instancias de las primarias; y mucho menos, liderando la contienda con altas probabilidades de obtener la nominación. Para la cúpula republicana, Trump era apenas un outsider atractivo en su baraja de candidatos: un personaje extravagante de los medios, que prometía buenos ratings para los debates, algo de diversión y sacudir un poco el tedio acartonado que suele caracterizar a la oferta republicana en la interna presidencial. Nunca se lo tomaron en serio.

Cuando promediaba el mes de diciembre, y varios de los jefes republicanos previeron este escenario, se encolumnaron rápidamente detrás de la candidatura de Jeb Bush. Pero este seguía hundiéndose en las encuestas a medida que el magnate se consolidaba como puntero indiscutido, y el hombre a vencer en la interna.

Para colmo, a esa altura Trump ya no solo decía disparates que resultaban ofensivos, sino que ahora hablaba también de algo que desde hace décadas seduce al votante republicano e independiente: cambiar el sistema de privilegios de Washington, eliminar el poder de los lobbies y de los grandes intereses que aceitan políticas de gobierno y legislaciones mediante la financiación de costosísimas campañas electorales e ingentes cantidades de dinero. El magnate cuenta, además, con la autoridad que le confiere el haber financiado toda su campaña de su propio bolsillo, sin recibir un solo dólar de los donantes.

Trump se ha vuelto, en suma, una amenaza para el establishment. Y lo peor para los jefes republicanos: ellos no lo pueden controlar. El Frankenstein se les ha disparado.

A esta altura se ve difícil que puedan detenerlo por las buenas. El populismo de Trump ni siquiera es totalmente de derecha. El propio precandidato ni siquiera es totalmente republicano. Como todo populismo, el suyo apela primero al nacionalismo y al chovinismo; pero luego abreva en postulados básicos de la derecha radical (con un discurso antimigración) y de la izquierda antisistema, en contra de la globalización y del libre mercado tal como los conocemos. Esta particularidad ha convertido a su candidatura republicana en una suerte de movimiento que atrae votantes de todos los sectores; en particular, de la clase obrera.

Tras el descabalgamiento de Jeb Bush luego de las primarias en Carolina del Sur, el aparato republicano ha puesto todas sus fichas detrás de la candidatura de Marco Rubio, su última carta para frenar a Trump, ya que el otro candidato, incluso mejor posicionado que Rubio para hacerlo -Ted Cruz- es hombre muy resistido por los jefes del partido. Pero como ha dicho Lindsey Graham, eterno parlamentario y uno de los pilares de la vieja guardia del partido, si la cosa es entre Trump y Cruz, votarían por este último tapándose la nariz.

Lo cierto es que hasta ahora el apoyo a Rubio no les ha dado resultados: el joven senador cubanoamericano solo ha conseguido ganar en Minnesota y en Puerto Rico; y en la mayoría de los estados ha entrado tercero. Mientras que Trump ya se ha llevado 15 estados para su nominación y Cruz, siete.

Ahora hay que estar atentos al 15 de marzo. Si ese día Rubio no gana en su natal Florida —donde según las encuestas viene recortándole ventaja a Trump—, ya todo estaría entre el magnate y Ted Cruz, el peor escenario para los jefes republicanos. En ese caso, la idea en la cúpula del partido (según le han contado algunos dirigentes a colegas en Washington) sería evitar que Trump llegara a los 1.237 delegados que se necesitan para obtener la nominación. Y así poder plantear en julio en Cleveland lo que se conoce como una "brokered convention" (una convención disputada o impugnada), donde ningún candidato obtiene el número de delegados necesarios para ganar y se debe elegir un candidato de consenso. En estos casos, los jefes llevan las de ganar para imponer a su voluntad.

Es probable que lo logren y así consigan detener a Trump, que en efecto hoy parece el aspirante a la Casa Blanca más peligroso de cualquiera de los dos partidos. Lo que no parece tan probable es que después de eso los jefes republicanos aprendan la lección y entiendan el porqué del ascenso de Trump, que entiendan que no se puede seguir secuestrando el interés general en Washington en nombre de los intereses particulares. Algo que no han entendido las cúpulas de ninguno de los dos partidos.

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