El pasado es un arma cargada de futuro

La muerte temprana del narrador Tomás de Mattos ofrece un motivo para reivindicarlo como uno de los grandes cultores de la literatura histórica centrada en el siglo XIX

¿Hacia dónde va la literatura uruguaya contemporánea? Lo que cada escritor le entrega a los lectores con su obra es una respuesta a esta pregunta. Una mirada rápida, por la negativa, permite ver por lo menos hacia qué lugar rara vez va. Por ejemplo, hacia la novela histórica. El pasado se desprecia de manera olímpica desde la narrativa. Y no solo me refiero a los albores de la conquista sino también al llamado “pasado reciente” que, salvo mínimos ejemplos, sigue esperando que se haga de él un uso ficticio.

En Uruguay, la literatura posdictadura tuvo, lamentablemente, muy pocos cultores de las corrientes de recreación histórica de los diversos períodos de la historia, primero oriental y luego uruguaya. Una de las excepciones más finas y contundentes fue Tomás de Mattos, muerto tempranamente a los 68 años el lunes de esta semana que hoy termina.

Para De Mattos, la historia patria siempre fue materia prima convulsa y a desenredar, acertijo de hebras salvajes pero imbricadas de enorme poder literario. Sabía, y lo demostró en sus obras, que en el desdeñado siglo XIX Uruguay tuvo su parto como país y que allí todavía está el fermento de lo que somos. En sucesivas capas de historias, de personajes y de derroteros unidos por la sangre, el odio, el amor, la traición y la redención, el siglo XIX es un pozo casi inagotable de cuentos y novelas tan electrizantes como profundas. Con esos hilos se delineó el ADN de este país. Este abogado de bigote denso y mirada cristalina, nacido en Montevideo pero criado y crecido en Tacuarembó, entendió el mensaje del tiempo.

Dos novelas quiero destacar especialmente de su producción. Una es ¡Bernabé, Bernabé!, que De Mattos publicó en 1988, sobre la expedición del sobrino del presidente Fructuoso Rivera a la matanza de Salsipuedes de los últimos charrúas y la de muerte del protagonista, unos meses después, a manos de indios.

La otra es El hombre de marzo, publicada entre 2010 y 2011, una novela en dos voluminosos capítulos donde el autor aborda la vida de José Pedro Varela, desde su juventud romántica hasta la reforma educativa que dejó en medio de su joven vida trunca.

Varela es personaje dramático de una vida a caballo entre sus viajes al exterior, sus romances despechados, su aceptación de la dictadura de Lorenzo Latorre y la revolución que inició con un singular ejército de mujeres: las maestras.

Pero no es solo el intento de recreación de los hechos históricos lo que pretende De Mattos en sus libros. Sería demasiado mezquino (y erróneo) asignarle solo un papel de cronista de época. De Mattos fue un pilar literario, con todas las letras. Hizo arte con las palabras y con la estructura de las historias que creó gracias a ellas. En esas historias, el tiempo siempre vuelve al presente en forma desordenada y caótica, como los restos de un naufragio en una marea sorpresiva. Cartas y documentos incompletos, fragmentarios, arman un puzle sugestivo en la pluma de De Mattos. En su dimensión literaria reside lo mejor de su memoria.

No fue ciertamente en su etapa como funcionario público donde De Mattos tuvo mayor brillo. De sus cinco años como director de la Biblioteca Nacional, en el primer período de Tabaré Vázquez, el escritor le confesó a Búsqueda que salió como Dogomar Martínez luego de pelear contra Archie Moore: con la cara toda magullada. En todo caso, ¿quién dijo que un artista es un buen gestor cultural?

Es en los libros donde este digno heredero de Dostoievski coloca personajes en sitios donde las fronteras entre el bien y el mal son indiscernibles.

Allí los pone a danzar y les dirige los hilos, marionetas de nuestro pasado que, gracias al talento de Tomás de Mattos, quedarán entre lo más selecto de la biblioteca uruguaya contemporánea.


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