¿El peor insulto a House of Cards? Decir que es "solo entretenimiento"

Aunque las respuestas ante comentarios negativos sobre cualquier producto cultural suelen pedir que los especialistas no se los tomen "tan en serio", la crítica contribuye por sí sola al valor del producto
Por Alyssa Rosenberg, The Washington Post

Cuando publiqué mi reseña de la cuarta temporada de House of Cards esperaba una reacción fuerte. Es el tipo de programa que parece una pieza artística de prestigio, pese a sus debilidades, y sabía que la gente objetaría mi afirmación de que la serie es un fraude. Y como siempre es el caso con una crítica negativa sobre un programa popular, la nota sobre House of cards atrajo un tipo de respuesta muy específica: una que dice que es "solo entretenimiento" y que los críticos "se lo están tomando demasiado en serio".

Entiendo el punto de los lectores. Es incómodo cuando alguien viene y destruye algo que amas. Como sostuvo el crítico de cine del New York Times A.O. Scott en su libro Better Living Through Criticism, "éste es uno de los argumentos más viejos y poderosos contra la crítica, enraizada en la idea de que el trabajo creativo debería ser considerado en sus propios términos. Ese pensamiento es el enemigo de la experiencia. No estar de acuerdo es precisamente el rol del crítico; rehusarse a ver las cosas simplemente como lo que son e insistir en sujetarlas al escrutinio intelectual".

Sin embargo, estoy de acuerdo en que demandar que tus programas o películas favoritas estén inmunes al escrutinio es afirmar, tácitamente, que no crees que puedan enfrentar un análisis tan minucioso y detallista. Y es una falta de respeto al arte sugerir que es meramente entretenimiento. Que la gente involucrada en la creación de la pieza no tiene ideas importantes que transmitir, o que no pueden alcanzar los estándares más altos. Y quiero hacer explícita una idea que Scott no logra afirmar con total vehemencia: que no consigues mejores piezas de arte si no las demandas.

En una sección de Better Living Through Criticism, Scott discute el filme Ratatouille, una producción de Pixar de 2007 dirigida por Brad Bird y centrada en una rata, Remy, que anhela cocinar grandes platos, y en un crítico de restaurantes, Anton Ego, desmotivado con la comida parisina.

"Ego se acerca a la comida con un rigor y una reverencia que tiene más chances de generarle dolor que placer. '¿No te gusta la comida?', le pregunta un inocente comensal. 'No', contesta Ego, 'amo la comida', haciendo un énfasis en la palabra 'amo' que evoca devoción religiosa y no anhelo romántico o placer erótico. Y ese amor, que existe en un plano platónico, genera una dieta de decepción en lo que respecta al ordinario acto de comer. La gente va a los restaurantes para pasar un buen rato y, como las ratas de Ratatouille, comemos para sobrevivir. Mientras que la mayoría del arte no está cimentado en necesidades biológicas, la percepción de una brecha entre el apetito común por el arte y el gusto del crítico solo se hace más penetrante cuanto más vinculadas estén ambas al comportamiento de los consumidores". Cada crítico recibe regularmente una letanía familiar de quejas. "Solo quiero pasarla bien. ¿Por qué se lo tienen que tomar tan en serio?", afirma Scott en su libro.

El juego de la crítica


Lo que el autor sostiene es que los críticos y los artistas existen en una relación dinámica: los críticos satisfacen una demanda que puede no provenir del público general y los artistas encuentran en los críticos un examen de sus mejores esfuerzos. Ego recibe los beneficios de la cocina de Remy solo porque la ha buscado y esperado, en vez de rendirse a la mediocridad de la cocina parisina. Es una cosa quedar satisfecho con cosas que son reconfortantes y fáciles y es otra confundirlas con lo que la televisión, las películas y los restaurantes pueden ofrecer.

Esto no significa que solo ciertos géneros puedan alcanzar los estándares que los críticos le imponen al arte. Yo pido mucho de las novelas de romance que leo y de las telenovelas que miro, así como de las películas independientes, las obras de teatro y los dramas prestigiosos. Mis estándares dentro de cada género pueden variar, pero eso no significa que no existan.

Uno de los estándares que antepongo a toda la narrativa de ficción que examino es si el autor o creador ha creado un mundo que tiene sentido. Eso no significa que sea "realista", una métrica ni útil ni interesante. Al contrario, es una prueba que determina cuánto le han dedicado los artistas a crear universos ficcionales cuyas reglas se apliquen a los personajes de una manera consistente y efectiva.

El mundo de House of Cards es fácil de gobernar: el creador Beau Willimon nos da una visión árida de la política estadounidense, de un Washington desapegado del resto del país. Pero incluso en ese entorno, la idea de que los Underwoods son mentes maestras no se alinea del todo a sus acciones.

Esto no significa que House of Cards no sea intermitentemente disfrutable. Esa misma cualidad falsa y vistosa que tiene hace fácil deslizarse de un episodio al otro. Sin embargo, incluso si darnos placer hace que el arte sea bueno, no es lo único. Y vale la pena distinguir entre lo que disfrutamos pese a que no sea del todo bueno, y lo que creemos que se destaca del resto.

"Cualquier cosa puede ser juzgada, analizada, investigada, convertida en un receptáculo de sentimiento, significado, narrativa, belleza o significancia moral", escribe Scott. "Pero la pregunta es si aquello que se cuestiona puede soportar el escrutinio, si el acto mismo de estudiarlo puede ser interesante", agrega Scott.

No creo que House of Cards soporte un escrutinio serio. Pueden estar en desacuerdo, y me intriga saber las razones. Pero, de todas formas, es menos insultante para la serie analizarla y llegar a esa conclusión que declarar que es demasiado efímera o frágil para ser estudiada en absoluto.

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