El planeta pop que nació de la censura

Las “invasiones coreanas” en la cultura son tangibles hace años y su epicentro es Seúl, desde donde la música comercial seriada conquista el mundo. Allí, en los años setenta, el rock estaba prohibido

Habla mucho de la cultura de Corea que su canción emblema y su himno no oficial sea el Arirang. Se trata de una canción folclórica cuyo origen es tan viejo que permanece desconocido. La popularidad del Arirang es tal que una de las cadenas de televisión más populares de Corea del Sur lleva ese nombre y, al mismo tiempo, también suena en las transmisiones patrióticas de Corea del Norte. Por cierto, el famoso evento de visuales humanas del país de Kim Jong-un lleva el nombre de esa canción.

El Arirang no es precisamente una canción patriótica. En realidad agrupa una suerte de versos de amor no necesariamente felices. En su primera estrofa, dice: “Ese que me ha apartado y dejado, espero que tengas una enfermedad en el pie antes de que hayas caminado diez li”. “Li” es como se llama a la “milla china”.

Esta especie de balada dolorosa emblemática explica de algún modo la relación de este pueblo con el dolor y la desazón, una muy diferente a la occidental, por cierto. En su libro The birth of the korean cool: how one nation is conquering the world through pop culture (“El nacimiento del ‘coreano cool’: de cómo una nación está conquistando al mundo a través de la cultura pop”), Euny Hong explica que la principal energía que mueve hacia adelante a los coreanos está alimentada por el dolor generacional y hereditario además del propio. A eso se le llama han.

El han, un concepto casi imposible de definir y a mitad de camino entre ser la antítesis del karma y una sensación permanente de vergüenza, rencor o culpa atávica, es la explicación de Hong ante la espectacular crecida que Corea del Sur ha experimentado en los últimos 70 años. En este periodo remontó hasta volverse la economía número 12 del mundo a base de capitalismo orientado por el Estado, desarrollo desmedido y un apego al trabajo y a sus rutinas que en muchos casos parece al borde de la cordura.

Trabajar y crecer para “vengarse” es lo que explica, según ella, por qué Samsung, una empresa que vendía pescado y fruta, le pelea palmo a palmo a Apple. O, para ir al punto, por qué en base a su cultura pop, Corea tiene un plan de conquista que ostenta en las calles de Seúl.

Ganar con paciencia
El hallyu u “ola coreana” es un neologismo compuesto por la música, las telenovelas, las películas y el animé, entre otras expresiones culturales. Va mucho más allá de la dolorosa Arirang, a pesar de que las miserias humanas y la tristeza se exponen con frialdad en el cine o las novelas (que ya son un éxito en mercados como Paraguay o Cuba e incluso han llegado a emitirse en Uruguay).

Junto a la música pop, estos productos culturales van abriéndose paso en el mundo apoyados por el Estado. Las embajadas por lo general colaboran con esto ya que es una política nacional que el fenómeno crezca en todos lados. No llama la atención que en Uruguay haya surgido el grupo Korea Fans Uruguay con apoyo diplomático o que 400 personas hayan participado de un concurso de preguntas y respuestas sobre ese país organizado en el Sodre por la KBS, una televisora del país asiático.

“Corea está desarrollando su soft power, un poder intangible que un país ejerce a través de su imagen, no de su fuerza. Los jóvenes de todo el mundo no se ponen Levi’s porque Estados Unidos tiene el mayor poderío militar del mundo. Se los ponen por James Dean. Corea quiere vender los próximos Levi’s y por eso quiere tener una imagen más deseable. Más cool”, dice Hong en su libro.

Las invasiones coreanas no se proyectan tanto en Estados Unidos o Europa occidental, donde es muy difícil entrar. “Se trata de entrar al crucial pero aún dominante mercado del tercer mundo: países de Europa del Este, los países árabes y, en breve, África”, explica la autora. Habría que añadir, a pesar de que va más lento, a Sudamérica.

La tesis de Hong es que Corea supo ser un país tercermundista y por eso puede entender las fases de desarrollo de otros países e incluso de algún modo adelantarse al progreso de esas naciones. Cuando tengan más poder de compra, los habitantes de estos países ya estarán enganchados a la “marca Corea” gracias a sus novelas, sus películas y sus ídolos pop.

El precio de la juventud
Los surcoreanos hablan de su música pop como un uruguayo hablaría de su carne o fútbol. Y tienen motivos para jactarse.

Por ejemplo, el K-Pop entró hace varios años a Francia, un país donde las bandas del dominante sello SM Entertainment han sabido agotar entradas. De la mano de películas como Oldboy (2003) el hallyu pegó en Francia, pero su apogeo quedó en evidencia tras un masivo concierto realizado en París en 2011. Que en un país con la sofisticación y conciencia de su propia singularidad cultural haya permeado el pop coreano habla por sí solo de la fuerza de su aparato, en el que trabajan a partes iguales diplomacia y ámbito privado.

Más allá de lo exótico de consumir pop rodeado del imaginario e idioma coreano, musicalmente el K-Pop no ofrece demasiadas sorpresas. Tiene gran influencia electrónica, a veces del hip hop y también del rythm n’ blues. La similitud sonora es tal que muchas veces recuerda incluso a tiempos pasados de la música comercial estadounidense.

Tampoco llama la atención cuando se sabe que muchos de los productores de estas canciones fueron formados allí y que además muchos otros son directamente europeos o, en concreto, suecos. De ahí que surjan a borbotones bandas con base eurodisco como EXID (dueñas de Up & Down, uno de los últimos hits masivos del K-Pop) o grupos de marcado perfil rythm n’ blues como MBLAQ. Bandas de punk de influencia ramonera como los No brain hay, pero tienen menos visibilidad.

El camino hacia una dominancia pop parece pavimentado desde lo estratégico y lo comercial, pero sus críticos coinciden en que falta un desarrollo más auténtico de su identidad musical. Es que la escena pop autóctona apenas data de pocas décadas atrás.

En la década de 1970, el rock fue prohibido junto con las palabras en inglés en la ropa, las faldas y el pelo largo por el presidente Park Chung-hye, padre de la hoy presidenta Park Geun-hye. El periodista Mark Russell en su libro Pop goes Korea (“El pop va a Corea”) explica que en vez de Led Zeppellin, Lennon o Sex Pistols, lo que sonaba en ese país era “una extraña mezcla de disco, sintetizadores modernos y viejas canciones que gustaban al presidente, lo cual fue el comienzo del pop chicloso y dulzón que ha dominado a Corea del Sur desde entonces”. Antes de eso, la dominación japonesa de 1910 a 1945 había tapado todo lo coreano, hasta el propio idioma.

Aprender a reírse de uno
Sobre el estado actual de la música comercial coreana, Lee Moon-won, el crítico pop más influyente de ese país, tiene una sentencia: “Los coreanos no son buenos con la creatividad. Son buenos en el packaging y en el marketing”. Sin embargo, algo cambió con la llegada de Psy, dicen varios expertos. Es algo que va mucho más allá de las millones de visitas en Youtube y que puede convertir al K-Pop en un fenómeno de alcance aún más amplio.

“La ironía es un privilegio de las naciones con dinero. Gangnam Style y Gentleman marcan la llegada de la ironía a Corea, definiendo su paso final rumbo a la modernidad”, dice Moon-won. La canción, llena de bromas sobre los nuevos ricos de la ciudad (paradójico ya que Psy también es un niño rico de Gangnam) es un hecho inédito dentro de la música de ese país y se desmarca de la inocencia del K-Pop.

Ver hacia dónde va eso tomará tiempo. Mientras tanto, en un bar cercano a la universidad de Hongik llamado “I love K-Pop” el turista occidental es realmente un extraño pero los seulitas lo hacen ser parte mientras bailan esas canciones de factoría que se desperdigan por el mundo. La escena va perfecto con un concepto difuso llamado jeong que explica en un artículo en la web Erica Han Jin: “Implica alegría, camaradería, sentir una conexión profunda y significativa entre dos o más personas. Entender que realmente pertenecés a un todo mucho más grande”.

Sin más, cierro con una playlist de piezas K-Pop, nuevas y no tanto, que sonaron durante mi viaje por Seúl, Daegu y Busán.

 


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