El poder del perdón

La vida de Ricardo Ferrés es una lección de que el poder del perdón es más fuerte; sobre esa base muchas sociedades superaron conflictos
A propósito de la presentación de una novela póstuma del exembajador británico en Uruguay Geoffrey Jackson, que fue secuestrado por el MLN-T en 1971 y liberado ese mismo año ocho meses después, tuve ocasión de hurgar en algunas entrevistas concedidas por el empresario Ricardo Ferrés Terra, también secuestrado por el MLN-T. Ferrés estuvo secuestrado desde el 13 de abril de 1971 hasta el 27 de enero de 1972; 288 días para ser más precisos. Y dentro de esos recortes, una entrevista que concedió al semanario Marcha me impresionó especialmente como lección de vida muy válida incluso hoy.

Quizá muchos jóvenes lectores no recuerden bien este suceso ni el del embajador británico Geoffrey Jackson, también secuestrado por el movimiento tupamaro en enero de 1971 y liberado en setiembre del mismo año. Jackson y Ferrés compartieron durante cuatro meses celdas contiguas en la llamada Cárcel del Pueblo, sobre la cual Jackson escribió un notable libro titulado en inglés People's Prison y traducido al español como Secuestrado por el pueblo. Libro cuya lectura recomiendo vivamente y que se puede conseguir en inglés en Amazon por US$ 0,99 más costos de envío, lo que totaliza US$ 1,95. Y probablemente en español en la feria de Tristán Narvaja.

Pero la historia de la convivencia de Jackson y Ferrés –también estuvo secuestrado con ellos Jorge Berembau– merece un artículo aparte. Fue un período fundamental para ambos y el haber convivido en esas duras circunstancias –que vaya si lo fueron pese a las falsedades que enseñan muchos sobre la "historia reciente"– les permitió apoyarse mutuamente cuando el ánimo de uno o del otro decaía.

Ferrés, empresario de la industria del arroz y del azúcar, fue secuestrado por "razones políticas", fue sometido a "juicio popular" por ser "oligarca" y del que fue "absuelto", llevó con especial hidalguía no solo su cautiverio sino también su liberación. Inmediatamente se reintegró a sus actividades empresariales como si nada hubiera pasado, sin tomarse vacaciones ni descanso.

Y ello pese a una circunstancia especialmente dolorosa, pues durante su secuestro uno de sus hijos falleció en un accidente automovilístico. Ferrés no se enteró en su momento (diciembre de 1971), sino pocas horas antes de ser liberado. Con lo cual la alegría por la libertad conseguida se mezcló con la tristeza por su hijo fallecido, al que no pudo acompañar y que ahora no tenía a su lado.En la mencionada entrevista a Marcha, publicada el 4 de febrero de 1972, señaló al respecto que al principio se enojó mucho con sus captores. Pero luego dijo: "Hoy entiendo que ellos actuaron bien, aunque sea muy duro decirlo, entiendo que actuaron bien porque me hubieran sometido a una verdadera tortura si me lo hubieran dicho en el momento en que desgraciadamente pasaron las cosas".

En la misma entrevista, el periodista le señala por algo muy destacable: "Usted ha declarado que no guarda 'ni odio ni rencor' a sus secuestradores". Y Ferrés responde: "De ninguna manera". "¿Por qué?", inquiere el periodista, a lo que el empresario responde: "Porque antes que nada soy cristiano católico romano". Y vuelve a preguntar el periodista: "¿Usted cree que ellos...?", y sin esperar a que terminara la pregunta, Ferrés responde con calma: "Creo que Dios anda derecho por caminos torcidos".

Menuda respuesta la de Ferrés, no la de "si Dios anda derecho por caminos torcidos", sino la de no tener "ni odio ni rencor" para con quienes lo secuestraron durante nueve meses. Eso lo había declarado poco días antes de la entrevista con Marcha en una conferencia de prensa que tuvo lugar en Paysandú, cuando se reintegró al trabajo en la empresa Azucarlito apenas 36 horas después de ser liberado. Y eso sí que llamó la atención al periodista, porque no suele ser la actitud habitual. Lo habitual sería tener odio y rencor para con los secuestradores. Algo similar ocurrió con el embajador británico que luego de ser liberado se reintegró al Foreign Office hasta que se retiró en 1975 y que lo explica muy bien en su libro Secuestrado por el pueblo. Tampoco hay en Jackson odio ni rencor.

Son dos ejemplos muy cercanos, especialmente el de Ferrés, que luego siguió una vida activa en nuestro país, volcado a la actividad industrial, hasta su fallecimiento en 1993. Cuánto bien nos haría a todos los uruguayos, que miramos con más frecuencia hacia atrás que hacia adelante, que muchas veces alimentamos odios y rencores que a nada conducen, seguir el ejemplo de este empresario que un día salió de su casa en un VW escarabajo –eso sí, un modelo un poco más moderno que el "fusca" de nuestro expresidente Mujica, pero escarabajo al fin– y se vio arrastrado a una experiencia casi surrealista. El poder del perdón es más fuerte que nada y sobre esa base muchas sociedades superaron conflictos muy complicados. Es una lección de vida, la que se recoge de la vida de Ricardo Ferrés, que mucho bien nos hará si la asimilamos.

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