El poder de los medios sociales salva a un bebé con defecto cardiaco

Gracias a la cercanía que generan las redes, un niño de Pakistán consiguió en Israel y a través de una organización, la cirugía que necesitaba para salvar su vida
Diaa Hadid - The New York Times

Nunca se habían visto, pero eran amigos en Facebook, conectados a través de miles de kilómetros. Juntos, los dos conocidos digitales –un joven profesor de inglés en Jalalabad, Afganistán, y una funcionaria retirada del departamento de Estado de Estados Unidos que vivía en Haifa, Israel– colaboraron para salvarle la vida a un bebé con problemas cardiacos congénitos.

Yehia, que ahora tiene 14 meses de edad, nació con las dos arterias principales invertidas y dos agujeros en el corazón. Sus padres, afganos que viven en Peshawar, Pakistán, encontraron a un especialista que podía realizar la cirugía necesaria, pero el costo era de U$S 7.000. Igual hubieran podido ser siete millones para el padre, que se gana la vida vendiendo harina. Los U$S 200 que tenía ahorrados la familia ya se habían evaporado tras pagar las cuentas del médico.

En un viaje a Afganistán para asistir a una boda de la familia en abril, los padres buscaron a un pariente, Farhad Zaheer, profesor de inglés que vive en Jalalabad y que es activo en los medios sociales. ¿Podría ayudarlos? "Claro que sí", respondió Zaheer, de 29 años de edad. "Yo les dije que conocía a mucha gente y que iba a recurrir a ella", precisó.

Entre las personas con quien se puso en contacto estuvo Anna Mussman, de 69 años de edad, que tiene la ciudadanía tanto estadounidense como israelí. Zaheer le envió a Mussman una solicitud de amistad en Facebook en 2012, a raíz de haber trabajado en una campaña para capacitar profesores en la provincia de Nouristan, que Mussman estaba supervisando a nombre del departamento de Estado de Estados Unidos. Él recordaba a Mussman, explicó, porque hacía comentarios amables en sus publicaciones.

Los medios sociales han allanado las comunicaciones en todo el planeta, permitiendo en ocasiones conexiones notables como esta.

"Hola, mi estimada señora", escribió Zaheer en un mensaje de Facebook, con una foto adjunta del bebé Yehia. "Este chico es mi primo que sufre de un agujero en el corazón. Si usted puede hacer cualquier cosa por su salud, le quedaremos muy agradecidos."

Mussman, que nació en un campamento de personas desplazadas en Alemania, de padres sobrevivientes del Holocausto, entró en acción. En cuestión de horas se había puesto en contacto con Simon Fisher, director general de Salvemos el Corazón de los Niños, una asociación filantrópica israelí de la que había escuchado hablar en CNN. El grupo ofrece cirugía gratuita a niños de los países en desarrollo.

"Estoy consciente de que no es fácil ayudar a un niño de un país con el que Israel no tiene relaciones diplomáticas, pero quizá sea posible", le escribió Mussman a Fisher en un mensaje de correo electrónico. "Muchas gracias y Shabbat Shalom."

Las cosas no dejaron de ser complicadas después de eso. Muchos otros extraños y conocidos ayudaron a organizar una odisea médica a través de varios países, que apenas pudo librar el fallido intento de golpe de estado en Turquía el mes pasado pero que culminó felizmente en una operación quirúrgica de ocho horas en el Centro Médico Wolfson de Holon, Israel, ciudad cerca de Tel Aviv.

Yehia, cuyo padre habló a condición de que no se publicara el apellido de su familia por miedo de las reacciones que pudiera haber si se sabe que llevó a su hijo a Israel a recibir tratamiento, es el primer afgano tratado por Salvemos el Corazón de los Niños en sus veinte años de operaciones. Casi la mitad de los 4,000 pacientes atendidos por la asociación han sido palestinos; otros 200 eran de Irak y de Siria. Y en la nómina hay niños de Tanzania, Etiopía y Moldavia.

Fue Fisher el que, recurriendo a sus contactos establecidos durante años, obtuvo la visa de Israel para Yehia y su padre después de que Mussman se dirigió a él. Pero tuvieron que viajar a través de Turquía.

Zaheer logró con artimañas entrar en la embajada turca en Kabul, donde un guardia comprensivo le dio a hurtadillas la dirección electrónica de un diplomático turco.

Mussman había puesto a Zaheer en contacto con Fary Moini, iraní-estadounidense que había trabajado en Jalalabad y tenía contactos ahí. Mussman conoció a Moini durante una estancia en Jalalabad. A solicitud de Zaheer, Moini le envió una conmovedora carta a un diplomático, a quien no conocía, para pedirle la visa para Yehia y su padre. En menos de un día, Zaheer las recogió.

Moini se ofreció para reunirse con Yehia y su padre en Estambul, acompañarlos a Tel Aviv y ponerse a su disposición para cuidar del bebé.

Pero su vuelo, programado para el 15 de julio, se canceló a causa del fallido golpe de estado Turquía. Salvemos el Corazón de los Niños logró encontrarle un vuelo de última hora de Toronto a Estambul.
Fisher se esforzó por encontrar un traductor que ayudara al padre, que habla urdu y pashtú, a comunicarse con el personal médico que solo habla hebreo. Recordó que cuando estuvo en el ejército israelí sirvió con un soldado cuya madre provenía de la antigua comunidad judía de Kabul. Él le llamó al soldado, Yossi Betsalel, para preguntarle si su madre podría traducir. Esta, Tsipora Betsalel, le dijo que no, que hacía tiempo había olvidado su lengua natal. Pero ella tenía un pariente, Jacob Gul, de 56 años, vendedor de tapetes retirado, que salió de Kabul 32 años atrás y que probablemente seguía dominando el idioma. Gul de inmediato aceptó ser el intérprete y Tsipora Betsalel acabó visitando al niño en el hospital con frecuencia.

Sin estar al tanto de esas maniobras, allá en Jalalabad Zaheer se había puesto en contacto con otro amigo de Facebook al que jamás había visto en persona: Michael Davidson, israelí de 70 años de edad que inmigró de la India en 1978 y que daba la casualidad de que hablaba urdu. Tanto Davidson como Gul estuvieron disponibles en Holon durante la cirugía, junto con Moini y Tsipora Betsalel, que dijo que había cerrado su tienda de ropa temprano pues no podía concentrarse mientras Yehia estaba en el quirófano.

El doctor Yahyu Mekonnen, de 33 años de edad, cirujano etíope, le abrió el pecho a Yehia. El doctor Lior Sasson, que dirigió al equipo quirúrgico de casi una docena de personas, tarareaba una melodía israelí mientras detenían el diminuto corazón para repararlo.

Finalmente sacaron en la camilla a Yehia, cubierto de vendas incluso en los ojos. Su padre estaba rodeado de una familia improvisada que acababa de conocer.

"Puede llorar", lo invitó Davidson.

Gul le ofreció un pañuelo. Moini le tocó el hombro. Tsipora Betsalel le mostró fotos de su hijo en su teléfono.

El padre esbozó una cortés sonrisa en medio de sus sollozos.

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