El poder de una huerta

Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario
Por Lautaro Pérez Rocha (*), especial para El Observador

Fue a pedido de mi hijo menor, de 6 años. Papá, hagamos una huerta como la del abuelo, dijo. Era apenas finalizada las clases en diciembre pasado, a media mañana de un lunes. Me encontraba con el ensimismamiento típico de fin de año, con lo cual su petición me pareció inoportuna.

Accedí, a regañadientes, sin sospechar del poder que esta huerta tendría en los meses venideros. Decidimos hacerla en el frente de casa, donde daba más el sol, en un espacio rectangular de apenas dos metros cuadrados.

El abuelo era el que tenía el compost, había construido una estructura de madera con dos compartimentos donde iban a parar todos los restos orgánicos y donde las lombrices hacían su transformación. El compost es la caquita de las lombrices; le sirve de nutrientes a la plantas, dijo. El saqueo fue completo.

Preparamos así la cama de tierra, plantamos cuatro tomates, albahaca, perejil, tomillo, cebollín, morrones. Mi hijo escuchó con atención las instrucciones para el riego diario. Luego pusimos una cobertura de corteza de pino, esto que se llama mulch, para proteger al suelo del sol y evitar que se seque demasiado. Al cabo de unas dos horas, la huerta estaba pronta. Retomé el trabajo después del almuerzo, con cierto apuro por ponerme a tiro otra vez.

Los tallos y las hojas habían tomado un verde radiante. Con la disciplina de un soldado, mi hijo regaba cada día su huerta. Se agachaba, miraba las hojas, las contaba. Entrado el verano, las plantas de zapallo habían crecido por el jardín, habían aparecido las flores primero y luego los calabacines ("no todos tienen, ¿por qué abuelo?").

Vio un día que había unas plantas de tomates que eran más altas. Otro, entró a la casa corriendo alarmado porque había merodeado una comadreja, quebrado algunas plantas y utilizado su huerta de baño para necesidad de tipo dos.

Otro, reconoció que había unas plantas nuevas, que eran zapallos y que habían venido de contrabando con el compost. Otro, se preocupó por las hormigas que estaban al acecho de su huerta y quiso erigir, siguiendo la moda del momento, un muro.

Otro, su primo de 3 años decidió sumarse a la custodia haciendo una trampa para dinosaurios. Otro, anunció a viva voz que ya podíamos cortar el cebollín y el perejil y hacer nuestra primera ensalada. Otro, vio que habían salido los primeros tomates.

Otro, que había unos insectos raros en las hojas del tomate y que le iba a preguntar al abuelo a ver qué eran. Otro, se levantó de madrugada a despertar a su padre, preocupadísimo por el febril calor de febrero, para regar sus plantas.

La huerta (como todo lo biológico) nos enseña que las cosas tienen un proceso. Que ese proceso lleva su tiempo, sus etapas. Que hay que vigilarlo, construirlo, imaginarlo, soñarlo, visualizarlo, energizarlo. Que no es inmediato, no sin esfuerzo, no controlable. A ser pacientes. Que es un proceso de infinitas y sorprendentes relaciones, humanas, biológicas, físicas y químicas, y que ese procesos es la recompensa.

Esta maravilla de fenómenos es el día a día en el agro. Pero es oculto o ignorado para otros. A veces, demasiado ignorado.

En este mundo de inmediatez donde tenemos la falsa ilusión de estar más conectados; en este mundo de incomprensión, necedades, imaginación constipada, de abulia discursiva y en la praxis, la huerta es un manantial que nos lleva al verdadero aprendizaje, enseñanza, conexión con nuestra esencia y nuestros sueños. Por sobre todas las cosas, a soñar en el porvenir. Te invito a pensar unos minutos: cuánto de este espíritu de la huerta acaso precisamos para construir el Uruguay.

(*) lautaro@adinet.com.uy