El policía que hizo de la honestidad un culto, el padre enamorado que los espera en el cielo

A los 56 falleció el exdirector nacional de Policía, Julio Guarteche

Tenía 56 años, había llegado a ocupar el cargo máximo en la Policía, profesaba la religión mormona y vivía preocupado por la situación de violencia que afecta a Uruguay. Julio César Guarteche Terrín murió este miércoles víctima de un cáncer de páncreas. Deja una viuda, Sandra, y siete hijos, a los que, según dijo en un mensaje de retiro cuando supo que padecía la enfermedad, adoraba con el alma, eran la alegría de su vida y a quienes había restado tiempo por dedicarlo a su trabajo.

Guarteche no dijo, porque eran muchos los secretos que le tocaba guardar, que sus hijos habían sufrido de manera directa los embates del narcotráfico, al que combatió cuando fue director de la brigada antidrogas. Un informante, uno de esos narcos arrepentido y temerosos de lo que podía ocurrir si había un magnicidio en el país, les hizo saber a miembros de la Policía antinarcóticos que un traficante uruguayo asentado en Venezuela, convencido de que Guarteche beneficiaba a uno de sus rivales, estaba organizando un atentado con bomba contra el oficial. El conocimiento de esta situación, que llevó el alerta al nivel rojo en el gobierno, terminó generando que en el colegio al que asistía uno de sus hijos le plantearan la posibilidad de que lo cambiase, porque era un riesgo tenerlo allí. Guarteche lo contó en reserva con amargura y se cuidó de no decir de qué institución se trataba. Tiempo después, quiso la casualidad que el hijo de un poderoso narco internacional detenido en Montevideo concurriera al mismo colegio.

Su salud venía sufriendo pequeñas recaídas producto de su permanente preocupación por la situación de seguridad y la eclosión de algunos hechos que él mismo había advertido años atrás que iban a ocurrir y que complicaban el panorama de la Policía. No se mostraba orgulloso de haber acertado.

Julio Guarteche

Uno de los momentos más difíciles lo vivió cuando secuestraron a la doctora Milvana Salomone, cuya familia oriunda de Florida conocía bien, ya que él también había nacido en ese departamento. "Me llaman todos los días y yo los atiendo y los entiendo, pero tengo que seguir trabajando", comentaba. Cuando la Policía ya estaba cerca de los delincuentes y tras una reunión en jefatura, el abogado de la familia Salomone, Jorge Barrera, comentó en reserva que tanto el entonces jefe de Policía de Montevideo, Mario Layera (que ocupa ahora la Dirección de la Policía Nacional), como Guarteche lo habían impactado en cuanto al profesionalismo e inteligencia aplicados a la investigación del caso.

Lector apasionado no solo de temas de seguridad (impresiona en su currículum la cantidad de seminarios de formación y simposios en los que participó en el exterior), solía citar al poeta y filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson: "Jamás se ha logrado algo extraordinario sin entusiasmo", dijo en uno de sus discursos públicos.

"Para que una organización no fracase tan solo es necesario que cada uno de sus integrantes haga lo que tiene que hacer", agregó entonces.

Cada vez que debía acompañar al ministro Eduardo Bonomi al Parlamento regresaba más preocupado porque, decía, los dirigentes políticos no se preocupaban por formarse ni tenían idea de cuáles eran las claves de la inseguridad.

Julio Guarteche

"Hace rato que la seguridad debió ser una política de Estado y no partidaria", dijo en una entrevista.

Siempre advertía que el policial era apenas un frente y no el más importante de la seguridad, y nunca fue cultor de la mano dura. En medio de la discusión sobre la necesidad de bajar la edad de imputabilidad penal de 18 a 16 años, Guarteche dijo que a su juicio no era "conveniente".

Decía que la experiencia internacional demostraba que el más importante carril por el que circula la inseguridad es la corrupción y ponía como ejemplo algunas realidades regionales donde la corrupción aliada al narcotráfico había generado estados cuasi fallidos.

Hacía de la honestidad un culto indoblegable y no se conoce señalamiento público que indique lo contrario.

Esa miopía política para entender algunas cuestiones fue lo que lo llevó a ponerle "Campanita" a una de las mayores operaciones antinarcóticos que hubo en el país, como para que su repiqueteo no pasara inadvertido para los gobernantes. "Cada vez que vuelvo (del Parlamento) vengo más amargado. Uno trabaja acá con la vida de la gente y ahí vos ves que agarran este tema para ganarse algún voto", comentó en alguna oportunidad en que fue invitado al Palacio Legislativo.

Julio Guarteche

El 18 de diciembre, mientras se celebraba el Día de la Policía, se sintió mal y los exámenes posteriores mostraron en tumor en el páncreas. Viajó a Estados Unidos a atenderse con una eminencia. Estaba entre contento y sorprendido porque el día que asistió a una misa en la Iglesia de los Santos de los Últimos Días que estaba cerca del hospital, se enteró de que el cirujano profesaba su misma fe.

La fe no alcanzó para que la operación revelara que su enfermedad era definitiva. Cuando ya conocía el pronóstico lo visité en su casa y me presentó a su familia. "Lo tengo todo", me dijo con una sonrisa en su semblante notoriamente afectado por la enfermedad. Quedó pendiente una charla sobre cómo había llegado a la religión y cómo optaba cuando debía aplicar la violencia cuando el Todopoderoso reclama tolerancia para con el semejante.

A estar por lo que el Libro del Mormón dice sobre la muerte, Guarteche, que se mantuvo muy en calma hasta sus últimos días –"no tengo cómo perder", decía sobre su mal–, se fue convencido de que en el más allá se encontraría con toda su gente querida ya fallecida y comenzaría para él, ya hecho espíritu y memoria, la dulce espera para el reencuentro con los que aún lo sobreviven en esta tierra.


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