El Principito, ese libro de porquería que me arruinó la vida

La historia sensiblera que leen los que no saben leer

El Principito es un libro guarango, sensiblero, menor y prescindible. Es uno de esos libros que leen aquellos a los que no les gusta leer o que leen cualquier porquería. Y lo sé sin haberlo leído.

Pero además, ese libro me amargó la vida al menos dos veces cuando más precisaba ayuda de la literatura. Con Flavia fuimos, lo que se dice, inseparables. Nuestros encuentros furtivos estaban muy lejos de la mirada bobalicona que exhiben los enamorados en la selfies de las redes sociales.

-Lo que le pasa a esas parejas es que creen que no se merecen el uno al otro y entonces necesitan mostrarles al resto qué fue lo que pudieron cazar. La selfie representa el fusil que les permite seguir cazando a su presa eternamente, pensaba Flavia y yo la seguía a donde fuera.

Hasta que una noche en un boliche, en una de esas conversaciones en las que intercambiábamos figuritas literarias, me emocioné después de citar unos versos de Almafuerte.

- ¡Y todavía hay gente que pierde tiempo con El Principito!, grité golpeando la mesa y volcando parte del ferné con coca.

-¿Qué decis, Roberto?, me preguntó Flavia y el arrollado primavera le quedó a medio camino entre el plato y su boca.

-Sabés, Roberto, mi padre me regaló El Principito cuando tenía ocho años...., continuó mientras se ponía roja.

-¿Tu padre tenía ocho años?, me hice el gracioso.

-No. Yo tenía ocho años, Roberto. Y desde entonces ha sido el libro al que he adorado secretamente. He perdido amistades, vínculos familiares por defender El Principito. ¿Y ahora vos me decís que perdí el tiempo?, me preguntó ya poniéndose de pie

Nunca más la vi. Durante meses pinché fotos de Antoine de Saint Exupéry sin reparar que ya se había estrolado hace tiempo en un avión. La pena y el dolor me duraron hasta que conocí a Fiorella. Nos vimos solo una vez pero hablamos largamente por teléfono y yo estaba encantado. Cuando nos citamos en un boliche y la vi llegar comprobé que era preciosa.

Y, ni bien se sentó, puse en práctica el plan que me libraría de antiguos errores. Porque, para mí, casi todas las mujeres eran más o menos iguales o más o menos parecidas.

-Sabés, Fiorella, yo ando siempre con un libro en el bolsillo. No puedo dejar de leer. Y llevo encima, como te decía, alguno de esos libros que más me han dejado huella, le dije.

Y, metiendo calculadamente una mano en el bolsillo del sobretodo, saqué un ejemplar de El Principito y lo puse arriba de la mesa del bar. Fiorella reaccionó como Drácula ante una ristra de ajos.

-¿Qué decis, Roberto? ¿qué hacés?, me dijo y sentí un déja vu insoportable que me preparó para lo peor.

Hizo una pausa, dejó el arrolladito primavera sobre el plato, y soltó la lengua con furia. Me dijo que El Principito era un libro estúpido, medio machista, que trata a los adultos como a unos imbéciles y a los niños como si fueran unos preguntones insoportables, que sólo un bobeta puede ponerse a evaluar si esa mancha marrón informe es un sombrero o una pitón que se come un elefante. Me dijo un montón de cosas que no pude responder porque yo no había leído El Principito.

-Me defraudaste, Roberto, esto no da para más, avisó y se levantó dejándome solo con el libro arriba de la mesa.

El mozo se acercó furtivamente.

-¿Se le fue la mina?, me preguntó con la audacia que da la mediocridad.

-Fui yo el que decidí dejarla. Fue un suicidio literario, le respondí mientras miraba la tapa del libro con el infatigable niño subido arriba de un planeta.

-A mí me parece que lo dejaron pagando, insistió el mozo.

-¿Usted qué sabe? Lo esencial es invisible a los ojos, le dije. Y lo dejé sin propina.


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