El problema es acostumbrarse

El debate público oscila de forma casi constante entre la culpa y la victimización dejando de lado debates realmente importantes
América Latina no está bien. Migra cada vez más del shock al acostumbramiento del ocaso de la política (y me refiero a la Politiká, a la cosa política, cívica, a todo aquello que concierne al Estado, la Constitución y la República) basada en la transparencia y la responsabilidad pública. La forma ya casi instaurada que tienen nuestros países de enfrentar las crisis recientes agrava cada vez más este asunto.

La lista de países de América Latina que no está haciendo un buen papel en materia de transparencia, sigue creciendo. Entre los 176 países que mide el índice de percepción de corrupción (IPC) de Transparencia Internacional, son varios los países de la región que están bastante debajo de la mitad de tabla.

Recordemos que el indicie se basa en encuestas realizadas a personas de cada país como empresarios y especialistas de distintos ámbitos, que deben lidiar habitualmente con el servicio público. Venezuela solo es superada por un puñado de países de África (entre los que están Somalia y Sudán) como el país más corrupto del mundo. Pero hay varios otros que se suman a los que no están haciendo un buen papel.

Los países que están de mitad de tabla hacia abajo son varios Latinoamericanos: Panamá, Colombia, Argentina, Perú, Republica Dominicana, Ecuador, México, Guatemala, y Venezuela. Mientras tanto, Uruguay, Chile y Costa Rica están entre los 50 primeros menos corruptos y aquí está parte del problema. Muchos creerán que esto dura para siempre.

Ver a una sociedad testigo de cómo la política se debilita, no es nuevo para América Latina. Los latinoamericanos sabemos bien lo que nos puede llegar a esperar si seguimos entendiendo como común algo que nunca debió serlo.

Cuando de instituciones políticas se trata, existe una línea muy fina entre una crisis coyuntural y el ocaso profundo. Si uno presta atención, en los recientes trances institucionales que han vivido varios países de latinoamericanos, es casi una constante escuchar frases que hacen alarde de las "instituciones solidas" que tenemos y de lo bien que las mismas han sabido soportar las crisis de estos últimos años.

Las preguntas que surgen son dos: ¿Cuánto más creemos que pueden soportar las instituciones? ¿Dónde están aquellos que alerten sobre el cansancio del ciudadano de a pie, que hoy tiene que ver ante sus narices cómo señores que deberían estar debatiendo sobre el futuro y el desarrollo de sus países, pasan horas repartiendo culpas para sacárselas de encima?

Las instituciones políticas no son gigantes sentados en grandes palacios que guardan bajo un brazo la Constitución de la República. Son ni más ni menos que la confianza acumulada de un pueblo hacia ellas. De nada servirían los palacios constitucionales si el ciudadano no le encuentra sentido, legitimidad. Y es justamente esto lo que de a poco empieza a perderse. Una simple gota de agua, puede terminar quebrando una piedra por más dura que sea si por años cae de forma continua sobre el mismo punto.

El problema central entonces pasa por acostumbrase. Parece que nos regocija cada vez que las instituciones pueden soportar una crisis política: "Esto demuestra los años que nuestro país ha pasado construyendo las instituciones solidas que hoy tenemos" es la frase que casi siempre se escucha –palabras más palabras menos– cuando un país debe hacer frente a una crisis. Y es verdad. Pero parecemos olvidar que en política, de una simple crisis se puede pasar fácilmente al ocaso. Las masas sociales no conocen de grises. Cuando se mueven, se mueven. De aquí que el ocaso institucional casi siempre llega de forma repentina.

En cada "tropezón" de un actor público, por más simple que parezca, hay un ciudadano más que se siente desilusionado de la Politiká. No con un partido, no con las ideas, sino con la política toda. Y esto tiene un limite, incierto, pero que bien puede llegar y de formas inesperadas. Ya lo decía el propio Lincoln, que conoció de cerca el amor y el odio de una población: "Se podrá engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo."

La capacidad de soportar de un pueblo es lo que casi nunca termina siendo centro de la discusión. Se lo cree un espectador que todo lo soporta. El debate público oscila de forma casi constante entre la culpa y la victimización dejando de lado debates realmente importantes. Y parece olvidarse que la piedra, por más sólida que sea, algún día puede quebrarse.



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