El que no salta es pesimista

El vaso está medio lleno; solo basta saber mirar para darse cuenta

Hubo una época en la que respondía ante el saludo ¿cómo andás? con el credo de Cándido, el célebre personaje de Voltaire: "De la mejor manera en el mejor de los mundos posibles".

Era una suerte de afirmación adolescente de mi originalidad como persona, alguien que no se resigna al "bien ¿y vos?" sino que da un paso más allá y se compromete con su propia realidad hasta el punto de idealizarla a cada instante, como si dijera "estoy tan bien que mi situación es inmejorable".

El ensayo-novela de Voltaire era una ironía, como también mi saludo. Cumplía la función que cumple toda formalidad: la de evitar entrar en detalles. Candide, ou l'optimisme fue publicado en 1759 y desde entonces se convirtió en emblema de ingenuidad frente a la dura realidad.

Yo llegué a la solución voltaireana por ensayo y error. Al principio contestaba "más o menos", con la intención de que se entendiera que no había grandes novedades, que andaba más o menos como la última vez que nos habíamos saludado. La fórmula no funcionaba. Me preguntaban: "¿qué pasó?" y no había pasado nada, así que me di cuenta de que solo había "bien" y "mal" y que "más o menos" era "mal". Entonces la cambié por la fórmula del filósofo francés.

Tiempo después inventé una respuesta propia: "bastante bien, para los tiempos que corren". Ahí todavía andaba Voltaire y su idea de que "hay que cultivar nuestro jardín", ya que el mundo va a seguir embromado.

Tanto en la fórmula de Voltaire como en la propia había un problema importante para que se convirtieran en saludo: eran muy largas. Terminé adoptando las variantes positivas tradicionales, sumándome al rebaño.

A través de ese proceso llegué a pensar–al contrario de aquel presidente de Peñarol y diputado colorado, Washington Cataldi, que decía ser "biológicamente optimista"– que yo debía ser "biológicamente pesimista", porque de lo contrario es difícil explicar por qué a mí me parecía que "más o menos" era lo normal, en tanto que el resto del universo estaba "bien, gracias".

Finalmente me percaté de lo obvio: la cortesía no tiene nada que ver con la sinceridad. "Muy rico todo" no quiere decir que estaba muy rico todo; tal vez el flancito de postre se dejaba comer pero los ravioles estaban pasados y la salsa era chuminga y "encantado" no quiere decir "hechizado", sino más bien "en fin, ya veremos si algún día te conozco, y espero no arrepentirme de estar dándote la mano".

Más allá del saludo, sin embargo, el camino se entrevera. Está claro que el optimismo es necesario para sobrevivir, para emprender cualquier camino. No se puede andar con el espíritu apuntando para el suelo. Yo diría que la única manera de llegar a algún lado que valga la pena es apostar a lo improbable.

Una metáfora muy usada por estos lares, como ejemplo optimista, es la de los melones que se acomodan en el carro. A mí me queda bastante claro que funciona en el caso de los melones pero, si se tratara de una mudanza más compleja, habría que pensarlo un poco mejor antes de arrancar, porque puede terminar todo roto.

Soy optimista, sin embargo. Casi cada mañana me parece que depende de mí y que eso es una buena noticia. Suelo recordar con más claridad los días en los que esas dos sensaciones se confirman y tiendo a olvidar esos otros en los que la realidad me aplasta antes del mediodía.

Creo que esta columna va a llegar a buen puerto, que Uruguay va a estar entre los mejores en el Mundial de Rusia con su ariete sano en cuerpo y alma, que Trump no va a ser presidente de Estados Unidos y que los Gonden State Warriors no van a salir campeones de la NBA.

Es mucho, lo sé, pero el optimismo es así.


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